JORGE ANTONIO DORE

Nace en Cuba el 13 de junio de 1949 y deja la isla en 1961 para radicar en Barcelona, España. Allí cursa estudios de pintura y diseño gráfico. A los 18 años hace sus primeras incursiones en el mundo de la poesía, que cala hondamente en su alma. Continúa escribiendo. Tertulias poéticas y reuniones de escritores lo ayudan a definir estilo y rumbo en su obra. En 1974 abandona España y marcha a los Estados Unidos y se establece en Miami, Florida, ciudad donde actualmente radica. Dos años después decide concursar por primera vez en un certamen literario internacional, convocado por la Asociación de Críticos y Comentaristas de Arte (ACCA) y obtiene el primer premio de poesía “José María Heredia” por su libro “Recuerdos Náufragos”. Posteriormente publica su libro “Piel Adentro”.

Indice
Veredicto
Necesítame
Pecado
De los montes a los montes
Tu paz
Distancia
Quiero sentirme anclado
Leyenda cubana
Momento
Se puede perder a Dios
Te pareces al viento
Fecundidad
Encuentro
Marea
Quiero
Despido
Nuestra empresa
Ancestro
Laberinto
Camino
Sabiduría
Al regreso
Para siempre
Identidad
Yo soy tu rama verde
España
Viajero
Invierno
Condena
Ritual
Deja
Pasos
Mírame sonreír frente a la vida
Génesis
Si algún día te vas
Chris
Vanessa
Espera
Al mar

 

 

Veredicto

Ajeno al veredicto, el hijo duerme,
duerme en cuna de agua en paz profunda
mientras su madre se acaricia el vientre
dudando si volverse nido o tumba.

Inquieta, suma, resta y delibera
–jurado y juez a un tiempo– sin testigos
que puedan defender esa inocencia
que crece en sus entrañas como niño.

No. Tal vez no dé a luz y le encomiende
su flor a un jardinero sin conciencia
que arrancará del surco su simiente
como quien se deshace de una piedra.

Quizás esas pupilas diminutas
no estrenen claridades del mañana
ni observen el entorno de la cuna
donde el amor se viste de esperanza;

quizás esos pequeños pies no lleguen
a intentar horizontes, y esas manos
hambrientas de caricias, nunca entierren
su peso en el refugio de un regazo.

Acaso queden frases nunca dichas
por labios que aún se deben perfilar,
y esa frente que hoy se abre hacia la vida
se eclipse antes del acto de pensar.

La madre saca cuentas. Duerme el niño;
duerme en sombras. Confiado. Y duerme en paz
ajeno al decisivo veredicto
de portazo de sangre... o de hijo,
de futura persona... o de final.

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Necesítame

Necesítame. Tú eres lo mejor que yo tengo
y eres también el único puente a mi distancia.
Nadie más ha logrado descubrir el secreto
–la palabra bendita– con que se abre mi alma.

Necesítame. Dime que soy imprescindible,
que el aire que respiras te llega de mi boca.
Hagámonos un nudo ceñido e irrompible
que resista ante todas las palabras que cortan.

Sabes que a tu regreso mi esperanza revive
como la lluvia cambia la suerte del desierto.
No quiero que tu lucha por labrarme termine
porque mis flores sólo perfuman en tus dedos.
 
Necesítame siempre. Y, anclada en mi destino,
serás la buena sombra de luz que me acompañe
hasta que mi simiente florezca en ti, en el hijo
que juntará por siempre tu carne con mi carne.

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Pecado

Maldigo este pecado en que persisto.
Lo sabes porque guardas la evidencia
y has visto el mal color de mi conciencia.
He vuelto a defraudarte, Jesucristo.

Por eso aquí, a la luz de tu sagrario,
confieso mi papel de mal hermano,
de débil enchapado de cristiano,
de cuenta malograda en tu rosario.

Rescátame aunque insista en mis caídas
y báñame en la paz que no merezco
después de tu bendita absolución.

Jesús, por el valor de tus heridas,
injértame a tu cruz. Y si no crezco...
¡no vuelvas a tenerme compasión!

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De los montes a los montes

De los montes a los montes,
no del monte a la pradera.
Mi alma es alta porque espera
y altos son sus horizontes.

De otros ríos a los míos
no de mis ríos al mar,
que antes de desembocar
he de ser todos los ríos.

De las manos a las manos,
el hombre nace del hombre.
Mi nombre en el mismo nombre
de los dolores humanos.

De los montes a los montes,
de mis ríos a otros ríos,
de las manos a las manos.
Yo voy soñando horizontes
y cauces que no son míos
para tener más hermanos.

