JORGE ANTONIO DORE

Nace en Cuba el 13 de junio de 1949 y deja la isla en 1961 para radicar en Barcelona, España. Allí cursa estudios de pintura y diseño gráfico. A los 18 años hace sus primeras incursiones en el mundo de la poesía, que cala hondamente en su alma. Continúa escribiendo. Tertulias poéticas y reuniones de escritores lo ayudan a definir estilo y rumbo en su obra. En 1974 abandona España y marcha a los Estados Unidos y se establece en Miami, Florida, ciudad donde actualmente radica. Dos años después decide concursar por primera vez en un certamen literario internacional, convocado por la Asociación de Críticos y Comentaristas de Arte (ACCA) y obtiene el primer premio de poesía “José María Heredia” por su libro “Recuerdos Náufragos”. Posteriormente publica su libro “Piel Adentro”.

Indice
Tengo los ojos tristes
Travesía
Puede ser
De niño
Monasterio
Nada más
Necesidad
Sube y baja
Otra vez
Balseros muertos
Monólogo de Adán
Monólogo de Noé
Monólogo de Moisés
Monólogo de Judas
María
Antes del alba
Apocalipsis
Ya no recuerdo cuándo
Mi diálogo con Dios sobre la estrella
Disfraces
Sueño
Niebla
Destino
Conyers
Déjame que me duerma
Poema divergente
¿Quién?
Me llamas en el viento
Pancha
Poema en cuatro colores
Súplica
Posesión
Lobos
Reflejos
Sobreviviente
Centinela
No me busquéis
Enfermo
Paredón
Quisiera

 

 

Tengo los ojos tristes

Desde Europa

Tengo los ojos tristes de medir la distancia,
y alimentar envidias de las nubes viajeras.
Tengo los ojos tristes de ojivas y de herádicas,
de cumbres encumbradas y de arcaicas cadencias.
 
Tengo tristes los ojos con que la luz del trópico
estrenó mis pupilas allá en lejanas tierras,
allá donde embarrancan mis recuerdos más hondos
en playas cristalinas de mangles y palmeras.

Se me escapa la vida detrás de cada barco,
se me pierden los ojos detrás de cada vela
y maldigo las anclas de los barcos anclados
contemplando mis manos que no son marineras.

La tarde se despide silente, reducida
a un gris telón de fondo que no me corresponde.
Me siento extraño en medio de esta escenografía
que amordaza con niebla los más puros colores.

Un sueño de horizontes se me enreda en el alma
y suspiro por costas de inagotable arena,
nombres que cada día recuento en mi nostalgia
cuando el insomnio vuelve para golpear mi puerta.

Y se me van las horas que se me van, pensando
la dimensión terrible de esta pena secreta.
Y como cada noche que me siento lejano
tengo los ojos tristes de recordar mi tierra.

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Travesía

La vida y la muerte van
de la mano, hacia el olvido
como riberas opuestas
de un río.

Por el río de la vida
viajamos tú y yo escondidos
en el mismo camarote
del destino.

Y nos vamos de la mano
de la vida, hacia el olvido
–que está al cruzar de la muerte–.
¡Qué frío!

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Puede ser

Puede ser que me muera de repente
o tal vez, que el derecho a una agonía
lenta, apague las luces de mi frente
y me vaya extinguiendo como el día.
 
Puede ser que en el último momento
se me permita hilar con voz cansada
un sencillo repaso de contento
al saber que abandono la jornada.

De contento. En larga llamarada
expiraré hacia el techo. Un blanco luto
perfumará mi estancia de alegría

y roto ya de tanta madrugada,
sonreiré en el último minuto
cuando venga a buscarme el mediodía.

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De niño

A mi hijo

De niño yo jugaba con huellas en la arena,
efímeras memorias que el mar efervescente
lamía y deformaba. Y a mí me daban pena
porque recién nacidas, morían de repente.

De niño yo jugaba con huecas caracolas
–teléfonos de viento dormidos en la espuma–
me pasaba las horas dirigiendo las olas
y persiguiendo el rumbo, mientras reía a solas,
de gaviotas fantasmas que horadaban la bruma.

De niño el mar fue todo, casi mi sangre; acaso
la escuela de mi alma, mi aliento hecho salitre.
Soñé veinte mil rutas de viaje hacia el ocaso
y poseí dos barcos: mi cama y mi pupitre.

De niño había tantas estrellas en mis noches
que no conseguí nunca poderlas numerar.
Me acompañaron siempre, prendidos cual dos broches
del pecho, un gran lucero y un caracol de mar.

