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“Para gustos se han hecho colores”, reza el refrán, y en el arte poética ese es un principio que induce a respetar las preferencias ajenas. A la inmensa mayoría de los lectores, sin embargo, no los seduce la idea de leer un texto que no entiende, y rechaza el poema que no es portador de un claro mensaje poético.
El historiador y crítico español Melchor Fernández Almagro, aunque no menciona a la poesía, se refiere al tema con meridiana claridad: “El lector de tipo medio no agradece nada tanto como que el novelista, el pintor o el músico le den toda suerte de facilidades, y no le exijan esfuerzo alguno para establecer contacto, de corazón a corazón, con la obra de arte”.
Por su parte, Rubén Darío sí pone a la poesía como ejemplo, y reafirma su postura a favor de la lucidez, precisamente, en un poema. Se trata de “Los cisnes”, versos dedicados a Juan Ramón Jiménez que aparecen en el libro de 1905 Cantos de vida y esperanza. He aquí una estrofa colmada de amistosa sinceridad:
Cisnes: Los abanicos de vuestras alas frescas
den a las frentes pálidas sus caricias más puras,
y alejen vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras mentes tristes las ideas oscuras.
Anteriormente, en 1905, ya Darío se había referido al mismo tema en el libro Prosas profanas, con el poema “A los poetas risueños”, cuando se enfrenta “a los versos de sombra y a la canción confusa// que opone el numen bárbaro al resplandor latino”, para concluir fugándose de la oscuridad inexpresiva con los dos radicales versos finales de su soneto alejandrino:
Y ante la fiera máscara de la fatal Medusa,
medrosa huye mi alondra de canto cristalino.
El poeta prefiere huirle a la tentación facilitona de escribir por escribir, sin decir nada, porque sabe que engañando a los demás acabará por engañarse a sí mismo.
Aun así es necesario definir el concepto de hermetismo, porque hay quien considera hermético a Góngora sin más ni más cuando, en realidad, se trata de un poeta a veces impenetrable, pero por ser alto y difícil. El culteranismo gongorino puede ser estudiado. De hecho, quien más se destacó en interpretar a Góngora fue Dámaso Alonso, y lo que parecía un mar de confusiones por sus laberintos mitológicos y su falta de sencillez, se transformó en lógica formal.
En su tiempo, el peor enemigo de Góngora fue Quevedo, artífice del conceptismo, claridad bienhechora para ser irradiada en el Siglo de Oro. Quevedo se enfrentó al poeta cordobés y le dedicó varios sonetos burlones que provocan risa, aunque también esparcen un amargor ofensivo no exento de vulgaridad, debido a la indudable crueldad de sus epítetos.
Hay en el conceptismo quevedesco, no obstante, ciertas sutilezas imprevistas, disemias y sus consecuentes dilogías, que a veces tienden a dificultar el significado del mensaje poético, pero sin llegar nunca a los rebuscamientos gongorinos.
Las oscuridades de Góngora se deben, principalmente, a su cultura inmensa, de ahí que pudo ser descifrable gracias también a la inmensa cultura de un filólogo tan admirable como Dámaso Alonso.
El origen del hermetismo, por tanto, radica en dos principios disociados entre sí: Expresarse con una cultura demasiado elevada para el común de los lectores o, simplemente, escribir ideas oscuras con el afán deliberado de no ser entendido. De ahí, en muchos aspectos, la ineficacia del vanguardismo.
Nietzsche describió el hermetismo como nadie: “Quien sabe que es profundo se esfuerza por ser claro; quien quiere parecer profundo se esfuerza por no ser claro”. El filósofo alemán nos pone al fin ante la gran disyuntiva de que puede haber un hermetismo involuntario, pero original, y otro hermetismo voluntario, pero embustero.
El primero, para interpretarlo, nos lleva al estudio o la especulación, pero el segundo sólo indica el deplorable arribo de la superchería. |
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