JORGE ANTONIO DORE

Nace en Cuba el 13 de junio de 1949 y deja la isla en 1961 para radicar en Barcelona, España. Allí cursa estudios de pintura y diseño gráfico. A los 18 años hace sus primeras incursiones en el mundo de la poesía, que cala hondamente en su alma. Continúa escribiendo. Tertulias poéticas y reuniones de escritores lo ayudan a definir estilo y rumbo en su obra. En 1974 abandona España y marcha a los Estados Unidos y se establece en Miami, Florida, ciudad donde actualmente radica. Dos años después decide concursar por primera vez en un certamen literario internacional, convocado por la Asociación de Críticos y Comentaristas de Arte (ACCA) y obtiene el primer premio de poesía “José María Heredia” por su libro “Recuerdos Náufragos”. Posteriormente publica su libro “Piel Adentro”.

Indice
Dueños
Teatro
Para después
Con mi dolor a cuestas
La leyenda del niño
A Nuestra Señora de Guadalupe
Torrero
Niños en sombras
Evasiva
Poema de las voces
Obsesión
Nota
La fragua
Subida
Gracias
Rumbo
Mi soledad, no...
Revelación
Juramentos
Calvario
Resumen
Cuba duerme
Una luz por el filo de tu puerta
Recopilación
Hasta luego
Creo
Paraíso
Contraluz
Los Borrachos
Oración

 

 

Dueños

Con el alma desnuda me arrojo hacia la noche
para iniciar mi danza de estéril amargura.
Acompáñame, amigo. Reniega de tus dones
de virtuoso mediocre, comparte mi locura.

Quiero beberme el mundo sentado ante una mesa,
quiero desentenderme de todo lo que duele,
entornar los postigos de mi inquieta conciencia
y sumegirme en mundos donde el mundo no pese.

Hagamos una pira con todos nuestros sueños,
burlémonos del tiempo que imponen los horarios
y retrasemos tanto nuestros relojes viejos
que podamos sentirnos como un par de muchachos.

Dibújate otra cara donde el dolor no estampe
su sello sobre el lacre de las desolaciones.
Aquí está el primer vaso. Deja que el vino lave
nuestras penas que hoy pesan como fardos de bronce.

El asalto del alba nos hallará en la esquina
con otra madrugada de menos en el cuerpo.
Acompáñame, amigo. Vamos a quemar vida
Para sentirnos dueños de lo que no tenemos.

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Teatro

Noche.
Crujir de maderas viejas
del escenario apagado:
artritis de bastidores.

Decorado
De parís ochocentista.
Un café con cuatro mesas
y diez sillas.

Cansado de vacío en sus butacas
el teatro se muere.
Candilejas aburridas
de iluminar farsas, duermen.

En rincones
programas de viejas glorias
que han pasado a mejor vida
para cumplir con la historia.

Lengua pesada de mugre,
remendado,
el telón cuelga
lamiendo el ancho escenario.

Luz encendida a lo lejos
casi al final de un destino.
En un sucio camerino
solloza un cómico viejo.

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Para después

Ya no me queda orgullo. Me estoy haciendo viejo
y tengo pocas cosas de las que presumir.
Rehúyo cuanto puedo mirarme en el espejo
y estudio con recelo mi corto porvenir.

Fue ayer; ayer fue todo. Ayer fue –me parece–
la chispa de mis ojos y mi mundo infantil,
la casa de madera con el número trece
y mi madre lavando del color del añil.

Ayer fue que mi padre fumaba en la neblina
del cuarto y que mi hermano se peinaba hacia atrás.
Ayer vi de reojo la niñita vecina
con un amor secreto que no conté jamás.

La rueca de mi vida, de tanto hilar historia,
a veces, desgastada, gira y gira al revés
y, Penélope loca, desteje en mi memoria
imágenes inciertas, retazos de niñez.

Y es raro. Soy el mismo. Yo sigo siendo el mismo
más lento, pero el mismo, que hoy viajo hacia el oeste.
Mis más sencillos gestos son actos de heroísmo,
y a veces me preocupo pensando en lo celeste.

Mas sigo mi camino, consciente de que todo
se oxida, o pierde el brillo o llega a su final,
y al fin, de tantos golpes, mi ánfora de lodo
derramará su vino y esparcirá su sal.

Ayer, ayer fue todo. Y habrá nuevos mañanas
y ayeres, y otros seres que en este devenir,
como yo, serán niños a pesar de las canas,
y llorarán de pronto con repentinas ganas
ante el inevitable misterio de morir.

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Con mi dolor a cuestas

Con mi dolor a cuestas bebo y pago.
Tengo derecho al vaso y a la mesa.
Quiero vencer mi sangre trago a trago
sin pensar en el tiempo que me queda.