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Tu paz

Tu paz es suave brisa que mueve las cortinas
del cuarto en que conservo mis preciados recuerdos.
Tu paz tiene el sencillo calor de la cocina
o de la chimenea prendida en el invierno.

Tu paz es el aroma de la hogaza caliente
sobre el mantel que guardo para el día de fiesta,
es como la frescura de la lluvia reciente
o un toque de nudillos amigos en mi puerta.

Tu paz. Tu paz lo es todo. Tu paz crece a mi paso
como se multiplican tus panes y tus peces.
Y es total certidumbre del bendito regalo
con el que Tú restauras mi vida en el presente.

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Distancia

Se ha hecho viernes en jueves nuevamente.
El golpe de la ausencia se adelanta.
Llueve. El día es gris y se agiganta
la noche prematura hacia poniente.

Esta semana tiene un día menos,
que es uno más para cualquier agenda.
Así mutilas parte de mi senda
donde me acuestas sin los brazos llenos.

Te vas antes del tiempo prometido
en aquel juramento que no hiciste
desajustando nuestro escaso horario.

Y amenazado por tu medio olvido,
regreso a mi reducto de hombre triste
hasta que te devuelva el calendario.

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Quiero sentirme anclado

Quiero sentirme anclado tomándote las manos
como un barco musgoso condenado al olvido
en un renunciamiento de parajes lejanos,
mujer, obseso sueño de náufrago vencido.

Quiero sentirme anclado, sentirme como muerto,
inútil en mí mismo como un mástil desnudo,
con la paz del marino que al fin arribó al puerto,
con el retorcimiento positivo del nudo.

Más allá del motivo que me vuelve distante
quiero todo tu peso crujiendo en mis bodegas;
constelación naciente de mi propio sextante,
reflujo de silencios, mar de caricias ciegas.

Aburrido de largos e irreversibles viajes,
definitivamente quemo mis mapas vanos.
¡Qué cansancio tan grande de adioses y equipajes!
Quiero sentirme anclado tomándote las manos.

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Leyenda cubana

Hay un reino misterioso
en el fondo de las aguas
que va desde La Florida
hasta la costa cubana.
En él no existen palacios
suntuosos, ni reinas, ni hadas,
ni magníficos salones
llenos de cuadros y estatuas,
sino añoranza. Es un mundo
habitado por las almas
de quienes nunca alcanzaron
la libertad anhelada;
y está lleno de recuerdos
pues con residuos de balsas
se han hecho una ciudad libre
que han decorado con algas.
De sal pintan sus paredes
y para atenuar nostalgias,
como no hay palmas reales
siembran anémonas blancas.
Un valle de Yumurí1
hecho de arena ondulada
finaliza en el Turquino2
de un rojo coral. Sin pausa
diligentes caballitos
de mar burlan la resaca
y regresan con noticias
de tierra firme, y en manchas
pececillos tricolores
igual que banderas patrias
nadan muy cerca de estrellas
–casi siempre solitarias–.
Nocturnas fosforescencias
que evocan noches cubanas
crean suspiros que ascienden
como burbujas plateadas.
¡Cómo añoran, Dios su isla
estos seres que, a distancia,
aguardan su merecida
redención: volver a casa!
Regresarán. Ellos saben
que una inmensa marejada
de libertad repentina
los arrancará del agua
y arrastrados en la espuma
de las olas, como larga
procesión, el mar y el viento
los devolverá a sus playas.
Porque un nuevo sol naciente
sobre Cuba liberada
hará al fin que, por justicia,
salgan a flote estas almas.

1-El más famoso valle de Cuba
2-Monte más alto de Cuba

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Momento

Tengo la luna llena prendida en mi ventana,
en mi ventana abierta hacia la noche
donde mis ojos buscan detrás de las galaxias
misterios más profundos que las constelaciones.

Mi cama está tendida con una sobrecama
de colores alegres. El cuarto recogido.
La humilde biblioteca va añejando palabras
en su mosto de ciencias y novelas: mis libros.

Un cenicero tosco para el nocturno amigo
que alguna madrugada se acerca a visitarme
y un reloj con el tiempo detenido
a causa de la artritis que afecta su engranaje.

Mis zapatos de fiesta.
Después las zapatillas, que son los que más quiero.
Mis botas de montaña remendadas y viejas
pero sabias de cumbres, de valles y senderos.

Mi armario, el buen armario de madera amarilla
donde guardo los trajes que desecho y los otros.
La chaqueta azul claro con que nadie me mira
y luego la cruzada que no miran tampoco.

