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Gustavo Adolfo Bécquer es uno de los casos más singulares de la Literatura Castellana. Su paso por las letras breve y simbólico, pero completamente innovador, con su media voz en la época del “tremendismo”, marcó un paréntesis -un llamado a la cordura y al buen gusto- ante el desbordamiento altisonante de los románticos de su época. Las treinta y cuatro interjecciones de Espronceda en su “Canto a Teresa’’; los reiterados descuidos en las improvisaciones de Zorrilla; la almidonada postura academicista de Núñez de Arce y el ingenio versificado y prosaico de Campoamor, era apenas todo lo que sobresalía en el Siglo XIX. Eran los ejemplos a seguir.
Entonces, un sevillano de ascendencia alemana -hay quien le atribuye a ese vínculo sanguíneo la raíz de su originalidad-, comenzó a escribir unas rimas engañosamente simples, con una técnica completamente nueva, en el marco de unas estrofas sonoras que ya no eran las envejecidas silvas, porque muchas de ellas estaban confeccionadas con metros disímiles entre sí, pero paradójica y poéticamente de una perfecta y novedosa musicalidad:
Sobre la falda tenía
el libro abierto,
en mi mejilla tocaban
sus rizos negros...
Eran versos de diferente cadencia, usados en la misma estrofa por primera vez en nuestro idioma, con el atrevimiento y la soltura de un creador que no improvisaba. La maestría de aquellas composiciones, la mayoría brevísimas, denotaba una cuidadosa hechura:
¿No sentiste en tu oído de virgen
las silentes y trágicas notas
que mis dedos de muerte arrancaban
a la lira rota?
Pero aquello, con ser mucho, no era todo. Además de la novedad en la combinación de octosílabos-pentasílabos y decasílabos-hexasílabos como en los ejemplos anteriores, amén de otras formas, Bécquer ofrecía la dulzura susurrante de un mensaje poético distinto. Su declaración amorosa venía envuelta en tono menor. La terrible y punzante desesperación de un hombre que sufre: “¡Que sueño el del sepulcro, tan tranquilo!”, expuesta con una digna, dificilísima sencillez. Y el amor erótico en el marco de la pureza virgen. Sobre todo ante la dama esquiva, la nunca amada poco y siempre imposible de amar. La cercana en un balcón nocturno pero, al mismo tiempo, a una distancia de siglos luz. Entonces Bécquer, con una casi ingenuidad metafórica, cuelga en la pared de los tiempos, la virtud de una interrogación enamorada:
Por una mirada, un mundo:
por una sonrisa, un cielo:
por un beso..., yo no sé
qué te diera por un beso.
Y, no obstante, lo más meritorio de aquella sencillez era la conquista de una mayor impresión anímica. Porque Bécquer, en su propio tiempo y entre sus escasos lectores de entonces, transmitía la emoción con superior eficacia. Superaba de esa manera a los rugidos de fiera herida, en medio de una adjetivación desbordante, que caracterizaba el estilo de entonces.
Siempre sobrevive el llamado a la contención. Se habla de cómo las épocas marcan a los artistas, pero Bécquer rompió todos esos clisés al enfrentarse a su época. Mucha poesía actual, desde el punto de vista académico, sigue basándose en el hermetismo y en la desmusicalización. Ir contra esas corrientes parece suicida, pero el poeta debe aprovechar esas desorientaciones para orientarse. La gracia no radica en romper la cristalería existente y adornarla con nuevos vidrios rotos, sino en añadir sin romper. Bécquer lo hizo y sus Rimas siguen editándose a una distancia de más de un siglo de su muerte.
La lección es de una claridad inconfundible: Bécquer fue fiel a su deber de poeta. Con sus flechas líricas se enfrentó a los cañonazos de sus contemporáneos. Sus versos fueron desdeñados, porque la poesía de su tiempo era distinta. Pero Bécquer triunfó. Y Bécquer permanece. |
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