JORGE ANTONIO DORE

Nace en Cuba el 13 de junio de 1949 y deja la isla en 1961 para radicar en Barcelona, España. Allí cursa estudios de pintura y diseño gráfico. A los 18 años hace sus primeras incursiones en el mundo de la poesía, que cala hondamente en su alma. Continúa escribiendo. Tertulias poéticas y reuniones de escritores lo ayudan a definir estilo y rumbo en su obra. En 1974 abandona España y marcha a los Estados Unidos y se establece en Miami, Florida, ciudad donde actualmente radica. Dos años después decide concursar por primera vez en un certamen literario internacional, convocado por la Asociación de Críticos y Comentaristas de Arte (ACCA) y obtiene el primer premio de poesía “José María Heredia” por su libro “Recuerdos Náufragos”. Posteriormente publica su libro “Piel Adentro”.

Indice
Hace cuarenta años
Siempre otoño
Hilda
Misterio
Adiós
Entonces
Playa de luz
Mi nieto
A punto
Poesía
Testimonio
El iluso
Soñé
La flor
Tú eres
Tríptico amargo
Profecía
¿Qué queda?
Puedo
La muerte del tirano
Dr. Jekyll
Amor de siempre
De papel
Acusado
Muertos
Secreto
Mi patria
Sara
Rastro
Puente y río
Envidias
Comunión
Más
Trofeo
El hacha
Yo escribo

 

 

Hace cuarenta años

¡Hace cuarenta años que no veo mi patria!
Hace cuarenta años que –pintada de rojo
por una mano negra– la dejé desplomada
entre fríos escombros de terror y de insomnio.
 
¡Hace cuarenta años que camino con hambre!
¡Hace cuarenta años que me adeudan el cielo!
No existe frase o gesto que logre consolarme
y aunque he echado raíces me siento forastero.

¡Cuántoss ojos en blanco se han marchado vacíos!
¡Cuántos huesos rebeldes contra la sepultura
se dislocan en sombras y rechazan el limo
porque no se conforman con extranjeras tumbas!

Hace cuarenta años que sobrevivo y vago
como Pablo, expectante; como Moisés, sediento,
golpeando contra rocas que dan un zumo amargo;
esclavo de espejismos que alivian mis desiertos.

¿Hasta cuándo, Dios mío, perdurará la sombra?
¿Cuándo al fin la justicia suprimirá la duda
y los que se ausentaron con esperanzas rotas
verán como consuelo a todas sus demoras
un rayo de luz blanca que resucite a Cuba?

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Siempre otoño

Aquella es la ventana.
Aquel el balcón. Y el nido
de paloma en el alero,
seco ya. Casi un olvido.
Cuando ella llegó, mi casa
perdió el matiz ambarino
de fotografía antigua
que impregnaba el edificio.
Puso un búcaro con malvas
que hizo el milagro sencillo
de concederle a la sala
carácter de paraíso.
Después, volvió con un gato
que era lo único amarillo
que vagaba por la estancia
con privilegios de niño.
Abrió el balcón que por meses
estuvo cerrado y quiso
colgar un reloj discreto
que desgranaba el estío.
Su presencia se fue haciendo
un hábito a mis sentidos
hasta hacerse imprescindible
para llenar mi vacío.
Una noche, en pleno invierno,
pidió quedarse conmigo.
El silencio por respuesta
confirmado por suspiros
se resumió en un abrazo
donde fundimos un mismo
metal sediento de fuego
sobre un trasfondo de frío.
A partir de aquel momento
me acompañó y fue mi abrigo
por las noches y la cura
contra el tedio del domingo.
El año siguió mudando
de color hasta que el ciclo
de la vida echó su ancla
sobre un otoño infinito.
Un atardecer lluvioso
subí corriendo hasta el piso
con una buena noticia.
El cuarto estaba vacío.
Ni sus cosas, ni una nota,
sólo aquel gato amarillo
agazapado en las sombras...
y el olor de sus vestidos
impregnando el aposento.
Como un presagio maldito,
un golpe de sangre helada
quebró mis cinco sentidos.
La llamé, primero débil.
Salí al balcón y dí un un grito...
Comprendí. Quebré con furia
el búcaro contra el piso.
Cerré los ojos y quise
volver a verla en su sitio
pero fue en vano. Al abrirlos
se me encaraba el vacío.
Recogí una pocas cosas
y salí tan abatido
que ni volví la cabeza
por orgullo malherido.
Aquella es la ventana.
Aquel el balcón. Yo el mismo.
Allí hay un gato que vaga
desesperado, perdido.
Somos dos sombras que rondan
la entrada de un edificio
para siempre... quizá en vano.
Solitarios y amarillos.

