LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

 

 

     Fue en 1911 cuando Enrique González Martínez publicó el soneto “Tuércele el cuello al cisne”, en evidente alusión al símbolo modernista. Para eruditos como Pedro Henríquez Ureña ese poema era un manifiesto contra Rubén Darío, a quien apenas le quedaban cinco años de vida. Tenía razón al pensar así. Ya, desde la primera estrofa, el poeta mexicano presenta las armas para el combate: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje/ que da su nota blanca al azul de la fuente;/ él pasea su gracia no más, pero no siente/ el alma de las cosas ni la voz del paisaje”.

     La epifonema del soneto es un canto al búho y su sapiencia, que González Martínez enfrenta al estilo fulgente y versallesco de los cisnes. Son versos alejandrinos tradicionalmente llanos, en los que no aparece un solo hemistiquio agudo o esdrújulo, tan comunes del Modernismo. Sin embargo, como la escuela dariana no se caracteriza solamente por los cisnes, sino también por las formas que nada tienen que ver con los conceptos, es necesario reparar en cuatro versos del soneto que podríamos llamar disidente. He aquí el primero: “...pupila, que se clava en la sombra, interpreta...”

     La frase “que se clava / en la sombra” está dividida por la cesura del verso alejandrino, como indica la raya oblicua. Y esa fue, precisamente, una de las creaciones de Darío para aligerar la prosodia que, en poetas como José Zorrilla, por ejemplo, no mostraban variedad alguna. Por eso el verso de Darío, “Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía”, del poema “Melancolía”, en el libro Cantos de vida y esperanza de 1905, es un anticipo de lo que escribiría González Martínez, precisamente contra el Modernismo, seis años después.

     Los otros tres versos del poeta mexicano, también con la cesura sin pausa, son: “él pasea su gracia / no más, pero no siente...”, igual a “Yo he visto los lemures / flotar, en los nocturnos...”, de “Coloquio de los centauros”, de Darío; “desde el Olimpo, deja / el regazo de Palas...”, igual a “ramo de sueños, mazo / de ideas florecidas”, de “Para ir al azul”, de Darío y “Él no tiene la gracia / del cisne, mas su inquieta...” , igual a “maravillosamente / danzaba. Los diamantes...”, de “La gitanilla”, de Darío. La lección es clara. Un poeta critica los las exageraciones de una escuela y, al hacerlo, inconscientemente, copia el estilo de su principal creador.

     Hay que reconocer, sin embargo, que cuatro décadas después el propio González Martínez disiparía erróneas interpretaciones sobre su soneto, al escribir que “dejando a un lado lo esencial en la poesía del gran nicaragüense, se prolongaba en sus imitadores lo que podríamos llamar exterioridad y procedimiento. Claro está que en los imitadores faltaban la gracia, el virtuosismo excepcional y la encantadora personalidad del modelo. No alcanzaban tampoco los secuaces de Darío su emoción lírica, perceptible en él desde Prosas profanas, aun en poemas donde la agilidad técnica y el dominio de la forma parecían ser la única intención creadora; mucho menos la que, en Cantos de vida y esperanza, lograra, ya íntegra, madura y sabia, la poesía de Rubén”.

     Si un poeta de México, Manuel Gutiérrez Nájera, había sido precursor del Modernismo con sus versos de 1880, quiso el azar que otro poeta del mismo país reaccionara, 31 años después, contra los abusos de esa escuela. Pero el antagonismo de González Martínez fue estéticamente puro, y no arbitrariamente falso como el de otros contemporáneos suyos.

     Resulta incuestionable que este hombre, poeta integral, llegó a un edificio bellamente reconstruido al que ya se le añadían demasiados arabescos, ­adjetivaciones sin freno, giros anárquicos y donde convergían demasiados tonos en una misma fachada, como las ambivalencias y los desórdenes rítmicos. Entonces subió las escaleras, entró en su habitación, cerró su ventana al ruido de afuera, y al despedir al cisne y llamar al búho, no hizo más que encender la luz que alumbraría hacia adentro, hacia la sana meditación, dirigida a la filosofía personal, al encanto de una poesía diferente y no hacia el exceso de colorido exterior en los balcones exuberantes.

 
     
 

 

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