Ya hombre, levé el ancla de mi infantil bahía
buscando abrirme rumbo de proa a la verdad.
Pero no me advirtieron lo que yo no sabía:
que un insomnio bastaba para poner al día
el número de estrellas que alumbra una ciudad.

En vez de caracolas, obtuve auriculares,
encallé en el concreto y me arrojé al asfalto
como hacia un negro pozo donde se espejan mares
distantes en la costa sin fin del sobresalto.

Mi cama, hecha arrecife, me trajo un dolor ciego:
se evaporó el salitre –mi olor a adolescencia–.
Trazando estelas rojas, mil pájaros de fuego
cegaron las gaviotas de luz de mi inocencia.

Entre puertas y timbres, una pátina impura
empañó los recuerdos de mi infancia marina
¡absurda marejada de gente sin cordura
que a gritos reclamaba salitre en cada esquina!

Casi pierdo los broches. Una noche el lucero,
cansado de la niebla, se comenzó a opacar;
la caracola, muda, se transformó en velero
y loca de nostalgia salió en busca del mar.

Menos mal del buen viento del norte y las corrientes
que amparan a la nave que nunca embarrancó.
Me fui dejando huellas de arena entre las gentes
y hoy recalo en el puerto donde vuelvo a ser yo.

Este olor de la costa, este mar y estas huellas
valen toda la vida. Aquí soy capitán.
Como antaño, prosigo con mi cuenta de estrellas
y en dos broches conservo las insignias más bellas
que el mar sólo confía a quienes no se van.

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Monasterio

Yo habito un retirado monasterio
donde a solas dialogo con mi Cristo.
Como único guardián, en él subsisto
cumpliendo con mi humilde ministerio

de amor: pulir los vastos corredores,
atender el jardín siempre florido
donde Dios me celebra, agradecido,
el cuidado que he puesto en tantas flores.

Preparar la capilla y –siempre en vela–
aguardar el divino advenimiento:
Jesús que se me acerca y que me ensalma.

Y luego, como premio al centinela,
al irse esparce un soplo de su aliento
dentro del monasterio de mi alma.

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Nada más

Nada más que este fuego que se me prende al pecho
puedo darte. Nada más. Y no sé si te basta.
Casi todo mi mundo se encuentra piel adentro
y este cuerpo que miras, compañera, es mi casa.
Es la casa en que habita lo que soy, cuanto tengo.
Tú lo sabes; a veces has llamado a mi puerta.
Todas mis pertenencias se ciñen a mis sueños
y al recuerdo del sitio que abarcaron mis huellas.
Vivo sencillamente, con un deseo bueno
de compartir los frutos de mi mejor cosecha.
No me duele el pasado, no me obsesiona el tiempo.
En paz labro mi campo de esperanzas inmensas.
Hoy tender aquel puente, trazar cierto camino...
este afán de llegar siempre lejos, más lejos,
y recorrer la vida libre de pesimismos
con la sabiduría que otorga el propio encuentro.
Y es esta mi riqueza, mi riqueza de pobre,
porque teniendo poco soy rico en lo que tengo
debajo de estas ropas, más allá de mis voces
y del mundo tangible que hoy limita mi cuerpo.
Ya lo ves, poco tengo y no sé si te basta
pero mi casa es tuya y en mi casa te espero.
Y como tú conoces cuales son mis palabras,
juntos compartiremos idénticos silencios.

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Necesidad

Este absurdo poema –lo presiento–
va a terminar en nada. Es un vacío
crepuscular que surge de mi hastío,
la reverberación del descontento.

Este poema es todo un desconsuelo
o un coágulo –no sé– de sangre o tinta
cuajado en el papel donde hoy se pinta
mi fe, quebrada en láminas de hielo.

Este poema necesita un Cristo
que me empuje a la cumbre de un calvario
donde sea preciso un buen ladrón

y que luego me explique por qué insisto
en volverle la espalda al que a diario
resucita mi terco corazón.

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Sube y baja

(Canción de cuna para un niño místico)

¡Sube que sube y sube!
¿Descubrirás la piedra
o encontrarás la nube?

¡Baja que baja y baja!
¿Descubrirás el cielo
o encontrarás la paja?

Sube y baja.
Baja y sube.
Cielo es paja.
Paja es nube.

Bajarás cuando subas.
Subirás cuando bajes.
¿No hacen vino las uvas
y el algodón, encajes?