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Hilda

A Hilda Gómez.

Parece ser de roca por afuera.
Por dentro, sin embargo, es todo pan.
Para mí es como una primavera
revestida de otoño. En su desván

decorado con mil portarretratos,
suspendido en el tiempo, hay un amor
que en silencio acaricia y llora a ratos,
triste espina en el medio de su flor.

En bronce disimula su caricia.
Su fe ni se despinta ni se apaga
y estoica le hace frente a cada adiós.

Y al fin de lo sufrido, por justicia,
le vendará amorosa cada llaga
la mismísima mano del buen Dios.

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Misterio

Todo es viento, cenizas, y un soplo de misterio,
reflejos que alucinan los ojos. La verdad
en un rompecabezas de luz sobre un espejo
que sólo puede armarse desde la eternidad.

Un viento que entreteje la fantasmagoría
de esta existencia en fuga, que es casi irrealidad,
franquea y cierra puertas, desteje y teje vidas
en un alucinante desfile sin final.

Tan sólo nos rescatan estos humildes sueños
que sobre las cenizas edifican su altar
y perfuman el alma como humo de incienso
que conecta este mundo con la posteridad.

Un soplo de misterio: lo que nunca supimos
–y tal vez no se aclare– y esta honda ansiedad
de volver a encontrarnos con todo lo perdido
y arribar a esa orilla, más allá del destino,
donde no nos resulte tan doloroso amar.

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Adiós

Se fue marchando como muere el día,
robándose mi luz, serenamente,
y me dejó una espina aquí en la frente
que me hace recordarla todavía.

Se fue empequeñeciendo en el paisaje
con indeciso andar; triste y sumisa
y se me fue volviendo de ceniza,
–como una estatua gris, con equipaje–.

Se detuvo ante el tren y de repente
Me miró. Y la vi con el pañuelo
borrarse dos diamantes de los ojos.

Desde entonces mi cuerpo vive ausente
en un limbo de eterno desconsuelo.
Se fue mi alma y quedan mis despojos.

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Entonces

Ap. 21, 1 “...y ya no había mar.”

Entonces, será entonces cuando al fin pueda verte
sin símbolos, sin velos, cuando ya la plegaria
no se requiera y cuando la sombra de la muerte
no sea el polo opuesto de la ambición diaria.

Entonces habrá altares tan solo en el recuerdo
y dejará Tu carne de oler a simple pan.
Tu sangre habrá llegado con muchos a un acuerdo
y nuestro primer nombre será otra vez Adán.

Entonces el pecado, esa maldita herencia
que seduce las almas y esclaviza la piel
se deshará en Tus manos, que con santa paciencia
enjuagarán con vino nuestro aliento de hiel.

Entonces en Tu cuerpo no tendrás cicatrices
pues no quedarán dudas como la de Tomás
y habrá paz en los rostros de los hombres felices
que labrarán sus tierras sin mirar hacia atrás.

Entonces los rosarios serán de frescas rosas
y cada cruz la llave para el bendito edén
donde ya renovadas, por fin, todas las cosas
servirán de reposo para el hombre de bien.

Entonces, sólo entonces, el hombre redimido
del castigo y del tiempo dejará de llorar
y Tú, juntando el llanto, todo el llanto vertido,
secarás nuestros ojos... ¡y será el fin del mar!

