LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

 

 

     Ramón María de las Mercedes de Campoamor y Campoosorio trascendió en la poesía del Siglo XIX, afortunadamente, con un nombre menos ampuloso aunque siempre aristocrático: Ramón de Campoamor. Nacido en Asturias el 24 de septiembre de 1817 y muerto en Madrid el 12 de febrero de 1901, acaba de celebrarse su centenario. Huérfano de padre desde muy joven, la madre lo envió a Madrid a que estudiara Medicina. Sin embargo, la política, la filosofía y los versos marcaron su ruta profesional.

     Si como político llegó a ser gobernador de tres provincias: Castellón, Alicante y Valencia, la filosofía le sirvió para darle un rumbo nuevo a la poesía de su tiempo. Triunfó. Y llegó a ser el poeta más leído, pero fue sólo por la oposición al desenfreno de los románticos, porque ofreció un tono distinto frente a Espronceda con su tremendismo, Zorrilla con su corte dramático y Núñez de Arce con su academia al hombro. Sin embargo, un poeta sevillano nacido en 1867 fue quien logró imponerse como salvador del siglo: Bécquer con sus rimas intemporales.

     El fenómeno de la inmensa popularidad de Campoamor surge, precisamente, por el agotamiento verbal del siglo romántico. Cuando se yergue sencillo, jovial, con su gran facilidad versificadora y su imaginación inagotable para crear situaciones filosófico-pueblerinas, barre con todo lo que encuentra a su paso. Entonces, las abuelas suspiran al conjuro de la niña enamorada que acude al señor cura para hacerle una carta a su amor, porque "¡quién supiera escribir!"

     Campoamor creó las doloras y las humoradas. Las primeras son poemas dramáticos breves, envueltos en cierta ironía ante los reveses de la vida. Las segundas son casi lo mismo, pero dotadas de buen humor no exento de sentimentalismo. La Real Academia Española fija el nacimiento de la dolora hacia 1846 -Campoamor entraría en la docta institución en 1862-, y las humoradas fueron publicadas entre 1886 y 1888. El propio Campoamor las calificó de "rasgo intencionado de tendencia comicosentimental".

     Un ejemplo de dolora breve es "Los extremos se tocan":

     Mientras la abuela una muñeca aliña
     y, haciéndose la niña se consuela,
     haciéndose la vieja, usa la niña
     el báculo y la cofia de la abuela.

     Comparados estos versos con una humorada, la diferencia es sutil, porque Campoamor usa un mismo sello para identificar todos sus versos:

     Aunque huir de ella intento,
     no sé lo que me pasa,
     porque yo voy donde me lleva el viento,
     y el viento siempre sopla hacia su casa.

     Es un lenguaje coloquial, completamente exento de imágenes, que es el segundo e insoslayable requerimiento en Poesía, después del ritmo, que es el primero. Por eso puede decirse que las de Campoamor son poesías... sin poesía. Lo son por su molde cadencioso y dejan de serlo por su lenguaje prosaicamente directo. Y donde mejor puede apreciarse ese estilo es en novelones versificados como "El tren expreso". El amor y el adiós surgen sobre rieles entre la noche, el día y el crepúsculo. El poeta ilusionado es herido por la decepción, y entre los "hayes del alma" -título cursi de un libro campoamorino- el poeta termina su viaje en tren sumido en la desdicha.

     Un recurso al que Campoamor acudía frecuentemente era el de la antítesis: "Después de bien pensado/ fue mi tiempo perdido el más ganado". Esa contraposición de palabras o frases está presente también en sus humoradas, como "Pese al poder, la sangre y la riqueza,/ toda vida es idéntica a la mía:/ placeres impregnados de tristeza/ y penas saturadas de alegría."

     Murió Campoamor hace cien años. Ya, para entonces, el modernismo dariano estaba en todo su apogeo, con su simbolismo radiante de adjetivación novedosa y lo metafórico en función de belleza suprema. Con todo, el poeta disfrutó su fama sin presentir su ocaso. Se fue feliz, elogiado incluso por el propio Darío, cuya generosidad artística siempre fue notoria.

     Hoy día no se menciona a don Ramón de Campoamor. Es el gran ignorado. Y, sin embargo, a veces yo vuelvo a leer sus poemas, y prefiero divertirme con el poeta asturiano y disfrutar de sus salidas ingeniosas. En él no encuentro palabras huecas ni pujos intelectuales, sino la honestidad dicha con justeza, en versos limpios que no son impresionantes, pero sí razonablemente conquistadores. Versos que saturan simpáticamente el ánimo cuando expresa con sorna y escepticismo:

     Según creen los amantes,
     las flores valen más que los diamantes;
     mas ven que al extinguirse los amores,
     valen más los diamantes que las flores...

 
     
 

 

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