La puerta y nuevamente la cama y la ventana.
La luna se refugia detrás de un edificio.
Y sin pedir permiso, la soledad me abraza
sentado ante mis cosas con disfraz de domingo.

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Se puede perder a Dios

Se puede perder a Dios
como se viola un secreto
que debió de mantenerse
crucificado al silencio.
Se puede perder a Dios
como se aleja un recuerdo
sin que nos tiemble la mano
que nos rige el sentimiento.
Se puede perder a Dios
como se disipa un sueño
del que sólo conservamos
un residuo turbulento;
como se pierde el camino
que nos lleva de regreso,
como se pierde una apuesta
cuando el destino es adverso.
Se puede perder a Dios
con un solo pensamiento.
Padre todopoderoso,
perdóname cuanto pienso.

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Te pareces al viento

Te pareces al viento mujer desconcertante,
te pareces al viento porque no tienes casa,
porque cuanto más quiero tenerte y apresarte
más sigilosamente tú me eludes y pasas.
Te pareces al viento porque buscas mis dedos
pero si cierro el puño te me vas de la mano
y tu fuerza dirige las aspas de mis sueños,
sueños de versos tristes sobre papeles blancos.
Eres fuerte y lo sabes. Sabes que a tu llegada
todas mis pertenencias se riegan a tu antojo
el tiempo que requieres para entibiar mi almohada
y luego retirarte, silenciosa, de pronto.
Mujer desconcertante que escapas de mis brazos,
todo lo que en ti pongo lo arrastras y lo pierdo.
Pero siempre regresas porque sabes que aguardo
resignado a tu modo de parecerte al viento.

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Fecundidad

Para ti mi cosecha está madura.
Ven a mi mundo pródigo de espigas
y siega de mis campos cuanto quieras
hasta que hayas llenado tu medida.
Es mi tiempo fecundo. Ven, te invito
a que recorras toda la campiña
que te tengo una sombra bien dispuesta
para que te acomodes, campesina.
Manosea los frutos de mis huertos.
Hurga pozos. Desnuda entre las viñas,
sumérgete en racimos y sarmientos
que yo iré a vendimiarte al otro día;
y en el lagar de nuestro lecho blanco
–pero rojos los dos por la vendimia–
al estrechar mi cuerpo contra el tuyo
lograremos tal mosto de caricias
que haremos fermentar jugosos besos
y estallarán racimos de alegría.
No habrá vino más dulce que el buen vino
que tú y yo cataremos en vigilia.
Para ti mi cosecha está madura.
Campesina, no faltes a mi cita.
Pongo mi corazón sobre la mesa
y quiero que lo aceptes de vasija.
que en él, tras de brindar, pienso beberme
hasta el último sorbo de tu vida.

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Encuentro

Refugio del Sáltor.
19 de abriI de 1973, Gerona, España.

Muere la tarde, silenciosa,
como un bostezo gigantesco
de estrellas altas y amapolas
sobre los campos verdinegros.
Corre un rumor de arroyo oscuro,
de agua teñida por la noche
que va filtrándose en los surcos
y deshaciendo los terrones.
El viento silba su caricia
contra las piedras y las ramas
y va aquietándose la vida
como dormida, abandonada...
Se hace el olvido y nadie añora,
nadie precisa la palabra.
La paz reclama y es la hora
de abrir las puertas de las almas.
Luego, el paisaje nos absorbe,
traspasa nuestra piel cansada
y somos monte con los montes
y tierra y agua con las aguas.
El cuerpo ya no vale tanto
como para imponer distancias.
¿Quién no desecha su pasado
para encontrarse en la llamada?
Es El quien llama. Es el. Silencio.
La madrugada llega fría.
Vamos camino de regreso
pero en silencio, altos por dentro.
Contando estrellas desde arriba.

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Marea

Siempre regreso a Dios con la marea.
Cansado de este incierto cabotaje,
de pronto se me vuelve absurdo el viaje
y decido pedirle que me vea.

Y recalo en un puerto de agua viva
cuya ruta conozco desde niño
para tender mi red, y con cariño,
alguien me la remienda desde arriba.

Allí, en la pleamar de mi conciencia,
descanso de mi ancla y de mis velas
pues dejo en buenas manos mi timón.

Y al fin, calafateada mi inocencia,
me vuelvo a complicar con mis estelas
porque no aprendo a izar mi corazón.

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Quiero

Quiero vivir contigo cuanto tengo de vida,
todo el tiempo que duren mis pasos en la tierra,
amarte hasta el instante de mi última partida
con la misma esperanza con que hoy te abro mi puerta.
 
Quiero que andemos siempre por los mismos caminos,
que acompañes mi cuerpo, que compartas mi casa
y llenes la medida de este antiguo vacío
que amenaza mis manos con su inmensa distancia.
 