Con mi dolor a cuestas. En silencio
prendo mi corazón de soledades
y en él quemo recuerdo tras recuerdo
sin molestar a nadie.

Estoy acompañado a mi manera
porque sé conversar conmigo mismo.
Calladamente voy cerrando puertas.
Nadie sabe quién soy. Ni lo que olvido.

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La leyenda del niño

–Mamá, yo quiero alcanzar
con mis manos las estrellas.
–Eso es imposible, hijo,
estamos muy lejos de ellas.
–¿Me dejarías entonces
volar, allá entre las nubes?
–Para hacerlo hay que subir
mucho, y dime, ¿cómo subes...?
–¿Y si entonces voy al sol
y regreso hecho de fuego?
–¡Pero te quemas, mi niño!
¡No! Déjalo para luego.
–Entonces, ¿puedo trepar
a la montaña más alta?
–Cuando acabes de crecer
que todavía te falta.
–Mamá, dime, ¿y es posible
llegar hasta el mismo Dios?
–Llegar no, mas sí acercarte;
anda, reza por los dos.
–El niño siguió constante
en su lucha por la altura
mas su madre lo atajaba
oponiéndole cordura.
Y un día se puso enfermo
y como a débil pabilo
se le fue yendo la luz,
poco a poco, hilo a hilo...
–Y en el pecho de la madre
con un postrer desconsuelo
dijo –¿Mamita y tampoco
me dejas subir al cielo?
–¡Vete, hijo, vete y vuela,
toca la estrella y la nube
hazte de sol, trepa al monte
pero sube, sube, sube...!
Y en ese sublime instante
–misteriosa llamarada–
el sol entró de repente,
y tatuó al niño en la frente
con una estrella dorada.

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A Nuestra Señora de Guadalupe

Eres la más hermosa de todas las mujeres;
pura, santa, divina, toda llena de rosas.
Perfumas días, tardes, noches y amaneceres
y en paz guardas mi vida sobre todas las cosas.

Madre que en los eriales haces brotar las flores
por tu querer sublime y el poder celestial,
¡no dejes que Dios vea los pálidos colores
que delatan mi alma cuando me roza el mal!

Te venero. Dichosas las fúlgidas estrellas
que iluminan el cielo de tu sencillo manto.
¡Si yo pudiera un día brillar como una de ellas
para alumbrar tu imagen con celo sacrosanto!

Bendito sea el ángel que sostiene la luna
sobre la que reposan tus delicados pies.
Un rayo de tu cuerpo debió alumbrar mi cuna
porque te siento madre dondequiera que estés.

Virgen de Guadalupe, a tus plantas me postro
humilde, suplicando tu santa intercesión.
¡Cuánto me gustaría ver grabado mi rostro
sobre la blanca tilma de tu gran corazón!

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Torrero

Torrero de papel, guardo un castillo
–por dentro y fuera blanco– que decoro
con tinta. En él me pierdo y me enamoro
y el tiempo me lo pinta de amarillo.

Sólo yo monto guardia de palabras
a la pálida luz de cierta estrella
para que vengas tú, vuelta doncella,
te arrimes a su puerta y la entreabras.

Febril, te aguardo siempre en esta almena
en los días más gélidos y oscuros,
cuando mi soledad se pone en marcha.

Y me habitas, mujer, como alma en pena
que al irse deja siempre tras los muros
un torrero abatido por la escarcha.

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Niños en sombras

El niño duerme en la cuna
porque el niño pudo ser,
porque pudo ser su sangre,
porque pudo ser su piel;
porque la madre que un día
pensó arrancarlo del ser
hoy se enamora de verlo
y quiere volverlo a ver.
El niño duerme y su madre
le besa sus tiernos pies.
¡Flor milagrosa de carne
que pudo al fin florecer!

Los niños juegan en sombras
pero no saben con quién;
porque antes de tener nombres
los privaron de su ser.
En ese mundo no hay cunas
ni se acaricia la piel,
y no hay labios que consuelen
con besos, los fríos pies.

Los niños no duermen nunca
y seguirán sin saber
que sus madres impidieron
que pudieran florecer.

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Evasiva

Si el mundo no rodara, si no corriera el río
y en la niebla de entonces se detuviera el tren,
si el adiós no encogiera de dolor y de frío
las manos temblorosas de un hombre en el andén...

Si el tiempo cancelara su despiadado instinto
de imponernos sin tregua su condena otoñal
y tú fueras la de antes, cuando yo era distinto
porque siempre los ríos se transforman en sal.

