LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

 

 

     Mientras el pasado 6 de julio The New York Times dedicaba un editorial exaltador a Pablo Neruda, prácticamente todo el orbe se preparaba a celebrar el centenario del natalicio del poeta chileno, que se conmemoraría seis días después.

     El 12 de julio de 1904 nace en El Parral, Chile, Neftalí Reyes Basoalto, poeta que desde los 16 años se hace llamar Pablo Neruda. Tiene un mes de nacido cuando muere su madre, pero una buena madrastra, Trinidad Candia Malverde, ocupa su lugar.

     Estudia en el Liceo de Hombres de Temuco, y más tarde en la Universidad de Chile para obtener un profesorado de francés. En 1923 publica su primer libro de versos, Crepusculario, y al año siguiente sale de imprenta la más vendida de sus obras: Veinte poemas de amor y una canción desesperada. “Nunca volví a ser tan alto y profundo como en aquellos días”, escribió el poeta en su libro autobiográfico Confieso que he vivido, en un imprevisto arranque de sinceridad.

     En “aquellos días” el poeta era poeta, cuando todavía no asomaba a sus versos la preocupación política, sino el fuego del amor, que es el tema por excelencia de la poesía de todos los tiempos. Luminoso y diferente en estos fragmentos de los pareados de “Farewell”:

     Desde el fondo de ti, y arrodillado,
     un niño triste, como yo, nos mira.

     Por esa vida que arderá en sus venas
     tendrían que amarrarse nuestras vidas.

     Por sus ojos abiertos en la tierra
     veré en los tuyos lágrimas un día...

     Para que nada nos amarre
     que no nos una nada...

     Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
     ni tus sollozos junto a la ventana....

     Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
     ya no se endulzará junto a ti mi dolor...

     Fui tuyo, fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos
     un recodo en la ruta donde el amor pasó...

     Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
     Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.

     ...Desde tu corazón me dice adiós un niño.
     Y yo le digo adiós.

     Aquello era como el resumen de la poesía amorosa de siempre. Con sus rimas y su ritmo, destinada a perdurar sin límites, a pesar de los iconoclastas que vendrían poco después. Buen lector de francés, Neruda se nutrió, sobre todo, de Albert Samain, noble influencia de las dignas nostalgias, de los símiles originales, de las pausas equilibradas: “Amame, compañera. No me abandones. Sígueme”, y después confecciona “un collar infinito/ para tus blancas manos, suaves como las uvas”.

     Yo, simplemente, “confieso que he vivido” leyendo a Pablo Neruda. Su poesía respetó el ritmo, inclusive cuando aparentaba que no lo hacía, usando subterfugios visuales en la fragmentación de muchos de sus versos. Era un recurso con el que se burlaba de los que escriben supuesta poesía despojada de sus imprescindibles cadencias. Así ocurrió, por ejemplo, con los desajustes prosódicos de líneas aparentemente amétricas como “...todo volvió/ a ser polvo:/ sólo algunos guardamos/ forma y sangre”. Porque realmente se trata de un heptasílabo y un endecasílabo:

     Todo volvió a ser polvo:
     sólo algunos guardamos forma y sangre.

     De aquel canto amoroso siguió la creación hasta Residencia en la tierra, tres libros desde 1933 hasta 1947, legítima y total ascensión al meridiano poético que, como Quevedo en su tiempo, echaba a andar el idioma por novedosas rutas líricas. Pero entonces Neruda empieza a descender hacia la noche del compromiso político. Y el poeta que tenía posiblemente la intuición más alta por la belleza suma en idioma español durante todo el Siglo XX, es el mismo que se hunde en el contraste de una equivocación abismal.

     Resulta radicalmente incomprensible que un mismo poeta les cante a “Los dictadores” y se refiera a “las tumbas que están llenas/ de huesos demolidos, de estertores callados”, y al mismo tiempo su ceguera sea global ante los millones de asesinados por el sistema comunista, partido al que se afilió el 8 de julio de 1945, y al que defendió durante toda su vida.

     Pablo Neruda cumple cien años. Fue un hombre marcado por el sensualismo. Un sibarita de la buena mesa y del buen vino. Sus tres esposas fueron la holandesa Mara Antonieta Hagenaar, con quien tuvo su única descendencia, Malva Marina, que murió a los ocho años; la pintora argentina Delia del Carril y la chilena Matilde Urrutia, inspiradora de sus Cien sonetos de amor.

     En 1945 Neruda fue elegido senador de la República. Ya había servido a su patria en el campo diplomático. Ese mismo año recibe el Premio Nacional de Literatura. Se enfrenta a un juicio político por llamar traidor al presidente Gabriel González Videla, pero logra escapar cruzando la Cordillera de Los Andes.

     Era una época en que los izquierdistas se multiplicaban como una plaga, y eso benefició al poeta internacionalmente. Por su obra era merecedor del Premio Nobel, galardón que le fue otorgado en 1971, cuando era embajador en Francia. Murió dos años después, el 23 de septiembre, y nunca se sabrá si hubiera recibido de todas formas el reconocimiento sueco de no haber sido comunista.

     Hace cien años que nació Neruda. Los actos conmemorativos se multiplicaron en todo el mundo. Documentales, exposiciones, conciertos, recitales de poesía, peregrinaciones, obras de teatro y toda clase de actos se han efectuado en honor del poeta, en España, en América Latina y en otros países. En su patria se escribió “el poema más largo del mundo”, en un lienzo de casi dos kilómetros de largo. Sin embargo, no hay una voz que se alce para criticar al hombre que con su influyente ejemplo personal les hizo tanto daño a la democracia y a la libertad. Todo se le perdona en aras de su poesía, aunque esa misma poesía tenga páginas tan detestables como la “Oda a Stalin”.

     Acaso lo más incongruente del homenaje universal a Pablo Neruda ocurrió en Colombia, con actos comenzados por el presidente Alvaro Uribe desde el jueves 8 de julio, en la propia Casa Presidencial. La Biblioteca Nacional organizó una lectura de textos nerudianos, como se hizo también durante la Feria Internacional del Libro, amén de un Festival Internacional de Poesía en Bogotá. Mientras tanto, los campos ensangrentados de Colombia hacen recordar a las huestes rojas de la esclavitud totalitaria, esas mismas que Neruda aplaudió en su momento, desde su equívoca posición de comunista aristócrata y aburguesado.

     Pero echemos a un lado las obligaciones nerudianas con el partido soviético, y leamos los versos maravillosos que dictó su real sinceridad de poeta. Es una experiencia artísticamente enriquecedora del espíritu, aunque ahora, al cumplirse sus primeros cien años, no puedo dejar de hacerme una pregunta: si Pablo Neruda no hubiera sido comunista, ¿sería tan impresionante, extraordinario y monumental el homenaje que se le rinde mundialmente?

     Lo dudo.
 
     
 

 

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