Quiero quererte tanto como yo mismo ignoro,
como yo no sospecho todavía siquiera,
refugiarme en tu carne como un náufrago loco
que despierta en la playa después de la tormenta.

Ven a ordenar mi casa, ven a regar el huerto
donde nunca he logrado que mis sueños florezcan.
Pasa. Ocupa mi cuarto. La mitad de mi lecho.
Quiero que seas mi amante. Que seas mi compañera.

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Despido

A Miguel Palomino Vidal. Cubano, guitarrista y poeta.
Amigo de tantas noches de vino y soledad.
Soñador de un mundo más alto.
In memoriam.

Miguel, amigo cansado
de soledades y sueños,
¿por qué te has ido tan pronto?,
¿por qué has matado tu tiempo
sin avisarnos, sin cantos
sin palabras y sin versos?
¿Qué soledad desbocada
te arrastró hacia el desespero?
Sólo sé que era de noche
cuando dejaste tu cuerpo,
que había estrellas muy blancas
y Dios se hallaba muy lejos;
que una sombra negra y larga
se te posó, como un cuervo,
sobre el hombro de la vida
y la seguiste en silencio.
Y nos dejaste sin canto
porque tu canto está muerto
y no hay voz que lo repita
ni voz que diga tus versos.
Hoy tu guitarra se cansa
de ser madera sin sueños,
de ser silencio dolido
sin caricias de tus dedos.
Ya nos faltan tu palabra,
tu inquietud y tu desvelo,
tu sed de Dios y de altura,
de verdades y de encuentros.
Miguel, amigo cansado,
¿por qué te has ido en secreto?
Dinos si hay una sonrisa
detrás de este mundo nuestro,
si hallaste el camino limpio
para ser libre por dentro;
si allá la angustia no ronda,
si la soledad no es peso.
Miguel, amigo cansado
que me duele en el recuerdo.
La otra noche las estrellas
te llamaron a su encuentro
y tú te fuiste a buscarlas
para ser su compañero.

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Nuestra empresa

En cierto lugar
–por fortuna ya inexistente–
y de cuyo nombre no quiero acordarme...

–Sí señor, es pecado, ¡un gran pecado
tener cierto talento en esta empresa!
¿Sin carné de mediocre? ¡Fastidiado!
Primero he de vaciarle la cabeza.
Verá, el sistema es simple: si obedece
y se abstiene de dar sus opiniones
por ejemplo, no diga: “Me parece...”
ni: “Yo creo...”, en las pocas revisiones
de sueldo, lo tendremos muy en cuenta.
No debe demostrar lo que usted sabe
para que nuestra empresa esté contenta.
Si es más que los demás, aquí no cabe.
Actúe como sombra. La luz propia
sólo es digna de los ejecutivos.
Nunca origine nada. Sea una copia
de su jefe –mas claro– con estribos.
En cada interminable conferencia
–seis o siete que al día se dispongan
para adular el “YO” de la gerencia–
acate cualquier pauta que propongan.
Y elogie en voz bien alta. En resumen,
si piensa llegar lejos, siempre asienta
a cualquier cretinez que el buen cacumen
de su jefe decida. ¿Se da cuenta?
Así vamos creciendo. Este edificio
lo hicimos de esa forma. El talento
es más que peligroso, ¡es casi un vicio
que deberá aplastar sin sentimiento!
¿Acepta? ¡Bien! Aquí tiene su yugo.
De ahora en adelante esté dispuesto
a traerme el café, la leche, el jugo...
¡y verá que jamás pierde su puesto!

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Ancestro

Mi carne se rebela con ancestros remotos.
–yo he vivido esto antes, yo he vivido esto antes–.
No sé dónde he nacido ya otra vez, de otro modo,
ni con qué gente extraña sobre qué inmensidades.

De repente me siento casi ajeno a mi cuerpo,
como si mis recuerdos se hubieran duplicado
y volvieran en otra persona de lo lejos
quebrando las barreras impuestas por lo humano.

Intuyo cumbres altas y noches consteladas
con zodíacos lentos de signos diferentes,
monolíticos bloques inscriptos y murallas
erguidos bajo el cielo de un páramo candente.

Como un garfio en la sangre me reclama el pasado
cuando los dioses fieros, rechinando sus muelas,
sembraban terremotos desde los mundos altos,
dictaban sacrificios, requerían cosechas.

No sé en qué antiguo libro se ha dormido en secreto
la historia de mis cumbres, quizás, o de mis llanos.
Yo he vivido esto antes en la piel de otro cuerpo.
¿En qué piedra ciclópea perpetué mi trabajo?