Si aún tuviera tu cuerpo suspendido en el acto
que tan sólo el recuerdo me rescata de ti
y en contra del destino se perpetuara intacto,
este amor que, de pronto, se entibió porque sí.

Pero el tiempo consiente la evasiva del río
y hay vidas que declinan cuando acelera un tren
y hay hombres que agonizan de soledad y frío
por un amor tardío
y como yo, son tristes dondequiera que estén.

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Poema de las voces

–¿Quién me habla?
–La voz del viento.
–¿Qué quieres?
–Verte volar.
Te enseñaré en un momento.
¡Ven, sube y haz un intento
y después podrás soñar!
–Mañana. No tengo tiempo
y aún queda mucho que andar.

–¿Quién me habla?
–Soy tu pasado
–¿Qué quieres?
–Resucitar.
Volverás a ser un niño
y sentirás el cariño
que perdiste al madurar.
–Mañana. No tengo tiempo
y aún queda mucho que andar.

–¿Quién me habla?
–Yo soy la vida.
–¿Qué quieres?
–Poderte amar.
Que te entregues sin medida
a tu pasión preferida.
Ven, déjate enamorar.
–Mañana. No tengo tiempo
y aún queda mucho que andar.

–¿Quién me habla?
–Yo soy la muerte.
–¿Qué quieres?
–Finalizar
todo proyecto inconcluso
y los sueños que pospuso
el que no aprendió a volar.

–¡Que me hablen, que me hablen!
¡Dios mío... no hay nadie ya!

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Obsesión

Quiero darme la mano, sin embargo no puedo.
No puedo conciliarme con la carne que arrastro;
me rebelo a mí mismo contra mi propio cuerpo
como un perro rabioso que se ve acorralado.

Me erijo en enemigo feroz de mi persona.
Ya he roto con preguntas la cuerda de mis sueños
en esta guerra abierta contra todas las cosas
en la que siempre acaba venciendo el descontento.
 
¿Quién soy? ¿A dónde vamos? ¿Por qué todo me duele?
¿Por qué todo me pesa sobre la misma espalda?
A cada paso el mundo me dispersa y me pierde
más en mi laberinto de búsquedas, que hieren
como puertas de sangre tiradas en la cara.

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Nota

Una nota de viaje
para cualquier camino:
peregrino,
tú eres lo mejor de tu equipaje.

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La fragua

Primero fue un rincón humilde y frío
donde alguien, con amor, inició un fuego,
una llama dejada para luego
prendida en el fogón de mi vacío.

Mi infancia fue un período de plomo
donde secretamente cobró forma
cada voz, cada signo y cada norma
de mi mundo interior, sin saber cómo.

Por una maravilla de la lumbre
llegué a mi adolescencia –flor de cobre–
transmutado en el niño bueno y pobre
que apuntaba hacia el cielo por costumbre.

Crecí en bronce. La alquimia requerida
me dio una voz metálica y sonora
–aleación de palabras– con que ahora
a golpes de hondo amor forjo mi vida.

Mi Dios me fragua en forma de campana,
en bronce me pronuncio y mi destino
es tañer a lo largo del camino
para anunciar la luz de la mañana.

Soy a un tiempo badajo y campanero;
metálica es mi cruz predestinada
que cada ineludible alborada
me invita a ser un eco del sendero.

Primero fue un rincón. Hoy late un río
de fuego por mis venas minerales
que cuaja un universo de cristales:
los versos con que pinto el mundo mío.
Y al oro voy. Divinizando sigo
esta burda aleación de hombre y Dios.
Cuando llegue a fundir –por fin– los dos,
me consideraré mi propio amigo.

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Subida

Hay niebla espesa en la cumbre
pero sigo monte arriba
peregrinando entre nubes,
llenando más mi medida.
Ladera de piedras rojas
y de tomillo fragante.
Ya se avecina la hora
soñolienta de la tarde.
Fría, se acerca la noche
pincelada a pincelada.
De vez en cuando, algún broche
de nieve desecho en agua.
Sopla el viento contra el canto
de las piedras que lo chiflan
y a cada paso que alargo
recorto más la subida.
Cansancio vertido en ansias
de tener lo que ne tengo.
Si de repente pudiera
subir por dentro y por fuera,
ascendería hasta el cielo.

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Gracias

Señor, gracias por todo. Por tu eterna paciencia,
por mi fe y la carga que he de sobrellevar,
por este arroyo humilde que ha sido mi existencia
y que al fin de la vida desemboca en tu mar.

Gracias, porque quisiste trazar para nosotros
el difícil sendero que conduce a la luz
cuando dijiste: “Amaos los unos a los otros...”
y nos diste el ejemplo con tu muerte en la cruz.

