Cuando
se tiene facilidad para la prosodia se posee la materia prima
del poeta. Surge el poema porque, en ocasiones, las ideas llegan
métricamente. Indagar por qué ocurre así
es enfrentarse al enigma. Escribir versos no es una tarea manual
que se realiza en determinado momento y por voluntad propia. Hay
otra voluntad oculta que husmea, sorprende, induce al poeta a
que escriba. Es entonces cuando el poema surge con pasmosa facilidad.
Sin embargo, esa
misma facilidad suele conspirar contra la Poesía. Hay poetas
que se dejan arrastrar por el don de la música verbal y
creen que ya eso es suficiente... Pero la música, con ser
lo imprescindible, no lo es todo. Decía Ricardo Palma -agudo
espigador de las Tradiciones peruanas-, en unos versos
famosos dedicados a alguien que aspiraba a "hacer siquiera/
una oda chapucera", que el asunto era sencillo:
-Forme usted líneas
de medida iguales,
luego en fila las junta
poniendo consonantes en la punta...
-¿Y en el medio? -¿En
el medio? ¡Ese es el cuento!
¡Hay que poner talento!
Pero no sólo
en el medio, ya que esas consonantes que se colocan "en la
punta" deben obedecer también a cierta habilidad poética.
Y el propio Palma no reparó en una atroz falta de eufonía
en el penúltimo verso de su estrofa, al repetir tres palabras
asonantadas: "medio" dos veces y "cuento".
En evitar lo fácil
radica la buena calidad de la obra. A la compulsión de
pintar un cuadro, crear una melodía o escribir un poema,
hay que oponer el rigor del estudio. Esa es la segunda parte de
la creación artística por la que no todos están
dispuestos a sacrificarse. Los perezosos del arte no acaban de
comprender que el mejor carpintero, si carece de buenos instrumentos,
no puede realizar ninguna obra ejemplar. Una simple silla sale
de sus manos como un frágil garabato de madera.
De haber rechazado
el estudio, Mozart no hubiera ido mucho más allá
de los minuetos de su infancia. El genio austriaco, enfrascado
cuando niño en aprender el solfeo, es un ejemplo válido
para todos los artistas. El cantante que no educa su voz, la pierde.
El pintor debe saber qué colores combinar, a su pincel
no le basta con intuición, necesita ciencia. La Poesía,
por su parte, es aquello que no puede decirse de otra manera.
Va un ejemplo:
"Y tan simplemente
como el agua al paisaje, así te quiero yo. Como el día
a la rosa, que frente a la floreciente primavera alza su eufonía."
El párrafo
anterior puede dividirse en cuatro líneas para lograr un
subterfugio óptico y hacerlo pasar por la estrofa de un
poema:
Y tan simplemente
como el agua al paisaje, así
te quiero yo.
Como el día a la rosa, que
frente a la floreciente
primavera alza su eufonía.
A pesar de la forma
visual que adquiere el texto, sigue siendo prosa, ahora dividida
en cuatro líneas, aunque indudablemente líneas poéticas.
Son dos símiles que se resuelven en 27 palabras. Las escribió
el poeta colombiano Jorge Montoya Toro, sólo que de otra
forma tipográfica, porque es uno de los cuartetos del "Soneto
para un sencillo amor":
Y yo te quiero
así. Tan simplemente
como el agua al paisaje; como el
día
a la rosa que alza su eufonía
frente a la primavera floreciente.
Son las mismas
27 palabras pero colocadas de manera que se convierten en cuatro
endecasílabos rimados. Así es como nace la Poesía,
al conjuro de una lección de estética.
Ahora bien, el
crítico que prefiere las primeras cuatro líneas
en prosa y rechaza los segundos cuatro versos rimados, aunque
en ambos casos se diga lo mismo, se inclina a favor del párrafo
y desecha la estrofa. Y demuestra entonces que es un dómine
o un diletante del Parnaso, que no entiende lo que es Poesía.
Ni le gusta, que es lo insalvable... |