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Playa de luz

Mujer, playa de luz donde mi barca
humilde, halla la paz sobre la arena.
Tú remiendas las redes de mi pena
y el mar me reconoce por tu marca.

Refugio de pirata ennoblecido
en cuya piel recalo: mi tesoro,
eres a un mismo tiempo cofre y oro,
sirena que me encantas el oído.

Noctívago habitante de tu mundo
de algas y palacios interiores,
me pierdo en tus corales de colores
donde el amor se vuelve más profundo

siempre en complicidad con la marea.
Nos vamos y volvemos diez mil veces
entre fosforescencias, entre peces
y despertamos con olor a brea

sobre el país de luz del arenal.
Yo convertido en roca y tú en espuma.
Y nos perfila el manto de la bruma
como a dos islas pálidas de sal.

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Mi nieto

A Nicholas

Tengo un nieto que vale lo que pesa en estrellas
porque es luz, pura luz juguetona y traviesa.

Más que viento es tornado. Más que río es torrente.
Es capitán, soldado, vaquero y superhéroe.

Con sobrantes de cielo le pintó Dios los ojos
y fundió en sus cabellos varias onzas de oro

para dar apariencia de angelito al pilluelo
que parece caído de un retablo del cielo.

Es terco y resabioso; pero con besos nobles
se adueña de universos y funde corazones.

Se arrima a mi costado con su intención de azúcar
y obtiene el caramelo que no debí dar nunca.

Al verlo, veo la vida fluir por vez tercera:
él es un sol naciente, pujante primavera

que llena de luz joven mi agradecido otoño
con el que me han querido bendecir de otro modo.

Cuando logro domarlo por fugaces segundos
y sentarlo en mis piernas, se ilumina mi mundo

hasta que en su rebelde locura se libera
y vuelve a su aventura de plástico y de cuerda.

En él, también fundidas, dejo palabras mías
para que lo acompañe mi amor toda su vida.

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A punto

Señor, ya estoy a punto de devolver mis redes.
Tú sabes que mi pesca no ha sido milagrosa.
Encallaré mi barca mirando hacia el poniente
con los remos cansados de una vida en zozobra.

No sé. No sé el destino que me darán los vientos
cuando mi alma despierte convertida en gaviota,
si impulsarán mis alas hacia cielos abiertos
o si éstas, atrofiadas, batirán sólo sombras.

Pero sé que habrá un llanto de sal en mi cubierta
y que una mano blanca como espuma de ola
arriará mi velamen una tarde de niebla
y desde el viejo muelle, dirá adiós a mis cosas.

Retornaré el cuaderno de bitácora lleno,
la brújula, el sextante, el fanal, las maromas,
mi inútil equipaje, mis mapas obsoletos...
¡todo menos el ancla, que guardaré en mi alforja!

Navegaré otras rutas, hasta entonces secretas,
por lumínicos mares –misteriosa derrota–
hacia donde me arrastre la corriente de estrellas
que conduce las barcas que sueñan otras costas.

Y cuando al fin encalle de cara al infinito,
liberaré el tesoro de mi pesada alforja
echando al mar el ancla –mi amuleto bendito–
para esperar la barca de mi adorada esposa.

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Poesía

La poesía es todo un sacramento
que se recibe en soledad madura,
es a un tiempo camino y atadura,
sublime comunión y descontento.

Es casi un metafísico zarpazo
que contamina de melancolía,
transforma la palabra en melodía,
y encadena al dolor con un abrazo.

Es susurro de Dios que en gesto franco
revela laberintos interiores
que ensayan con la muerte y con la vida

y la agonía sobre un mundo blanco
donde con llanto se rocían flores
que habrán de perfumar el alma herida.

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Testimonio

De ahora en adelante caminaré despierto.
La cúspide secreta de mis aspiraciones
será la cruz, hermanos. Considérenme muerto
para mis previas faltas y necias sinrazones.

