LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

 

 

     “Rebuscando casi arqueológicamente entre mis viejos papeles –me dice el poeta cubano ya fallecido Miguel González, en una carta del 11 de noviembre de 1990-, me encontré con un rotograbado del Diario de la Marina del 29 de mayo de 1955, donde aparece una foto de Andrés Eloy Blanco, con su esposa y sus hijos, y además dos o tres poemas suyos”.

     Y, gentilmente, el buen amigo Miguel acompañó su carta con fotocopias de aquel material, que había sido tan importante en su vida de poeta, y que yo encuentro ahora, también como él, “rebuscando casi arqueológicamente entre mis viejos papeles...”

     El periódico habanero había publicado la foto y varios poemas de Andrés Eloy Blanco, con motivo de su muerte en un accidente automovilístico en Cuernavaca, México, el 21 de mayo de 1955. Varios poemas acompañaban a aquella reseña, y además del “Soneto a la madre en Nochebuena”, sobresale el insoslayable “Píntame angelitos negros”:

     Pintor que pintas tu tierra,
     si quieres pintar tu cielo,
     cuando pintas angelitos
     acuérdate de tu pueblo;
     y al lado del ángel rubio,
     y junto al ángel trigueño,
     aunque la Virgen sea blanca,
     píntame angelitos negros.

     Me explica Miguel que cuando Marcos Pérez Jiménez derrocó en 1948 al presidente de Venezuela, Rómulo Gallegos, su ministro de Relaciones Exteriores era Andrés Eloy, quien asistía a una conferencia de cancilleres en París. Por supuesto, el poeta no regresó a su patria, y de Francia saltó a La Habana, donde años antes había vivido como refugiado político.

     Dice Miguel que en la calle Belascoaín, frente a la Casa de Maternidad y Beneficencia, estaba el hotel San Luis, cuyo dueño alojaba gratuitamente a todos los perseguidos políticos latinoamericanos. Es lamentable que no dijera el nombre del dueño de aquel hotel.

     A la sazón Miguel estaba recién casado con su musa Ofelia, y ambos fueron al San Luis a conocer al ilustre refugiado y poeta de extraordinaria y merecida fama, y tuvieron el privilegio de escuchar, de labios de Andrés Eloy, el “Soneto a la madre en Noche Buena”, todavía en borrador. Son versos de pena por la madre ausente y de gratitud a Cuba, que serían incluidos posteriormente en la serie Los poemas de la madre:

     De Liborio, cubano, tuyo y mío,
     cruza la calle azul de agua antillana,
     para tu hora sin mí, madre lejana,
     Calor de Vuelta Abajo y de Bohío.

     Cubano arrullo al palomar sombrío
     lleva, en cielo de amor, brisa cubana,
     nube enfermera en algodón que sana
     del odio el fuego y del engaño el frío.

     Madre de mala noche en Nochebuena,
     de rifle al pecho y bayoneta al llanto,
     madre de la oración y la cadena,

     devuelve a la sonrisa el labio santo,
     que ya te pone el mar sobre tu arena
     de Cuba el sol y del cubano el canto.

     Tanto Miguel González como su esposa Ofelia fueron casi idólatras del poeta venezolano, y tenían su libro Poda como lectura de cabecera. La felicidad de aquella pareja debió llegar al máximo, cuando Andrés Eloy fue a comer a su casa, donde conoció a la suegra de Miguel, que había sido musa del poeta cubano Rubén Martínez Villena, en su época juvenil.

     Todo este anecdotario que surge del encuentro con unos papeles amarilleados por el tiempo, me hace recordar el último libro de Miguel González, Las manos que aplaudieron, publicado póstumamente en 1996, el mismo año de su muerte, y considerado por el poeta como su “voluntad testamentaria”.

     Por último, un hecho curioso. Miguel González evocó su destierro en los claros ojos de su esposa y en la vida modesta de ambos, cuando escribió:

     El sol gotea fósforos salobres,
     y más allá del álbum y el pesebre,
     sin una parra que la sed nos quiebre,
     ¡tus ojos son dos extranjeros pobres...!

     Él murió después que ella. Ambos descansan en la misma tumba en Miami. Y fue precisamente el 14 de febrero de 1996, Día de San Valentín, que es decir Día del Amor, cuando sepultaron a Miguel junto a Ofelia.

     No hay dudas de que mi amigo Miguel fue poeta hasta para despedirse del mundo.
 
     
 

 

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