Niño, nunca despiertes
–despertar es un sueño–
una vez que despiertas
¿no respondes durmiendo?

Cuando subas y bajes,
cuando bajes y subas
te vestirás con uvas
y beberás encajes.

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Otra vez

Otra vez, hijo pródigo, regreso
por el mismo sendero arrepentido
como el que reaparece del olvido
después de haber estado un tiempo preso.
 
Otra vez cabizbajo, me arrodillo
y me postro a tus pies bañado en llanto
y me cubres los hombros con tu manto
y me besas la sien como a un chiquillo.

Esta escena la has visto repetida
tantas veces, que sólo tu grandeza,
Jesús, me reconstruye en el perdón.

Hijo pródigo soy toda la vida
porque sé que a pesar de mi flaqueza
siempre rescatarás mi corazón.

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Balseros muertos

A Julio Estorino

Señor, misericordia de aquellos cuyas almas
soñaron horizontes más allá de las palmas

e inmolaron sus cuerpos a mitad de camino
con sus ojos abiertos hacia el lecho marino.

Piedad por los que ciegos de marea y de espuma
jugaron sus destinos a una carta de bruma

sobre una cruz endeble de goma y de madera.
¡Casi toda mi patria, Señor, es hoy balsera!

Si el mar pudiera hablarnos, con qué dolor lo haría
él, que conoce a fondo la súbita agonía,

la exánime brazada y hasta el último aliento
de tantos abatidos por el agua y el viento.

Señor, Tú que compartes nuestro rojo calvario,
piedad para ese pueblo que se arroja a diario

sobre la interrogante de la negra corriente
en busca de justicia. Piedad para mi gente.

Por cada hijo tuyo malogrado y salobre,
mi virgencita linda, mi Caridad del Cobre,

piedad. Por los que lloran desde el fondo del mar...
¡porque hoy ven a los suyos con ganas de llorar!

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Monólogo de Adán

Estoy hecho de barro a tu medida,
mujer llena de olor a paraíso.
Soy el eterno Adán que un día quiso
que fueras la razón su caída.

Me me brindas juntamente vida y muerte
y como que te siento mitad mía,
tus ojos de serpiente –llama fría–
me obligan a seguirte. Eres más fuerte.

Si me percibes hoy callado y triste,
es porque intuyo el fin de la vasija
donde se quebrará mi yo maldito.

Persiste en mí el pecado, Eva y persiste
el quererte en la madre y en la hija,
bendita esclavitud por lo finito.

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Monólogo de Noé

La lluvia anega todo el universo,
dentro y fuera, la tierra y mi conciencia.
Indefinidamente en mi existencia
llueve la certidumbre del converso.
 
Tengo fe, pero floto a la deriva
y el arca de mi cuerpo se resiente
de tanta marejada. Estoy consciente
de que tal vez diluvie mientras viva.

Pero tras de lo gris intuyo un claro
despuntar del reposo al fin del viaje
donde sueño un descanso de sequía.

Y una blanca paloma será el faro
que viniendo del cielo a mi abordaje,
pintará mi arcoiris de alegría.

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Monólogo de Moisés

Gran parte de la vida es un desierto
y un abrir y cerrar de fieros mares
donde ahogamos contrarios y pesares,
desembarcos del mal en nuestro puerto.

Muchas veces la huida es necesaria,
de pronto la intuición nos dicta: –¡Ya!
y entonces descubrimos que el maná
es una fe crecida, extraordinaria.

El simún me ha hecho fuerte. El sol, de hierro.
Para mí es una gloria el arenal.
Mi Dios ni vuelve atrás ni se equivoca.

Rotundo vencedor del mal becerro,
contaré mi secreto cardinal:
¡He visto brotar agua de una roca!

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Monólogo de Judas

¡Tú siempre condenando la riqueza!
Envidio tus milagros. Yo quisiera
multiplicar el pan a tu manera
para que proclamaran mi grandeza.

Si las turbas salieran a mi paso
gritando: ¡Judas!, ¡Judas!, pero el Cristo
no vendrá humilde, manso y desprovisto
de bienes, como estampa del fracaso.

Hoy, cuando descansamos en el huerto,
me miraste de un modo sobrehumano
mientras yo meditaba en tu traición.

Y sentí miedo y luego desconcierto
cuando sin voz te oi decirme: “Hermano,
te perdono de todo corazón”.