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Laberinto

Dios cambia de color sin previo aviso.
Se ha vuelto negro en medio de mi viaje
tallando en laberinto mi paisaje
y nunca entenderé por qué lo hizo.

Esta es la enredadera de la vida
que asciende, dando paso a espina y nudo.
En medio de la noche estoy desnudo
golpeando contra puertas de salida.

Dios cambia de color y nadie sabe
cuánto perdurará su dios oscuro
–el mío me ensombrece ya por años–.

Quizás antes que el tiempo se me acabe
regrese mi dios blanco y quiebre el muro
donde he pintado tantos desengaños.

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Camino

La aldea se ve a lo lejos
por entre los matorrales
como un reguero de espejos
sobre el río hecho cristales.
Voy cuesta abajo, camino
de la puerta de tu casa.
Seré más que tu vecino
cuando al fin me digas: “Pasa”.
Bordeando el sendero, el pasto
salpicado de rocío.
–Con mi esperanza me basto
para entibiar cualquier frío–.
Mi alegría, hecha silbido,
se espeja en un eco claro.
–Me está llamando un olvido
pero esta vez no me paro–.
Piedras. El camino muere
para dar paso a la aldea.
–Contaré que alguien me quiere
sin que nadie me lo crea–.
La primera luz se enciende
bajo la primera estrella.
–Tengo un fuego que me prende
y una frase que me sella–.
Detrás, el bosque y la cumbre.
Delante de mí, tu hogar.
–Y para que Dios me alumbre
me persigno antes de entrar–.

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Sabiduría

Esta alegría llena las horas de mi vida,
deseca mis antiguos resabios de tristeza
y es una rama verde de esperanza florida
que me cubre de rosas cuando el año bosteza.

Y hace que yo no mire la marcha cotidiana
como un naufragio amargo, sino como un camino
en el que a cada paso se me abre otra ventana
que mira hacia el misterio perpetuo: lo divino.

Y así, a nada le temo, ya que cualquier congoja
que pasa por mi puerta, es sólo pasajera;
si muere una esperanza me renace otra hoja
porque en mi huerto toda la vida es primavera.

Y es que nada me importa tanto como las cosas
que hacen crecer por dentro, que hacen ganar altura,
porque no me conformo con prácticas piadosas
ni reniego del surco cuando la tierra es dura.

Porque soy peregrino y me inclino hacia adentro
pues lo que soy por fuera, mi cuerpo, mi equipaje,
dura tan sólo el tiempo de realizar mi encuentro,
el plazo concedido para cumplir mi viaje.

Por eso llevo puesto mi traje de alegrías,
porque sé que no acabo donde empieza mi muerte
y que si hoy peregrino con las manos vacías
como a quien no le importan sun horas ni sus días,
es porque mi riqueza vendrá cuando despierte.

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Al regreso

A José Manuel Fuenmayor.
por los caminos que hemos
recorrido juntos.

José Manuel, buen amigo
de cumbres y de llanuras,
mira cómo ondea el trigo
sobre las tierras maduras.
 
El viento embiste tu flanco
con su puñal de caricias.
Con paso ligero inicias
la inmensidad del barranco.
 
Zarzas, romero, tomillo...
plenitud para tu agenda
y un crepúsculo amarillo
siempre al final de la senda.

Tu tierra, ¿cuál es tu tierra?
Pesadumbre del regreso.
Por entre el follaje espeso
la silueta de la sierra.

Oscuridad del camino.
La paz ha vuelto a su cauce
y tú te quedas sin sauce,
sin algarrobo y sin pino.

–Un día tendré una casa...
El tren. Casi la ciudad.
Cansancio. Gente que pasa.
Ya de vuelta. Soledad.

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Para siempre

Me voy con una triste sensación de vacío
aunque no tengo nada que me impida marcharme,
ni una casa, ni un hijo, ni un trabajo al que atarme,
nada que justifique mi almanaque baldío.

No sé si al irme, el llanto se hará vidrio en mis ojos.
Quizá ni me dé vuelta para ver lo que dejo.
Mañana seré el mismo frente a un distinto espejo
buscando, entre otras llaves, la que abra mis cerrojos.
 
Pero algo se me queda tras el avión y el tren,
tras las sórdidas casas de esta antigua barriada,
y esta agónica tarde y esta calle mojada
porque si tú pudieras, te pediría: –¡Ven!

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Identidad

Por una estrecha calle
de balcones moteados con cientos de geranios
se escuchan unos pasos cuando muere la tarde
que van hacia la orilla de un muelle solitario.