Si vuelves la cabeza para ver lo dejado
sabrás de un peregrino que viaja tras de ti:
soy yo con la cruz sucia, Señor, de mi pasado,
pidiéndote el calvario que guardas para mí.

Te sigo, no impulsado por el buen pan de trigo
sino por el que sacia mi hambre espiritual.
Dueño del Agua Viva, Buen Pastor, Vid, Amigo...
ayuda a que conserve mi cualidad de sal.

Gracias por los momentos de paz que he conocido
y este constante arado de angustia sobre mí
porque sé con certeza que tú lo has dirigido
para ensanchar los surcos de mi Getsemaní.

Después vendrá tu siembra. Que mi terreno acoja
con sed de ver florida, tu sagrada simiente.
Si hieres, es que podas mi árbol hoja a hoja
para que cada fruto crezca resplandeciente.

Gracias por la alegría con que me has bendecido
aunque también bendices cuando impartes dolor.
Mi fe hoy tiene el aspecto del árbol abatido
que tras cada tormenta renueva su verdor.
Señor, gracias por este destello de conciencia
con el que te percibo tras de todas las cosas.
Eres la certidumbre que eleva mi existencia
desde el más tosco barro hasta cumbres gloriosas.

Te seguiré y no importa si el viaje es duro o largo
si es eso lo que tienes dispuesto para mí.
Si caigo, sacudiéndome el polvo más amargo
y a pesar de mi angustia, te diré, sin embargo:
–Bendito seas, Padre. Mi cruz es para ti.

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Rumbo

Por la izquierda entré a la vida
y ella entró por la derecha.
Al medio nos encontramos
y decidimos la senda
por la que fuimos en busca
de un paraíso en la Tierra.
–Por la izquierda entré a la vida
y ella entró por la derecha–.
Yo, una columna del templo
y ella la otra: pareja.
Medias lunas a lo lejos
y de cerca, luna llena.
Flujo y reflujo del agua,
dos luceros en la alberca.
norte y sur, sequía y lluvia,
unión de raíz y tierra.
–Por la izquierda entré a la vida
y ella entró por la derecha–.
Pero un día vi un espacio;
se abrió una maligna brecha
que dio cabida a una sombra
que luego se hizo materia.
–Por el medio entró la sombra
y dividió en dos mi fuerza–.
Su columna cayó al suelo.
La luna se ensució a medias.
El agua olvidó el reflujo.
Se ahogó un lucero en la alberca.
El norte apuntó al oeste
y se agotó su agua fresca
porque la sombra infinita
se la bebió ante mi puerta.
Su raíz envenenada
rechazó mi amante tierra
y se me fue de las manos
dejando mi vida a medias.
Cuando al fin nos separamos
yo cargué la herida entera.
Hoy es una cicatriz
que tiene la forma de ella.
Por eso he vuelto costumbre
andar siempre por afuera.
–Si puedo servirle en algo,
yo soy aquel de la izquierda.

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Mi soledad, no...

Mi soledad, no. No me la reclames.
La comparto, eso sí, como un hermano,
como comparto el pan que me alimenta
y el vino que te brindo de mi vaso.

Déjame que la cuide como a un hijo,
déjame que la cargue y que en los brazos
enfermos de mi pobre adolescencia
la arrulle con mi verso desgarrado.

Mi soledad, no, amiga, te lo ruego.
Déjame esta distancia donde labro
la huerta de mis sueños imposibles
con el arado de mis desengaños.

Mi soledad, no. No me la reclames
que me reclamas cuanto me ha quedado,
cuanto bueno conservo de la vida:
mi soledad y un dios triste y cansado.

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Revelación

Sintió la Voz y quiso lanzarse hacia el camino
pero le retuvieron sus pocas pertenencias.
“Tal vez mañana –dijo– seré un buen peregrino,
hoy me siento muy joven para tantas ausencias”.

Y así enclaustró su cielo, así fundó su casa
y transformó en cenizas sus más pródigos años,
siempre evadiendo el humo de aquella oculta brasa
con cada advenimiento de un nuevo cumpleaños.
 
Crecieron sus amarras en una trenza lenta
y vino a echar el ancla con la mujer que quiso.
Después del tercer hijo, comenzó a darse cuenta
de que había perdido la ruta al paraíso.

Y llegó hasta la margen de su otoño vacío
con el desasosiego latiéndole en el pecho.
La voz que lo invitaba se hizo un eco tardío
en su ajetreado mundo de adulto insatisfecho.

Por fin, una mañana se sintió tan extraño
entre todos los bienes que había acumulado
que decidió echar tierra sobre su desengaño
y acatar el mandato del antiguo llamado.