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María

María está germinando
por dentro, su flor de carne;
mágica flor milagrosa
que es en sombras donde nace.
Han pasado nueve meses
y antes de que se haga tarde
cose paños noche y día
sin saber qué color darles.
Su andar se ha vuelto pesado
y ya no baja, como antes,
de dos en dos los peldaños
cuando se asoma a la calle.
Ahora desciende despacio
quizás porque intuye o sabe
que se ha vuelto un vaso frágil
que solo habrá de quebrarse.
Desnuda y frente al espejo
–extrañada de su imagen–
palpa curiosa sus pechos
y mide su vientre grande.
Cualquier día será el día:
su flor brotará hecha carne
y perfumará la estancia
de olor a leche y pañales.
Y una tarde,
María abrirá sus ojos
–los que sonreían antes–
para dejar de ser niña
y llorará como madre.

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Antes del alba

Tengo el alma encendida de tus últimos besos,
de las hondas caricias que forjaron mi anoche.
La luna sabe que ando vestido de guerrero
para ponerle un cerco de piel a tu horizonte.

Me obsesiona el instante de tenerte a mi lado,
de soñarte en el sueño, de soñarte despierto.
Por ti se multiplican mis ojos y mis manos
cada vez que decides refugiarte en mi pecho.

Me tienes hecho brasa y al juego de tu antojo
me prendes con un roce, me vuelves llamarada
y soy como una huerta que florece en otoño
o el niño que descubre su primera palabra.

Mírame enloquecido de andar tras de tu sombra.
Soy como un alma en pena que encuentra su descanso
tapiando las ventanas que dan hacia la aurora
para evitar que el día despida nuestro abrazo.

Ven, ven. Cerremos todo; las puertas, las salidas,
a cal y canto espanta la luz de las ventanas.
Que nada nos recuerde la noche que termina
para que nunca vea mi amor, interrumpida,
mi fiebre de tenerte desnuda antes del alba.

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Apocalipsis

Un día desperté con el silencio
prendido a la raíz de mi garganta,
desempolvé el espejo de mi encuentro
y me observé metido en una jaula.
De pronto, percibí detrás del sueño
y contemplé la vida que pasaba
con la sabiduría del regreso,
como si hubiese vuelto del mañana.
Entonces lo vi todo absurdo y hueco
y vano y vanidoso; una gran masa
de hombres enclaustrados en sus cuerpos,
de locos y de ciegos con mirada.
Vi llagas para todos los remedios
y miles de millones de palabras
y máquinas pensantes como sesos
y sesos ordenados como cajas.
Y me dispuse a hablar: brotó mi aliento
cortante como el filo de una daga.
Me acusaron de inútil y de enfermo,
de rebelde, de pieza inadaptada.
Después, pidieron ver todos mis sueños
y los catalogaron; con escuadras
midieron su tamaño en pies y en metros,
los juntaron en fardos y en manadas
y llegaron filósofos y expertos
repletos de carcoma en la palabra
para clavar mi paz en un madero,
para escupir sus miedos en mi cara.
Y entonces me alejé con el silencio
llevándome el secreto del mañana:
¿La hora? Apocalipsis menos cinco.
Quedan cinco minutos... ¡para nada!

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Ya no recuerdo cuándo

Ya no recuerdo cuándo. No recuerdo.
Sé que nació el aliento de mi alma,
cobré plena conciencia de mi cuerpo
y desperté del sueño de la nada.
Fue la mano de un dios desconocido
la que quiso dar forma a mis entrañas
y decretó que el curso de mi vida
fuese siempre de cara a la nostalgia.
Me modeló con polvo del desierto
una mañana antigua y desolada
y me quedé vagando, desde entonces,
con una sed pretérita de playas.
Así me fui, detrás de los milenios,
con una sombra triste en la mirada,
con un cansancio gris de savia lenta
que desecó las puntas de mis ramas.
Y caminé por noches y silencios,
peregriné por siglos y montañas
y descubrí el horror de ser distinto
impreso en las raíces de mi alma.
Y me acepté lejano y solitario
de toda aquella gente que pasaba
y comprendí, mirándome por dentro,
que era poeta. Y florecí en palabras.

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Mi diálogo con Dios sobre la estrella

La lucha por la estrella es vigorosa.
–¡Procuraré llegar mucho más alto!
–Reposa, hombre; reposa,
que el mundo no se deja atrás de un salto.
(La estrella sigue lejos).
–Tal vez no es tu destino el alcanzarla.
(¡Qué vívidos reflejos!)
–¿Y si me esfuerzo más para tocarla?
–¿Y si la contaminas?
¿No hay estrella en tu mano y mano en ella?
Tus manos son divinas,
pero ¡nunca me ensucies una estrella!