De ahora en adelante mi meta tiene un nombre.
No más carreras locas ni vanas utopías
que deforman las alas. Soy solamente un hombre
que se consagra a Cristo con las manos vacías.

Renuncio a la locura del mundo y su falacia,
a los burdos caprichos, los hábitos paganos,
a los dioses de barro que dispensan desgracias
desde sus negros cetros, con sus indignas manos.

De ahora en adelante me considero libre,
discípulo del Verbo, pecador redimido
que con plena conciencia de su real calibre,
clama al claustro paterno con un nuevo latido.

No quiero que mi nombre se una a la porfía
de los que buscan darle de baja al Creador
–mundo afónico y vano que entonas tu vacía
canción para un mañana cada día peor–

No apadrino herejías, no respondo a otros credos
ni me tienta el aroma del detestable pan
que indigesta los egos y se pudre en los dedos
de aquellos que sin Cristo se jactan de su Adán.

Si así me quieren, basta. Si me desprecian, sigo.
Nuevo Jacob, me prendo de la escala divina.
Tengo el cielo por meta y a mi Dios por testigo
y me alumbra la llama de su humilde doctrina.

De ahora en adelante, soy hombre muerto. Un punto
final para el absurdo. Cesó la seducción.
Bajo el árbol maldito vivo como difunto,
alerta ante la fruta que pudre la razón.

No importa que me cierren las puertas en la cara.
Mi fe no me avergüenza. Me juzgará otra ley.
La Verdad me ilumina, su justicia me ampara.
Soy un súbdito eterno de mi único Rey.

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El iluso

A un drogadicto

Perdió su facultad de ver el cielo
–pues el cielo se opaca tras el vicio–
y empezó a frecuentar el precipicio
como un pez deslumbrado ante el anzuelo.

Rehén de la injusticia y del engaño
y esclavo de su sed insatisfecha,
jugaba a posponer la magna fecha
de su liberación, año tras año.

Y aquella vida, un día luminosa,
perdió su semejanza a lo divino.
Y se sentó en el borde del camino
a despedir la sombra de su esposa.

La estadística es parte de la historia.
He aquí el triste epitafio de otro iluso
que destruyó su vida por abuso:
“Murió dándole vueltas a la noria”.

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Soñé

Soñé que amanecía en plena noche,
que florecía el páramo invernal,
y que tú sorprendías mis almenas
con flechas de cristal.

Soñé que el universo resumía
todo lo incomprensible de su luz
en una sola estrella. En una sola.
Y esa estrella eras tú.

Y luego desperté desconcertado,
sin flores y sin flechas y sin sol.
y comprendí, llorando cabizbajo,
que sólo puedo amarte en solitario.
Y la noche fui yo.

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La flor

Debajo del andamio de mi vida
ha brotado una flor que cuido tanto
que cuando es necesario riego en llanto
para que se mantenga bien erguida.

Es una flor de débil apariencia,
que sólo abre de noche, que perfuma
hacia dentro y en medio de la bruma
puede guiar con su luminiscencia.

El mundo la contempla con recelo,
el otoño la acosa prepotente
sin rozarle ni un pétalo y se ve

cada día más pura porque el cielo
la rocía de luz secretamente.
Y esa es la flor bendita de mi fe.

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Tú eres
 
A mi esposa

Tú eres mujer, tan parte de mi vida
que eres mi propia vida rescatada
del dolor y esa antigua y desolada
sensación de distancia, al fin vencida.

Tú eres la espuela que me llama al brío
y a la vez el panal de la dulzura
que me cura del tedio y que me cura
con saber que lo tuyo se ha hecho mío.

Es tan fuerte esta unión y tan perfecta
que cada parte tuya se ha hecho parte
de mi propia existencia y ya no hay dos.

Una idéntica fuerza nos proyecta
y el privilegio de poder amarte
me confirma la fe que tengo en Dios.