Y allí, bajo la nube de gaviotas del norte,
junto al casco de un barco que arrinconó el olvido,
una mujer recuerda, mirando al horizonte,
a un amor que no ha vuelto. Y sé que siente frío.

Es tibia la mañana. Aquí siempre es verano.
Sentado en una playa –espuma, luz, silencio–
un hombre muy cansado de sentirse lejano
se angustia en su presidio de arenas y de vientos.

Mira al mar como en busca de un secreto milagro
que a través de las olas lo traslade a otra parte
y cada día acaba con los brazos cansados
como si con sus brazos sostuviera la tarde.

A diario sucede. En un muelle vacío
y en una playa sola –mar, distancia y recuerdos–
se encuentran dos dolores idénticos: el mío
y el de la mujer triste que allá en un puerto frío
me dijo: “Aquí te espero”.

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Yo soy tu rama verde

Yo soy tu rama verde porque tú eres mi surco.
Soy tuyo porque nada fuera de ti me llena,
porque todas las cosas tienen su propio mundo
y mi huraña semilla se fecunda en tu tierra.

Tú tienes la medida del viento que me impulsa
y siempre me diriges con rumbo a tu salida.
Sediento peregrino detrás de tantas dudas,
eres el agua viva de mi sed infinita.

Ya renuncié al camino por el que no he pasado
yo, soñador de miles de adioses y de sendas.
No quiero más senderos que abrir en solitario;
ven, desandemos juntos la vida que nos queda.

Mi libertad completa se escribe con tu nombre
porque tu nombre encierra la paz que me libera.
Mujer, sumisa diosa que siempre me respondes,
yo soy tu rama verde porque tú eres mi tierra.

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España

Fatal, contradictoria, alegre y triste,
que me has hecho a la sombra de tu suerte,
si averiguo, por fin, que Dios existe
le pediré poder volver a verte.

No sé qué vegetal y extraño instinto
provoca que me duelan tus raíces
cada vez que el recuerdo en que te pinto
me revela tus viejas cicatrices.

España, intermitente en mi mirada,
fiel a cada segundo de mi hora,
que me robas y das la mejor parte,

si pudiera vencer mi madrugada
correría a tus brazos sin demora
como un hijo, cansado de soñarte.

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Viajero

He recorrido tanto
que confundo los nombres
de países, de calles,
de mujeres sin hombres.
Tengo un brazo más largo
de cargar las maletas
–¿o será que me inclino?–
y miles de etiquetas
pegadas al recuerdo
después de cada aduana:
Madrid, Hong Kong, Marsella,
–¡qué rutina!– La Habana...
Podría hacer un plano
de cuantos urinarios
hay en los aeropuertos
del mundo. Otros horarios,
costumbres diferentes...
pero las actuaciones
del hombre se repiten
en todos los rincones:
–Señora, usted primero.
–la invito–. ¿Ya me ama?
Entonces, ¿qué esperamos?
–nos vamos a la cama–.
–Señor, ¿no me soporta?
–sonrisa– ¡Yo lo hundo!
¿Quién le otorgo el derecho
de despreciar mi mundo?
Siempre es igual el viaje:
Monótono. –¡Qué frío!–.
Propina. –Su equipaje.
–¿Me muestra su pasaje?
–Sí. Viajo hacia el hastío.

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Invierno

Ha llegado el invierno. La mañana
palpa mi rostro con sus manos frías.
Pasan lentas las noches, y los días
trdan mucho en llegar a mi ventana.

Al caminar, me quiebro en los reflejos
del hielo que se agrieta a mi pisada.
Tú ya no estás. Tu puerta está cerrada.
Los trenes cosen nieve allá a lo lejos.

Termino de cruzar el viejo puente.
Ha llegado el invierno. No el olvido.
Y es que nunca nunca me he dado por vencido.
Y es que me niego a declararte ausente.

Invierno. Soledad. Melancolía.
En el pueblo bosteza una campana.
Tristeza de hojas muertas. La mañana
tiene un sutil dolor de lejanía
que confunde este instante con el día
en que tú comenzaste a ser lejana.

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Condena

Heme aquí: presidiario.
Mi delito: lo ignoro.
Cumplo pena a diario
sin haber dado muerte ni robado un tesoro.
Por barrotes mis huesos.
Mis sentidos por grillo.
Soy, sin duda, el más triste de entre todos los presos
y por eso, amarillo.

Me rebelo y pregunto:
¿Hasta cuándo esta pena?
¿Quién me aclara este asunto?
Pero nadie responde. Mi silencio es cadena
y entre todos los presos, por rebelde despunto.
Heme aquí: presidiario
hasta de una conciencia cuyo origen ignoro
–que es tal vez un tesoro
para el que no decida vivir tan solitario–.

