En un rincón luminoso de Santiago de las Vegas, Cuba, falleció el 6 de enero de 1985 el poeta Arturo Doreste. Había nacido en Isabela de Sagua el 28 de octubre de 1895.
Doreste no salió de Cuba a pesar del descalabro político castrista, y fue otro de los muchos poetas cubanos que se escudaron en su obra, letra a letra, siempre al margen de las rojas consignas oficiales. Escribió magníficos versos, y su poema “Canción del grumete alucinado” es una página digna de la mejor antología. He aquí la tercera estrofa:
Para olvidar tus senos, ebúrneamente frágiles,
en mi navío dócil me di a la tempestad,
pero en empeño loco me debatí en el piélago:
¡tus senos se insinuaban en la onda musical!
Con el donaire y la gallardía de los elegidos, Doreste dejó sentada, sobre todo en el soneto, una maestría académica que jamás limitó su voz auténticamente subjetiva. Así en “Gloria cotidiana”, donde los tercetos con rimas cruzadas gravitan en la belleza autobiográfica de una serena intimidad:
Riego para mi gloria cotidiana
la floración que en húmedas macetas
cubre el alféizar gris de mi ventana;
y soy el más feliz de los poetas,
cuando al nacer el Sol cada mañana
me dan los buenos días las violetas.
Arturo Doreste publicó Mis sueños y mis rosas, (1917); Toque de clarín, (1942); Pueblo natal y Canto a Oriente, (1944); Litoral, (1948); Los últimos instantes de Martí, (1949); Canción repetida, (1968); y La vieja ciudad, (1983). Su libro Toque de clarín fue ganador del concurso del Ministerio de Defensa Nacional. El jurado que le dio el premio estaba integrado por un trío famoso: Mariano Brull; Regino Pedroso y Andrés de Piedra Bueno.
Bibliotecario de la Academia Cubana de la Lengua, cuando la entidad al fin fue oficializada por la política, Arturo Doreste renunció a su cargo. Otro tanto hicieron Ernesto Dihigo, Director y Luis Ángel Casas, Secretario Perpetuo.
Durante muchos años, para protegerlo de las iras gubernamentales, se ocultó que Doreste era el autor de un soneto que clandestinamente recorrió la Isla y que también un día llegó al destierro. Se trata de “Solo”:
Solo en la adversidad. Solo conmigo,
solo con el escudo y la trinchera,
Solo con la canción y la palmera,
solo con la orfandad y el enemigo.
Solo en la cruz y solo en el castigo,
solo con el paisaje y la bandera,
solo en la desventura sin espera,
solo: en la soledad sólo un testigo.
Solo en la patria, solo en el encierro,
solo en el sacrificio y el destierro,
solo en la indignación, solo en la guerra;
y solo he de arrastrar ludibrio y dolo
hasta morir estoicamente solo
en el rincón más solo de la tierra.
Así murió Doreste, porque cuando falta la compañía de la libertad, se vive sin equilibrio, con un vacío bajo los pies y un techo de opresión sobre la cabeza. Así murió Doreste, un hombre poeta que fue poeta y hombre. Y aunque no pudo zafarse de las cadenas totalitarias, tuvo el suficiente coraje para no someterse a ellas. |