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Tríptico amargo

I

Cuba es más que dolor, Cuba es demanda
de justicia, es un nudo en la conciencia
que prueba nuestra fe y nuestra paciencia,
una rebelde llaga que se agranda;

es el espejo frío y malogrado
que antaño reflejaba el infinito
en el que hoy se proyecta el turbio mito
de un héroe que no es otro que el malvado.

Definitivamente, Cuba es duelo,
campana enronquecida, y es suspiro
que desgarra el pulmón de nuestras almas

y que nos lleva a reinventar el cielo
con persistentes sueños de zafiro
y la visión de un noble edén de palmas.

 

II

Nuestra espera es tenaz y dolorosa
pero nos hace imaginar el día
en que al fin cesará la apostasía
y el muerto será libre de su fosa.

Cuba saldrá del fango renovada,
blanca, roja y azul, llena de espuma
como un barco surgido de la bruma
que descubre una idílica ensenada.

Martí será Martí sin tintes falsos,
la patria será madre y no verdugo
y Cristo será Rey, no fugitivo.

Quedarán de recuerdo los cadalsos,
y será un reto, al deshacer el yugo,
volver a la paloma y al olivo.

 

III

Bajen a Cuba de la cruz, que es hora
de liberar al puelo sometido,
del mal, la humillación y el alarido
y entronizar la lumbre sin demora.

Saquen los negros clavos de sus manos,
Saquen  los negros clavos de sus pies
porque hay que devolverles, justo es,
la dignidad a todos los cubanos.

Hagamos una zafra portentosa
para reivindicar en cada caña
el azúcar que hoy sabe a sangre y duelo;

y tras restituir la blanca rosa,
desterremos la sombra y la cizaña
y rescatemos nuestro amado suelo.

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Profecía

Los años me pesiguen como cuervos hambrientos
y barren con los frutos de mis campos.
Hace ya tres mil años que no duermo,
pero yo sigo andando
por el borde de eternos precipicios en sombra;
ni habito en el abismo, ni hallo paz en el llano.

Soy el maestro de los laberintos,
el navegante del perenne arcano.
Prófugo reincidente de mis torpes instintos,
desciendo de la arcilla y me sublimo en vaso.

Sigo perdido en medio de la niebla
en el bosque habitado por terribles espacios
donde la duda puebla
cada rincón con hojas que hieren como cardos.

Me asombro ante la luz porque me asombra
su intangible contacto.

He habitado la gruta,
he descendido al pozo y bebido el amargo
licor de de la penuria sin encontrar la ruta
que pueda rescatarme del tedio cotidiano.

–He vislumbrado en sueños la gran ciudad dorada.
donde se hará más clara la razón del arcano–.

Y me sostiene un buen presentimiento
que a pesar de la muerte me ilumina el costado:
no sé cuándo ni cómo,
pero pronto y de pronto, seré resucitado.

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¿Qué queda?

Después de tanto andar, Señor, ¿qué queda?
¿Qué queda tras el hueso adolorido,
esta preocupación por el olvido
y nuestra juventud que ya está en veda?

¿Qué queda tras la carne que se agrieta,
la batalla entre océano y desierto,
el maratón con su final incierto
y el destino final del buen atleta?

¿Qué queda? Realmente ¿qué cociente
en esta división de muerte y vida,
comprobante de venta y pagaré?

¡Queda el fuego prendido en nuestra frente
que trasciende el misterio y su embestida
gracias a la crecida de la fe!

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Puedo

Espérame, Señor, que ya no quiero
quedarme rezagado como antaño.
Yo puedo cargar cestas, traer peces,
marchar cuando lo estimes necesario...

Puedo limpiar el fondo de la barca,
remendarte las redes mientras canto
o guardar tu calzado al pie del monte
cuando subes a orar en solitario.

Puedo llenar con agua fresca y pura,
hasta el borde, la hilera de los cántaros
que al dulce mandamiento de tu voz
llenarán de buen vino cada vaso.

Puedo llevar mensajes a los otros
que no saben que en un humilde establo
nació la Luz y aún andan en penumbras.
¡Yo quiero ser, mi Dios, tu humilde faro!