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Disfraces

Dios, ¿por qué me limitas a esta carne?
¡Si quisiera arrancarme por la fuerza
este sello de piel que guarda mi alma
y trasponer de un soplo mis fronteras!,
descifrar los arcanos mecanismos
del tiempo, del espacio y la existencia,
trascender la razón y los instintos,
llegar hasta el final de la creencia;
trasponer la ilusión, vivir despierto
y en total comunión con los planetas,
rodando en el sinfín de las galaxias,
y en plena comunión con las estrellas.
Pero sigo orientado hacia la noche,
cautivo dentro de un reloj de tierra
que marca solamente horas de menos
y me hace prisionero de su esfera.
¿Algún día sabré o no sabré nunca?
¿O seguirá en tinieblas mi conciencia
y viviré aguardando, eternamente,
con distintos disfraces, la respuesta?

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Sueño

Madrugada fría; para no estar solo,
para abrir los brazos a una compañía
y empezar la vida pero de otro modo,
–quizás sin mentiras–.

Luces en mi calle –calle silenciosa–
que alumbran la ruta de mi enorme sueño.
Me siento tan lejos de todas las cosas
que no tengo dueño.

Mis pasos y pasos de otro caminante
rozando el espejo sonoro del eco:
–quizás un hermano con sed de verdades
o el recuerdo seco–.

Y después, mi casa. Un rumor de gente
que no me acompaña, de risas vacías.
Y soñar de pronto, como tantas veces,
que en la madrugada de mi piel ausente
vuelves a ser mía.

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Niebla

La vida es una niebla persistente
donde toda esperanza se alucina.
La luz, que se presenta clandestina,
nos roza y se nos va implacablemente.

Entre densos jirones vagarosos
sobrevivimos miopes, casi a tientas.
A luz y sombra saco yo mis cuentas
siempre con resultados infructuosos.

He poblado ya tantas confusiones,
he habitado tortuosos laberintos
saturados de niebla tan espesa,

que amordazando mis meditaciones
me he dejado guiar por mis instintos
–La niebla también llena mi cabeza–.

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Destino

Me iré muy lejos. Alto. Allá donde las rocas
yerguen su helada mole frente al puñal del viento,
en donde las raíces se dispersan sedientas
y se retuerce el nudo del árbol corpulento.

Me buscaré en las noches de estrellas infinitas
como hicieron los ojos de los que ya se fueron
hace tantos milenios. Descargaré mis golpes
y esculpiré mi historia con similares gestos.

Algún dios solitario bajará a apadrinarme
con sus ojos pesados de velar tanto cielo;
descansaré mi cuerpo sobre la tierra virgen
y mediré en eclipses la historia de mi pueblo.

Me encontraré en los pastos que ignoran la pisada,
en la melena blanca de las cumbres sin tiempo,
en la palabra libre de paredes y sendas
que del viento se prende, que se trenza en el eco.

No quiero que me entierren con ojos de nostalgia.
Salgo a buscar un valle donde plantar mis sueños
antes de que se acaben las últimas montañas,
antes de que se quiebren los últimos silencios.

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Conyers

A María, la más dulce madre

Se pinta un arcoiris en el cielo
y danza el sol, dorando la colina.
La multitud, cansada y peregrina
implora fervorosa por consuelo.

Huele a místicas rosas, frescas, puras,
y el paso cadencioso del rosario
persiste. El cielo ahora es un sagrario
y el sol una gran hostia en las alturas.

Hay paz. Un repentino sentimiento
de contrición que escarba en mi pasado
me sugiere, al llorar, otro bautismo.

Y en un gesto que es casi un sacramento
me persigno y me siento renovado.
Gracias, Padre, por nuestro cristianismo.

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Déjame que me duerma

Déjame que me duerma en mi mentira
para poder, mañana, abrir los ojos.
Déjame que me engañe y que me diga
que sí, que soy feliz, aunque a mi modo,
 
que ensaye mi sonrisa ante el espejo
para mirar mi dicha duplicada.
No me preguntaré de dónde vengo
ni me preocuparé por el mañana.

Déjame que almidone la esperanza
con que visto la angustia de mi rostro.
Nadie descubrirá lo que me pasa
–no aprenderán su muerte poco a poco–.