Y resuelto a su meta, de un violento portazo
conmovió los cimientos de su historia aburrida:
se marchó de su casa renunciando al fracaso
plantado en la maceta de su insípida vida.

Pero sólo un silencio de penumbra y de espino
respondió a su presencia. Descubrió que era tarde.
Y dándole de nuevo la espalda a aquel camino
y amargo ante la suerte de su propio destino,
lloró, mirando al cielo, con ojos de cobarde.

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Juramentos

Ante el mar
pronuncié mi juramento:
no volver a envidiar
de nuevo al viento
a pesar
de mis ansias de volar.

Ante el viento
–y rebelde a la corriente–
me propuse buscar mi propia fuente
y de espaldas me puse a navegar.

Al llegar a la fuente,
salté a tierra
y sentí que mi vida era una guerra
contra mi loco afán de averiguar.

Y me lancé de nuevo a la corriente,
volví a envidiar al viento y de repente,
me encontré nuevamente
frente al mar.

Y entre sumas y restas del olvido
volví a jurar lo mismo arrepentido
–todo es un juramento frente al mar–.

Y hoy ya no sé si estoy saltando a tierra,
si le he jurado al viento en paz,
si hay guerra
o si todo en la vida es navegar.

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Calvario

Un coágulo de sangre prendido en vidrio oscuro
desciende por las sienes consteladas de espinos.
El Padre desbarata por vez primera el muro
y aúna los dolores humanos y divinos.

La tierra en esta zona no se labra; se viola.
Le rasgan las entrañas para inyectarle un semen
de acero y megatones. El fruto: una cruel ola
que arrasará a los que odian igual que a los que temen.

La mano que horas antes bendijo, agarrotada,
con el dolor del mundo prendido en sus tendones,
aguarda a que se cumpla la gloria señalada
para eximir condenas y repartir perdones.

Códigos para entrada y salida. Madrigueras
blindadas. Falsos ojos que escudriñan alturas
en busca de enemigos. Mecánicas esperas
de humanos que han trocado sus sueños por torturas.

El sucio pie, cansado de todos los caminos,
atravesado en hierro, busca en el hierro apoyo.
Además de una túnica, se juegan los destinos
de todos los que hundimos el hierro en esos hoyos.

Mapas. Trazos que enlazan ciudades diferentes,
torvas radiografías de una muerte segura
no para los culpables. Para los inocentes.
La cura está en las manos del que no cree en la cura.

Vinagre. Ardor y espasmos de los labios resecos
que dando a beber agua de vida, tienen sed.
El mundo se desangra por cuatro negros huecos
y no cobra conciencia del que ha dicho: “¡Creed!”.

Constelaciones falsas tendidas en un techo
que sólo el infinito merece iluminar.
Nacemos a la sombra del miedo, y al acecho
de estrellas que la noche debiera rechazar.

Herida en el costado. La hoja, sin embargo,
no ha abierto en dos al hombre que es todo corazón.
Hay un murmullo breve y un sobresalto amargo
aflige a los que han visto dudar al centurión.

Igual que aquella túnica, se juegan hoy la tierra
al pie del mismo Cristo que vuelve a agonizar,
dos pálidos soldados que saben que otra guerra
será la última puerta de un mundo por cerrar.

Crucifixión eterna: Dios sigue en el calvario
cuajando amor en plasma por todos los que nacen.
Vivimos perforando sus miembros a diario
y El sigue respondiendo desde el mismo escenario:
“Perdónalos, oh Padre. No saben lo que hacen”.

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Resumen

A Astur Morsella, que tantas puertas abre hacia lo eterno.

Soy un resumen vivo de todo el universo:
creo constelaciones de sueños en mis sienes
que estallan cada miles de horas hechas versos,
dando lugar a nuevas estrellas en mi frente.

Fuego, agua, tierra y aire –cadena de materia–
me componen. Mis venas son ríos esenciales
que parten de las fuentes de una vida secreta
y encierran el profundo misterio de los mares.

¿Qué milagro de fuego –brasa en oculta hoguera–
mantiene mi energía latente hasta la muerte?
Mi corazón en llamas marca un tiempo de espera
durante el que concibo dimensiones perennes.

En mi prisión de tierra, contra mi tierra lucho.
Sueño quebrar mi vaso llegando a donde nadie,
es la pasión del aire por la que siempre subo
y anhelo forjar alas que logren elevarme.

En mí se encierra el germen de santidad y a un tiempo
soy la fatal semilla de todos los pecados.
Siembro el bien y más tarde cubro con sal mi huerto
para llorar a solas mis frutos malogrados.

Viviendo en lo absoluto, mi mundo es relativo:
me pierdo entre los polos opuestos de las cosas.
Mi libertad completa sólo es un espejismo
que en mi cerebro esparce sus brumas arenosas.