Pero espérame. No camino aprisa,
me desoriento a veces, otras caigo
por no mirar al frente como debo...
y me distraigo, es cierto, ante el sagrario.

Pero sé, sé que puedo con tu gracia
librarme del congénito letargo
que me me lastra los pies y que me deja
al fin de cada tarde, rezagado.

Puedo llegar hasta el brocal del pozo
y darte de beber; salir al campo
a buscarte higos frescos, y en los pueblos
traerte a los enfermos desahuciados.

Espérame, Jesús. Y si no sirvo
más que para remiendo de tus paños...
¡déjame ser un hilo, sólo un hilo
del último doblez de tu sudario!

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La muerte del tirano
 
Morderás el terror cuando tus ojos
se nublen por el velo de la muerte,
sin turba que respalde el acto: solo
ante al Dios que tendrás que ver de frente.
Allí, sin comité que te defienda,
policía política o verdugo
te sacarán la inevitable cuenta
de la sangre que debes. Sin recurso
te tendrás que tragar el veredicto
y agachar la cabeza ante la lumbre
que herirá tus pupilas de proscrito.
El hedor penetrante del azufre
te dejará saber que ya se acerca
tu silencio total. Total esclavo
sin nadie a quien culpar y sin protestas,
un bloqueo de luz te hará pedazos.
Temblarás. Temblarás ante la hora
final inevitable, amargamente,
mientras ruedan los tuyos a la sombra.
Y despojado de tus negras hordas
¡vivirás entre sombras para siempre!

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Dr. Jekyll

Doctor Jekyll, la fórmula es sencilla:
viva lejos de Dios para que el ego
se vuelva una terrible pesadilla
y arroje por las fauces humo y fuego.

Su pócima, sin duda, está obsoleta.
Su oscuro lado ¿a quién produce susto?
¡Pululan mil terrores en probeta
que mantienen los Cielos a disgusto!

Ejércitos de “Hydes” hoy hacen galas
de su monstruosidad. Y eso no es todo.
Se quieren sindicar. Sus obras malas
-dicen- son sólo el bien hecho a su modo.

Doctor, desde el momento en que se olvida
que debemos de amar y de servir
no somos más que monstruos en la vida.
¡No es necesario un trago de elixir!

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Amor de siempre

Mujer y veladora de nuestro humilde nido,
eres la flor callada que en silencio perfuma
–amor que antaño fuiste mi sol agradecido
y que hoy tan dignamente te revistes de luna–.

Es decir, novia mía, esposa mía, amada
que compartes a un tiempo mis luces y mis sombras,
mujer para mi lucha, mujer para mi almohada,
parece que renazco cada vez que me nombras.

Inevitablemente nos reviste el otoño,
pero el ansia no mengua su fuerza atemporal
por eso yo aún te miro como el bello retoño
que deslumbró mis ojos con su piel de cristal.

Te quiero por rebelde, te quiero por pasiva,
por el hondo contraste de tu tierra y tu fuego,
tu fuego que mantiene nuestra promesa viva,
tu tierra agradecida, de la que soy labriego.

No quiero imaginarme cuando el tiempo, apenado,
deshaga el débil hilo que tan fuerte nos ata;
yo seguiré escribiendo, seguiré enamorado
pensando que la ausencia tan solo es una errata.

De cualquier modo, amada, te aguardaré sereno
pues aunque estemos solos, siempre estaremos dos.
Y habrá otras dimensiones para este amor tan pleno
que podrá perpetuarse sólo en manos de Dios.

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De papel

A Luis Mario, con mi admiración y afecto.

Mi mano de papel sólo la tiendo
para aquellos que considero amigos
y cuando lo hago pongo por testigos
a la luna y el sol que me están viendo.

Por eso con mi mano ya tendida
–no cortés, sino fiel sello sagrado–
te agradezco tu noble apostolado
de sembrar amistad en esta vida.