Déjame. Yo sé que ellos son felices
con la simplicidad de sus razones.
Cuando amanezca, vete. He de ser libre
para llorar a solas, como un hombre.

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Poema divergente

Tu soledad madura,
mi soledad abierta.
–Donde tú estás, no quiero
y a donde voy no llegas–.
Tu soledad activa,
mi soledad despierta.
–Ni deseas tocarme
ni mi mano te espera–.
Tu soledad al frente,
mi soledad alerta.
–Somos un grueso muro,
somos una barrera–.
Tu soledad de espinas,
mi soledad de piedras.
–Ni a donde vas te sigo
ni donde estoy me encuentras–.
Tu soledad que hiere,
mi soledad que avienta.
–Reboto en tu mirada
y en mi cristal te quiebras–.
Tu soledad arisca,
mi orgullo sin cadenas.
–Si piso tu pisada
me voy por otra senda–.

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¿Quién?

¿Quién me abrirá la puerta cuando llegue?
¿Será una mano negra
o una mano de nieve?
¿Iré a un campo de sal con flores secas
en la perpetua sombra
o tendré el privilegio de la llama
del triunfo y la corona?
¿Habrá una puerta ancha?
¿Quizá una puerta estrecha?
¿Será la pesadilla
o estrenaré conciencia?
¿Al final, cuál será mi eterno ahora?
¿Me sumaré a la muerte como muerto...
o lograré evadirme hacia la gloria?

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Me llamas en el viento

Amiga, cuando quieras me llamas en el viento
porque tú y yo nacimos para estar a distancia.
Mi soledad no espera milagros venideros
y mi silencio bulle cargado de nostalgias.

Como el agua del río socava el cauce abierto
a veces en el pecho se me abren hondas zanjas,
profundas cicatrices de tantos sentimientos
que dejan una pátina de ausencia en mis entrañas.

Encuentro mi consuelo deshilvanando el sueño
y voy, sueño por sueño, cañada tras cañada,
pastor incomprendido de un hato de silencios
con una sed perdida de amor en la mirada.

Hoy, para acompañarme, desvelo tu recuerdo,
en esta noche hiriente regresas a mi casa
y más allá del ansia que inquieta nuestros cuerpos
te posas en mi frente con invisibles alas.

Tú sabes de la pena que no nos merecemos,
que arrasa nuestro pecho como una llamarada,
de este quererlo todo, de este mirar tan lejos
sin que jamás podamos trenzar nuestras dos ansias.

Tú tienes la sonrisa que aplaca el desconsuelo
y sabes del consuelo para la mano hermana.
Por eso, aunque es de noche, velando tu recuerdo,
recuerdo que tú eres mi amiga, y mi nostalgia
madura en los trigales cansados de mi verso
para que cuando quieras, comas del pan de mi alma.

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Pancha

Pancha, deme un motivo para seguir viviendo;
asómese a la puerta que da hacia el olivar.
No sé por qué no aprendo
caminos que me lleven hacia el mar.

Repítame aquel cuento del bienaventurado
que cosechó increíbles manzanas de oro puro.
La espero del pasado
sentado, como siempre, en este muro.

Téjame un chalequito para toda la vida
que me vestiré el alma con él, al despertar.
Ocupe como antaño su silla preferida.
No se quede dormida,
ni así, muerta,
que la tengo que volver a besar.

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Poema en cuatro colores

Quiero leerte este poema negro
escrito con diez burdas puñaladas
con el puñal por dentro de mi pecho,
tallándome tu nombre en las entrañas.

Quiero leerte este poema rojo
fraguado con deseo incandescente,
que abrasa hasta el papel cuando lo anoto
de tanto consentir lo que consiente.

Quiero leerte este poema verde
que encierra la frescura de una selva
donde somos dos fieras que se pierden
para que la lujuria las envuelva.

Y por si fuera poco, aquí lo dejo
pintado con mi sangre en tu barranco:
bendita celadora de mi cuerpo,
para ti escribo este poema blanco.

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Súplica

Amiga, ven despacio y arrúllame esta noche
y puéblame de besos y acéptame en voz baja
hasta que el alba venza mis párpados insomnes
y en mi garganta agosten mis brotes de palabras.

Amiga, con tus dedos despeja de mi frente
la sombra de este antiguo temor que se me arrima:
a veces pierdo el hilo de Dios y, de repente,
me asusta imaginarme que una súbita muerte
consiga arrebatarme mi estrella preferida.

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Posesión

Soy dueño de una clave esplendorosa:
empiezo donde acabo y no termino
como apéndice, al fin, de lo divino.
Muero en vida y renazco de una fosa.