Pienso y no sé de dónde me viene esta conciencia
que al tiempo que me endiosa me crea un enemigo.
Invento ritos, dogmas, conjuros y en respuesta
en pie me pongo y caigo. Me digo y me desdigo.

Cuando me lo propongo soy rueda, eslabón, vuelta
que sabiamente ejerce su condición humana.
Pero la misma mano que ofrezco estando abierta
la muestro en un cruel puño que clama la venganza.

¡Qué claridad tan grande; qué confusión terrible
me anidan hemisferios distintos del cerebro!
Proyecto mi existencia –que es siempre imprevisible–
y para equilibrarme creo el término medio.

Tengo cumbres internas que, opuestas a mis valles,
dirigen altas luces sobre sombras inertes
y al tiempo que comprendo mi calidad de nadie
intuyo en mi vestigios de un semidiós latente.

Como las estaciones, al paso de la vida
cambio mis hojas verdes por otras otoñales.
Esclavo soy de un ciclo, un tiempo, una medida,
de una rueda que enlaza principios con finales.

A todo me parezco y de todo difiero,
soy semejante a ríos, a montes y a planetas.
Conservo las esencias de un mundo que no entiendo
inscriptas en mi breve compendio de materia.

Pero al fin de mis propios y tercos desacuerdos
se me ocurre lo eterno. Y estallo en una chispa
que espera proyectarse desbaratando el tiempo.
Y en un divino incendio, descubro que mi vida
es un genial resumen de todo el universo.

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Cuba duerme

Igual que una niña enferma
Cuba duerme. Y sobre el agua
la luna le escribe un cuento
para pasado mañana,
porque sabe que la fiebre
tiene la isla colorada
pero que cuando amanezca
despertará azul y sana.
Los cañaverales mecen
dulzuras disimuladas
que guardan para un futuro
más dulce, en tierra hoy amarga,
y la música entreteje
invisibles pentagramas,
cantos de paz que en la noche
discretos grillos ensayan.
Pero todos calladitos,
porque la niña está mala
y hasta que el rojo no pase
será un secreto el mañana.
En clandestinos encuentros
se confabulan las palmas
que juran mecerse libres
sobre las libres montañas.
Los sinsontes en sus nidos,
–vueltos sordinas de paja–
practican nuevos trinares
que nunca oyó la sabana.
Hay farolas que se citan
y en herméticas veladas
ensayan una gran conga
desde Oriente hasta La Habana
y en cónclaves musicales
guitarras, claves, maracas,
llaman a flautas y güiros
para cuadrar las bachatas
que arrebatarán los pies
de aquellos que ya no bailan.
Porque Cuba está dormida
y antes hay que despertarla.
El azúcar, en secreto,
produce una lenta zafra
de dulces sueños y dulce
libertad en las miradas,
y el humo de los tabacos
–la niebla criolla– ampara
a quienes veladamente
han ido forjando alas.
El café, tuesta que tuesta
recónditas esperanzas
para los labios de un pueblo
que beberá en tazas blancas.
Y en la umbría de los parques
el bronce de las estatuas
de patriotas, se retuerce
tramando nuevas hazañas.
Al pie de africanos santos
los caracoles estallan
de dicha y susurra el coco
leyendo el futuro: ¡Alafia!
Y el ron se ríe entre dientes:
¡qué gran reserva prepara
para el acontecimiento
del gran brindis del mañana!
Encajes de fresca espuma
tejen de noche las playas
para Cuba: ¡un largo manto
de porvenir sobre el agua!
A veces se ve en el Cobre
la Caridad sin la barca.
En ella traen los tres Juanes
su contrabando de gracias.
De San Antonio a Maisí,
desde Mariel a Majana
todo labora a la sombra
de la estrella solitaria.
La fiebre pasará pronto
y pronto, al romper el alba,
se gritará a voz en cuello
lo que hoy por temor se calla.
Porque como niña enferma,
Cuba duerme y todo aguarda.
Hasta mañana, mi niña,
mi amor, mi vida, mi alma,
que cuando azul te despiertes...
¡qué hermosa será mi patria!

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Una luz por el filo de tu puerta

Una luz por el filo de tu puerta.
Voy a entrar. Con enferma palidez
se derrama la luna en la desierta
galería. Silencio. Desnudez.

Resplandece el helado picaporte
de bronce repujado y mi mano
lo oprime. Remembranzas. Un resorte
ha cedido. Aún es temprano.

Recuerdo a otra mujer. Veo una cuna
mecerse. La puerta de otra casa
con otro picaporte y la bruna
melena de un pequeño. El viento pasa.