¿Por qué me han encerrado?
¿Con qué oculto motivo
retuvieron mi alma dentro de este animal?
Nazco y crezco amarrado
y a pesar de estar vivo
y consciente, soy un frágil semidiós de cristal.
Heme aquí. En cola espero
para salir de todo. Después de esta demora
¿qué solución tendré?
¿Llegaré al punto cero
o algún ser compasivo me dirá: –Ya es tu hora,
y al fin –¡por fin!– sabré?

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Ritual

Esta sed se me calma cuando cierro los ojos
y me llama de cerca la voz de tus caricias,
cada vez que decides acogerte en mi pecho
y esperar que la noche nos esconda la vida.

Todo se inicia entonces con un ritual silente
en el que desenvuelvo tu cuerpo entre mis manos;
como una prodigiosa cosecha te contemplo
y amor, te siego y siembro como único hortelano.

Después, tú te abandonas al paso de mi arado,
desarmas mi silencio con frases milagrosas
y estalla una marea de amor que nos eleva
por encima de todas nuestras pequeñas cosas.

Esa es la trayectoria de nuestra oculta chispa
que acaba –como siempre– crecida en un incendio
en el que humean piras de roces y ternuras
que luego se transforman en vórtices de besos.

Y así, esta sed que nace cuando tú estás distante,
sólo me acosa el tiempo que estamos separados,
sólo perdura cuando no estoy frente a tus ojos
pero hecha vidrio, quiebra su hondura entre tus brazos.

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Deja

Deja que te planten cara
cuando les hables y deja
que entre insultos y amenazas
cicatrice tu paciencia.
Deja que te cuenten males
y te recuenten problemas,
que te midan con las varas
de sus propias experiencias;
que te presagien abismos
y que te auguren cadenas
mientras proponen remedios
para curar tus dolencias.
Deja que palpen tu alma
con los guantes de sus ciencias,
que siembren raíles hondos
para encarrilar tu idea;
deja que te nombren ríos
donde sus aguas no llegan
y que soplen en tus llamas
para aliviar sus conciencias.
Y después, cabalga el potro
de tu silencio y aleja
tu vida hacia lo que buscas
sin esperar que te entiendan.

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Pasos

Oigo tus lentos pasos subiendo a mi distancia
–aún los reconozco después de tanto tiempo–
y en el cuarto en que nunca liberé tu fantasma
hoy se materializa tu sombra ante el espejo.

Has vuelto. Lo sabía. Sentado ante tu cuadro
te he visto muchas veces volver en el recuerdo.
Este es el gran instante, la hora del milagro
que activará de nuevo la cuerda de mis sueños.

Tocas débil. Doy vueltas a la llave temblando.
Entreabro. No pasas. Como un nudo de acero
la vida se suspende sin tiempo en nuestro espacio
y a través del resquicio puedo escuchar tu aliento.
 
Quiero abrir y no debo. De repente oigo pasos,
esta vez de bajada. Abro y salgo corriendo
como si me apostara la vida a una jugada...
sólo para encontrarme la calle desolada.
Otra vez te he debido confundir con el viento.

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Mírame sonreír frente a la vida

Mírame sonreír frente a la vida.
Ven. No quiero estar solo en este instante
de plenitud serena y cristalina
donde he vuelto a encontrarme.

Ven. No quiero estar solo en mi alegría
de tener estos ojos y estas manos,
de poder contentarme sin mentiras
ni oscuros subterfugios del pasado.

Ha madurado, al fin, mi paz por dentro
como un campo de trigo milagroso.
Ven a mirar por qué estoy tan contento
si en este mismo cuerpo habitó el otro.

Mírame sonreír frente a la vida
limpio de corazón y de palabras.
Si acaso he sido triste, no lo digas.
Hoy he vuelto a nacer. Te invito a casa.

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Génesis

El párpado divino luchó con las tinieblas,
el dedo trazó un arco brillante en el espacio
y separó las sombras de aquella luz primera
dando vida al concepto de lo bueno y lo malo.

El sueño omnipotente determinó en dos planos
distintos a las aguas de todo el universo
y al vacío surgido del espacio entre ambos
–la primera distancia– puso el nombre de cielo.

Al retirar las aguas con un tercer mandato,
sobre uno de los planos, se descubrió la tierra;
y crecieron melenas de bosques y de pastos
y frutos y semillas bostezaron su fuerza.

La noche abrió sus ojos de estrellas sobre el mundo
para velar su rumbo de soledad oscura.
El corazón del tiempo palpitó su minuto
y el Sol prendió su antorcha, reflejada en la Luna.