Ya fui, soy y seré lo que Dios quiera
hasta mi solución definitiva
y viviré cual muerto mientras viva
de este lado fatal de la frontera.

Habito en una calle de amargura
donde mi corazón, lleno de espinos,
ahonda su raíz en el calvario.

Y prosigo luchando a mi estatura:
escrutando regiones y caminos
que hacia la luz me acercan a diario.

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Lobos

Sobre tu piel de oveja sacio mi hambre de lobo.
Te busco, te persigo, te acorralo, te robo.

Con limpias dentelladas devoro tu pellejo:
me apodero de todo, pero luego lo dejo.

Ya el bosque no me llama. Permanezco a tu acecho
y bajo el plenilunio perenne de tu techo

desato mi carnívora hombría en lucha fiera.
Tu olor de mansa oveja, mujer, me desespera.

Rodamos por un suelo de mil amaneceres
–fuiste un día la oveja, pero ya no lo eres–.

Tú y yo nada tenemos que ver con la manada.
Tu vientre es mi refugio de cada madrugada.

Guiado por el sexto sentido de mi instinto
te venzo en un ataque cada noche distinto.

Tu cama está impregnada de un fuerte olor a cueva
donde locos, se pierden mi Adán sobre tu Eva.

Fuiste un día la oveja, pero ya no. Tus ojos
de tanto ver los míos se han vuelto también rojos.

Si no me crees, el agua te servirá de espejo:
en mis propias pupilas observa tu reflejo

y bajo el plenilunio del techo de tu alcoba
verás como esta noche te vuelves una loba.

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Reflejos

Hombre,
olvida cada nombre
que le has puesto a las cosas:
Juan no es Juan, ni Dios, Dios, ni hay mariposas.

Todo es lo que es cuando te callas
y entierras la palabra –que es reflejo–.
Con palabras destejo y entretejo
mi mundo y la ilusión donde te hallas.
 
Cercena la palabra y ve a la vida,
no permitas que el símbolo te asombre.
Hombre,
para encontrar la puerta de salida,
¿deberás poner nombre a cada herida
o aprender del silencio en el espejo?

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Sobreviviente

Soy el sobreviviente de mi propio naufragio
que en inhóspitos mares consumó su bautismo.
He logrado encontrarme, salvándome a mí mismo,
de un oráculo negro, de un siniestro presagio.

Ya puedo transmutarme, cambiar mi plomo en oro.
En declarada guerra contra estériles fosas,
soy el hombre que triunfa sobre todas las cosas
con la fe de un gigante –mi secreto tesoro–.

Como un sello de vida llevo a Dios en la frente
estampado en los pliegues de mi humana conciencia
en donde cada efecto delata una evidencia
de causas que proceden desde el Omnipotente.

En mis hombros se fraguan una promesa de alas,
honda metamorfosis para un mañana claro
donde a la luz perpetua se vivirá al amparo
de la estéril idea, de las nefastas galas.

Dios, Dios, Dios es la gota que mana de la fuente
del alma que no aguarda victorias terrenales.
Por sobre mis baldías pasiones animales
me intuyo en un espejo de luz resplandeciente.

Velando, hago pedazos esta inercia rotunda
que, casi inexorable, me grava a lo finito.
¡Dios!, ¡Dios!, ¡Dios!, es la clave del indómito grito
con que impido que, en vano, mi humanidad se hunda.

Transfigurado vivo como Cristo en el monte,
con una zarza ardiendo sin fin dentro del pecho
y la vida al costado y la muerte al acecho
pero con la mirada puesta en el horizonte.

También guardo una estrella que marca el nacimiento
glorioso en el establo de mi más pura idea.
El Dios que vivifica mi interna Galilea
dispone de mi barca con agradecimiento.

Soy un sobreviviente de la sombra proscrita
que aprendió del mañana viendo el mundo a trasluz
y hoy, silente y humilde, voy cargando mi cruz
por los predios de mi alma convertida en ermita.

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Centinela

Si pudiera teñir con sangre el día,
la hora, el minuto y el segundo
en que a golpes de terca lejanía
destrozaste la cuerda de mi mundo,

hacer retroceder el calendario
–trescientas madrugadas en desvelo–
y traerte a mi nuevo itinerario
para desempolvar mi desconsuelo...

me apresaría, amor, amada, amante,
como un viento fatal contra tu vela
hasta inmovilizar tu embarcación.