Rechinan tres bisagras indiscretas
quebrantando el hechizo. Absorto, mudo,
me acosan dos imágenes concretas:
un niño y otro hogar. Estoy desnudo.

El viento es una horrible pesadilla.
Vuelvo a cerrar. está mi mano yerta.
Me alejo. Quedas sola mientras brilla
una luz por el filo de tu puerta.

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Recopilación

Paradoja de gloria que ante el mundo te humillas,
flor de carne que a golpes marchita su verdor.
Los hijos de la sombra despedazan tu vida
sin saber que se quedan salpicados de Dios.

Aún pasan sucias palmas barridas por el viento,
testimonios recientes de tu entrada triunfal
cuando hace una semana te llamaban ”maestro”
muchos de los que hoy piden tu muerte vertical.

De mano en mano ruedas, mudo y escarnecido
como un ánfora helada de agrietado alabastro
que a golpes de flagelo rezuma santo vino
–antídoto divino contra el negro pecado–.

Profanan la reliquia de tu piel malherida,
como un ícono roto se ensañan con tu tez
y coronan tu frente con un cielo de espinas
que esparce estrellas rojas sobre tu mustia piel.

La hora se hace plomo. El cuadro tenebrista
culmina en paroxismo cuando el poder del mal
se crece ante el ocaso de tu frangible vida
sin sospechar del cuerpo que resucitará.

Te encajan el madero sobre la curva espalda
y mientras se abren paso, tus temblorosos pies
transcriben con heridas de sus sangrantes plantas
un mudo testamento para el hombre de fe.

Con tres puntos y aparte de hierro sobre carne
te clavan contra el signo de la contradicción
y pendes a los vientos cual raído estandarte
que despliega el secreto del misterio hombre-Dios.

Perdona Nazareno, cuando a veces tentado
por dioses deslumbrantes, he pospuesto mi fe
y he cambiado por botas mis sandalias de santo
y he bebido de fuentes que me dejan con sed.

Tu calvario aún transcurre. No ha cesado en el tiempo.
Es parte de la historia de nuestra redención.
–A veces aún me cantan los gallos como a Pedro
o me uno a los que gritan: “¡Barrabás!, ¡Jesús no!”–

Soy Lázaro, Zaqueo, Pedro, Dimas y Saulo
ando leproso; creo como el buen centurión
y prosigo de cerca tus lumínicos pasos
porque a pesar de tantos errores y fracasos,
mi fe te reconoce como el hijo de Dios.

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Hasta luego

A mi padre, actor. In memoriam.

Adiós, comendador. No, hasta luego.
Aquí no se concluye tu diario.
Ya sé que has encontrado otro escenario
donde resucitar tu antiguo fuego.

Huele a estreno en el cielo, a marquesinas
que anuncian un sinnúmero de estrellas
y un programa infinito de obras bellas
catalogadas, todas, de divinas.

Volverás a dar vida a Tabo, a Jantos,
al alcalde, a Peter y a otros tantos
que encarnaste con tanto corazón
Y aquí por epitafio queda inscrito:
Sergio Doré. Teatro El Infinito.

Comienza la función.
(Hablen bajito
que hay luz del otro lado del telón).

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Creo

Definitivamente creo en Dios hecho hombre,
creo en el alto precio de la sangre bendita
que baña una cruz negra y en el dolor sin nombre
del cuerpo que más tarde, glorioso, resucita.

Creo en el huerto oscuro donde se eleva un rezo
de angustia tan profunda que enrojece la tarde,
creo en el que recibe la traición con un beso
sin limpiar en su frente la baba del cobarde.

Creo en el Pan y el Vino, en la Ultima Cena
y en el agua que sacia la sed de toda boca,
en el llanto sincero de cualquier Magdalena
y en la Mano Divina que sana cuanto toca.

Creo en la mansedumbre del que aparta la espada
y se entrega a la muerte con un gesto gigante,
en el mensaje oculto, en la interna llamada
y en el transfigurado de ahora en adelante.

Creo en los lentos pasos con una cruz a cuestas
de aquel que quiso darnos su luz en el calvario,
creo en el Cielo y creo que sumas cuando restas
hombre humilde que cargas tu madero a diario.

Creo en aquel que indica dónde he de echar las redes,
en la pesca abundante y en la maldita higuera;
en la voz que me dice: “Camina, que tú puedes”
y me muestra la vida desde adentro hacia afuera.

Creo en leprosos limpios, paralíticos sanos
y el pecador que entierra su orgullo y se levanta;
en el hombre sencillo que ve a Dios en sus manos,
en María doliente y en la Sábana Santa.

