LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

 

 

     Cuando se tiene facilidad para la prosodia se posee la materia prima del poeta. Surge el poema porque, en ocasiones, las ideas llegan métricamente. Indagar por qué ocurre así es enfrentarse al enigma. Escribir versos no es una tarea manual que se realiza en determinado momento y por voluntad propia. Hay otra voluntad oculta que husmea, sorprende, induce al poeta a que escriba. Es entonces cuando el poema surge con pasmosa facilidad.

     Sin embargo, esa misma facilidad suele conspirar contra la Poesía. Hay poetas que se dejan arrastrar por el don de la música verbal y creen que ya eso es suficiente... Pero la música, con ser lo imprescindible, no lo es todo. Decía Ricardo Palma -agudo espigador de las Tradiciones peruanas-, en unos versos famosos dedicados a alguien que aspiraba a "hacer siquiera/ una oda chapucera", que el asunto era sencillo:

     -Forme usted líneas de medida iguales,
     luego en fila las junta
     poniendo consonantes en la punta...
     -¿Y en el medio? -¿En el medio? ¡Ese es el cuento!
     ¡Hay que poner talento!

     Pero no sólo en el medio, ya que esas consonantes que se colocan "en la punta" deben obedecer también a cierta habilidad poética. Y el propio Palma no reparó en una atroz falta de eufonía en el penúltimo verso de su estrofa, al repetir tres palabras asonantadas: "medio" dos veces y "cuento".

     En evitar lo fácil radica la buena calidad de la obra. A la compulsión de pintar un cuadro, crear una melodía o escribir un poema, hay que oponer el rigor del estudio. Esa es la segunda parte de la creación artística por la que no todos están dispuestos a sacrificarse. Los perezosos del arte no acaban de comprender que el mejor carpintero, si carece de buenos instrumentos, no puede realizar ninguna obra ejemplar. Una simple silla sale de sus manos como un frágil garabato de madera.

     De haber rechazado el estudio, Mozart no hubiera ido mucho más allá de los minuetos de su infancia. El genio austriaco, enfrascado cuando niño en aprender el solfeo, es un ejemplo válido para todos los artistas. El cantante que no educa su voz, la pierde. El pintor debe saber qué colores combinar, a su pincel no le basta con intuición, necesita ciencia. La Poesía, por su parte, es aquello que no puede decirse de otra manera. Va un ejemplo:

     "Y tan simplemente como el agua al paisaje, así te quiero yo. Como el día a la rosa, que frente a la floreciente primavera alza su eufonía."

     El párrafo anterior puede dividirse en cuatro líneas para lograr un subterfugio óptico y hacerlo pasar por la estrofa de un poema:

     Y tan simplemente
     como el agua al paisaje, así te quiero yo.
     Como el día a la rosa, que frente a la floreciente
     primavera alza su eufonía.

     A pesar de la forma visual que adquiere el texto, sigue siendo prosa, ahora dividida en cuatro líneas, aunque indudablemente líneas poéticas. Son dos símiles que se resuelven en 27 palabras. Las escribió el poeta colombiano Jorge Montoya Toro, sólo que de otra forma tipográfica, porque es uno de los cuartetos del "Soneto para un sencillo amor":

     Y yo te quiero así. Tan simplemente
     como el agua al paisaje; como el día
     a la rosa que alza su eufonía
     frente a la primavera floreciente.

     Son las mismas 27 palabras pero colocadas de manera que se convierten en cuatro endecasílabos rimados. Así es como nace la Poesía, al conjuro de una lección de estética.

     Ahora bien, el crítico que prefiere las primeras cuatro líneas en prosa y rechaza los segundos cuatro versos rimados, aunque en ambos casos se diga lo mismo, se inclina a favor del párrafo y desecha la estrofa. Y demuestra entonces que es un dómine o un diletante del Parnaso, que no entiende lo que es Poesía. Ni le gusta, que es lo insalvable...

 
     
 

 

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