Y quebrando sin culpa tu sextante,
te pondría después por centinela,
ancla y rumbo a mi propio corazón.

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No me busquéis

No me busquéis en todas mis palabras,
no me busquéis en todos mis encuentros
que no surjo de mis contradicciones
ni del posible error de cuanto expreso.

No me busquéis en vuestras concepciones,
no; yo no soy aquel, soy un reflejo
igual que las estrellas de un estanque
son sólo el duplicado de sus fuegos.

Buscadme en las entrañas de la ausencia,
bajo la soledad, rumbo al silencio,
en las cenizas blancas y candentes
de lo que está quemando su momento;

detrás de la razón preconcebida,
detrás de la pasión por lo terreno,
donde vuestras potencias no conciban
por qué puedo confiar en lo que espero.

Buscadme donde no entendáis a fondo
el extraño egoísmo de ser bueno.
Si ahí no estoy, buscadme en lo lejano
que Dios está muy lejos y aún hay trecho.

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Enfermo

Estoy enfermo. Gravemente enfermo.
Enfermo de palabras en la frente,
de tinta acumulada entre los dedos,
de enquistadas cuartillas en mis sienes.

Enfermo y sin remedio. Cada noche
batallo con la fiebre que me agota.
Microbios de papel me sobrecogen,
dificultan mi sangre y la emborronan.

Pero nada detiene y nunca cesa
el mal que me acorrala y que me obliga.
Y enfermo de distancias y de esperas
estoy contra la vida y con la vida.

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Paredón

Como Tony me lo contó

Se quiebra la madrugada
con un chirrido de goznes
oxidados. Una celda
ha sido abierta. Rumores.
Hace un calor aplastante
de trópico y el mar rompe
contra los muros del puerto.
Silencio. Los presos oyen.
Doscientos ojos hundidos
se comunican, insomnes.
El tiempo se ha detenido
para todos los relojes
que marcan vida en el pecho
de los que temen sus nombres.
Dos guardias de verde olivo
con barba espesa, recogen
a un joven tieso de miedo
del suelo. La una y once.
–¡Arriba, gusano! –Y luego
gravita un gemir sin voces
mientras clausuran la jaula
al ruido de sordos golpes.
Un hedor insoportable
emana de los rincones
infestados de excremento
donde el terror se corrompe.
Las pisadas de los guardias
martillan los corredores.
Hay manos que oprimen manos;
manos que oprimen barrotes;
hay ojos que miran ojos
y ojos cerrados, que oyen.
Del patio proceden ruidos,
gritos, atronantes órdenes.
Alguien manda: –¡Carguen armas!
Después, lanza imprecaciones.
Unos piensan en la madre,
otros en el horizonte.
El viento pasa silbando
por sobre los paredones.
Se escucha un chasquear de rifles.
–¡Apunten! –dicta otra orden.
Rezos. Y al instante gritan:
–¡Fuego! –y diez repercusiones
se amplifican en cien ecos
que apagan las oraciones.
La sangre no fluye y pesa
en los cuerpos, como en odres.
Manos abiertas y yertas
resbalan por los barrotes.
Traen una sombra encorvada:
los guardias vuelven al joven
a su celda. Ya no piensa,
ya no siente, no responde
–las salvas de los fusiles
matan por adentro al hombre–
y un miliciano le dice:
–Hoy no. ¡Mañana te rompen!
¡Y ustedes! –grita a los otros
vomitando sus rencores–
¡a dormir, que uno por uno
caerá cuando le toque!
Murmullos. Los presos sudan.
La Habana. Larga es la noche.

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Quisiera

Quisiera, por un día, ser un hombre sencillo,
carente de estas sombras que oscurecen mis manos,
que mis ojos perdieran su matiz amarillo
de insomnes reincidentes, de anémicos cristianos.

Quisiera, en un derroche de luz, saberlo todo,
llenar de agua divina mi más profunda fosa
y sacudirme el lastre de este efímero lodo
como el que se libera de una trampa angustiosa.
 
Quisiera, sí, que un día, rebelde a su mutismo,
por fin mi Dios dictara la voz que me completa
y sin interrogantes, dejar de ser yo mismo,
esta caricatura de infiel anacoreta.

Quisiera, pero en vano. Quisiera. tantas cosas...
como desentenderme de todas mis espinas
–lo que nunca han logrado ni siquiera las rosas–
y desgarrar el velo de cuantas nebulosas
me impiden que amanezca con manos cristalinas.

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