Creo, y creo en un día donde fraternalmente
compartiré con muchos la tierra prometida;
creo en el que recobra a vista de repente
y encuentra, en un milagro, su puerta de salida.

Creo en esta bendita locura que me llena,
en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo;
en aquel que me pide que comparta su cena
y a pesar de mis faltas yo sé que me ama tanto.

Definitivamente, Señor, creo en tu nombre:
conciencia en mí, latido, razón por la que existo...
¡Oh, Padre, si pudiera yo sería ese hombre
que desclavara el cuerpo de tu hijo Jesucristo!

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Paraíso

Estuve siglos custodiando montes,
circunvalando páramos helados
y escudriñando mil constelaciones
sobre infinitos campos solitarios

a la espera de nada. Oteando el cielo,
esquivando países de maleza
y sumando letárgicos inviernos
al calendario de mis horas huecas.

Dormí sobre la tierra, estudié soles
y lunas; fundé puntos cardinales
que nunca coincidieron con el norte...
y me encontré llorando ante el paisaje.

Pero un día –desliz de la distancia–
nos vimos junto al agua frente a frente
y enfermos de una sed enamorada,
decidimos bebernos para siempre.

Y te volviste llano. Y yo fui monte.
Y ataviada con todas las estrellas
repujaste en mi brújula tu nombre:
“EVA”. Me conformé a tu falso norte.
Y fuimos dos para poblar la tierra.

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Contraluz

Bendita evolución, llama latente,
claridad meridiana de mi vida
donde el bien me florece, hecho una fuente
de óleo santo que mana en cada herida.

Todo miel, todo fruto, savia todo,
cuanto advierto bendigo y lo ilumino.
Tras de mis ojos Dios, viendo a su modo,
divinizando el cuerpo en que me inclino.

Inefable expansión en la que estallo
en millones de pródigas semillas.
A contraluz estoy y en todo me hallo.
¡Qué abundantes mis manos! ¡Qué sencillas!

Más allá de la muerte, la salida.
Más allá de la vida hay una muerte
donde sólo el amor tiene cabida.
Entre amor y dolor cumplo mi vida
y ni vivo de pie, ni muero inerte.

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Los Borrachos

El vino empapa las gargantas
de los borrachos tartajosos
que desafían la tristeza
con un frenético alboroto
desde el tumulto de su mesa.

Ríen sus propias bufonadas,
beben a pico de botella
y entre rebuzno y carcajada
clavan sus ojos lujuriosos
en las muchachas sin pareja.

Chillan, golpean y revientan
las cuerdas de sus instrumentos,
se burlan de sus propias penas,
de la desolación ajena
y hasta del día en que los parieron.

Remachan coplas consabidas
y mientras pasan la botella
se ponen rojos a medida
que se marean sus cabezas
y sus gargantas se rocían.

Y al fin, estampas del naufragio,
los desvanece la marea
y van quedándose dormidos
frente al vacío de sus vasos
entristecidos,
solitarios.

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Oración

Oh, Dios, que con tu sangre vuelta un ígneo torrente
definiste las sendas de la muerte y la vida
y en cada llaga abierta te transformaste en fuente
de luz para nosotros: la humanidad caída.

Tú que morir quisiste con los brazos abiertos
para que comprendieran el gesto de tus manos,
horizontal justicia para vivos y muertos,
la gloria y la tragedia de todos los humanos,

ven. Ruédame la piedra de mi sepulcro oscuro,
llega ante mi cadáver, rasga este mal sudario
que tan pegado llevo de haber vivido impuro,
inútil, como el hueco de un vacío incensario.

Si tuviste palabras de perdón para aquellos
que al verte hecho pedazos, se burlaron de Ti,
tal vez viste mi rostro confuso entre uno de ellos.
Perdóname, Dios mío, porque yo estuve allí.

Te vi morir grandioso. Como un pájaro helado
que al borde de su nido, con las alas abiertas,
–en agónica estampa– y el pecho desgarrado
amparaba a sus crías bajo sus plumas yertas.

Porque en tu gesto cupo la humanidad entera,
uniste cielo y tierra y oeste y este en luz;
tu corazón en medio. Carne, hierro y madera,
sellaron el profundo misterio de la cruz.

Apártame la piedra de mi tumba, que es tarde.
Mi lámpara está llena de aceite. Quiero arder.
No dejes que me canten más gallos por cobarde.
Mi fe promete un alba. Sé tú mi amanecer.
 
Perdóname estos años baldíos. Un buen huerto
me diste y por descuido, lo tengo sin labrar.
Fecunda mi esperanza, florece en mi desierto
y apártame la piedra, ¡No quiero seguir muerto!
¡Apártame la piedra para resucitar!

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