Las escamas de hierro navegaron las aguas
y las alas recientes estrenaron los cielos
y el mandato infalible consolidó el mañana
multiplicando especies de especies en proyecto.

Y se arrastró la vida. Se agudizó el colmillo,
se acomodó la pata para escarbar la tierra,
el eco estrenó el valle con un primer bramido
y el bosque se hizo espeso para llamarse selva.

El Dedo escarbó el barro, el Labio sopló el Soplo
y se copió en el barro modelado, sin nombre;
el alma conferida cobró noción del Todo
y el barro abrió los ojos para decir: –¡Soy hombre!

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Si algún día te vas

Si algún día te vas, no te despidas.
Vete como se va lo que se ha muerto;
abre tu ventanal hacia el olvido
y amárrate en tu adiós, cara al silencio.

Si algún día te vas, mi amor, no llames
con tus nudillos a mi vieja puerta
para decirme: –Todo esto ha sido un sueño...
y encierra mi recuerdo en tus maletas.

No llegues del comienzo de tu muerte
hasta mi habitación desarreglada
para explicarme que te alejas, sólo
porque tu piel se enferma de distancia.

No digas la palabra que lastima,
no beses con el beso que separa,
no busques con tus ojos en mis ojos
la luz que delataba tu llegada.

Cuando quieras marcharte, no me avises;
deja a la soledad de ayer que invada
mi corazón incrédulo de vida
como antes de que tú me despertaras.

Deja que la marea de tu ausencia
crezca sobre mis manos, extenuadas
por un afán inútil de caricias,
de besos, de ternuras desoladas.

Si algún día te vas, no me lo digas.
Quiero que tu silencio me sorprenda
cuando grite tu nombre y no respondas
tu respuesta de piel tras de mi puerta.

Después, déjame así. Déjame triste,
como si no te hubieras dado cuenta
de que en este lugar habita un alma
condenada al suplicio de tu espera.

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Chris

A mi hijo.

Tres años.
Dos pistolas.
De pronto
ríe a solas.

¡Pum!, ¡pum!
Suena un disparo.
Da muerte
a un monstruo raro.
 
Sirenas, policía,
¡se armó la algarabía!
Persigue a malhechores
–me escondo–
¡y a escritores!

Después
sube al diván
de un salto y... ¡Supermán!
 
Ya el mundo tiene dueño.
La tarde invita al sueño.
Mirada sospechosa:
la sala está borrosa.

Las tres. Mamá te acuesta.
 
¡Bandidos, al ataque
que al fin llegó la siesta!

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Vanessa

A mi hija.

Llora. Ríe. Llora.
Ríe nuevamente
y llora a la hora
por su primer diente.
 
Deja que te estreche
tan sólo un segundo.
Palmas, risa y leche
resumen tu mundo.
 
Mujercita mía,
flor inesperada
que perfumas día,
tarde y madrugada.

Mi casa se pinta
con algo de rosa.
¡Eres tan distinta
mi pequeña diosa!
 
¡No te metas eso
dentro de la boca!
¡Golosa del queso!
¡El pan no se toca!

¡Basta! Yo no quiero.
Tú sí quieres: llanto.
Respira, que espero...
¡me muero de espanto!

Después, otra risa.
Ya me has perdonado.
Siempre llego aprisa
por jugar contigo
y cuando me acuesto
sueño que he llegado.

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Espera

Verás, como esta noche no hay mano que tenderte
y tu fotografía no acepta mi llegada
–perdón– te sustituyo por una almohada, vida,
que abarcará tu espacio simbólico en mi cama.

Mañana cuando vuelvas, pienso desenvolverte
como un regalo tibio y entre besos, sin falta,
te sacaré la cuenta del tiempo que me adeudas
para arrancarme tantas distancias enconadas.

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Al mar

–¿Por qué quieres irte lejos
sin saber a dónde vas?
–¿Cómo vas a ser marino
si tú nunca has visto el mar?

Dicen que me quede en tierra,
que el mar está lejos, que hay
mucha gente mala en puerto
y es difícil navegar.

–Tienes edad de casarte,
tu novia no va a esperar;
si te vas, vas a perderla,
cuando vuelvas no estará.

El viento sopla, pero ellos
no entienden, ellos están
anclados en sus rutinas
por temor a naufragar.

Mi madre llora en silencio.
Mi padre no quiere hablar.
Mi barco me está esperando.
¡Me voy! ¡Pronto zarpará!

La tarde era clara y fresca
cuando el puerto quedó atrás.
¡Mi barco irá siempre al norte
porque tiene capitán!

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