Llegan sol, mar y luna de testigos.
¡Es tan grande tener buenos amigos!
Sé invitado de honor en mi bajel,

porque gracias al soplo de tu viento
has logrado impulsar, en un momento,
mi inevitable barco de papel.

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Acusado

Mujer,
me acusas de no quererte
como te debo querer,
que miro de otra manera
como el que mira y no ve,
que me he vuelto reservado,
que ya el color de tu piel
ni me invita a la caricia
ni me logra enloquecer;
que me muestro triste, huraño,
que no te he vuelto a traer
los claveles que a tu lado
hacías palidecer;
que me vendí de una forma
y que hoy soy otro y ya ves
que no te respondo y sigo
siendo el mismo que fui ayer.
Me acusas de estar matando
nuestro amor ¡yo que forjé
el pedestal donde puse
el cristal de tus dos pies!
Mira...
Mejor que no te conteste
pues no te quiero ofender
ni clausurar nuestra historia
con un epitafio cruel.
Me acusas de tantas cosas
que ni tú misma te crees...
¡pero lo que tú no sabes
es que yo te vi con él!

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Muertos

Entre muertos vivientes
vivimos nuestra fe,
Y morimos creyentes.
Es lo único que sé.

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Secreto

Tú eres amor, divino secreto de la noche
que, por deshilvanarte, me deja sin estrellas.
En ti se hace patente mi razón de ser hombre
que escarba en el profundo corazón de tu tierra.

Desde el ancestro fiero reclamo tu contorno,
busco como un salvaje tu fecunda caverna
donde pinto un futuro cargado de retoños,
prole de cazadores que poblarán la tierra.

¡Noble cuerda del arco tensa hasta el infinito
hacia ti me dispara, cual lumínica flecha,
para asestar mi golpe sediento y masculino
sobre tu flanco ardiente de deliciosa cierva!

Tu aroma me seduce y caigo en tus honduras,
me arrastras a tus cumbres, me invocan tus praderas
y en mágicos rituales que encubre la penumbra
rodamos locamente sobre blancas estepas.

Nocturnos paroxismos nos arrastran al fuego,
frenéticos danzamos ante lentas hogueras
al ritmo de tambores que exaltan nuestros pechos
mientras borran mis labios tu pintura de guerra.

Por fin, descarga el alba su pedernal y enciende
las cortinas de fuego. La paz se despereza
en nuestra alcoba llena de ternura reciente
y guardamos las armas hasta otra luna llena.

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Mi patria

Mi patria es un mañana de gloria sobre espuma,
un canto de esperanza que estallará en la tierra,
el restablecimiento de enfermas coyunturas
que dará a nuevos brazos libertades perpetuas.

Mi patria será el mártir rescatado del lodo
con su nueva camisa cuajada de luceros
y una chispa naciente de sus profundos ojos
que podrán disfrutar horizontes abiertos;

será el lento bostezo de un gran campo de caña
que llenará de azúcar la médula del hombre
y el reposo sagrado debajo de una palma
sin que el terror aceche los gastados talones.

Mi patria es la promesa de un pueblo cristalino
cuya paz será el lienzo de ese cuadro perfecto
en que los ciudadanos cumplirán sus designios
sin tener que abrocharse guayaberas de hierro.

Y habrá un resurgimiento de niños sonrientes
que podrán recrearse con pueril alegría
y sentirse orgullosos de la estrella en la frente,
de Martí, de Maceo, de Dios y de la vida.

Mi patria tendrá escuelas y educadores dignos
que forjarán conciencias sin doctrinas perversas
y será patrimonio natural de sus hijos
que hoy se ven marginados por injustas fronteras.

Mi patria será todo lo que puede ser noble,
lo que puede ser puro, lo que puede ser claro
por eso, a la salida de esta trágica noche
podremos levantarnos y gritar sin rencores
“¡Gracias a Dios, mil gracias, por ser libre y cubano!”.

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Sara

A Sara Martínez Castro
con mi admiración, respeto y amistad.

La vida tiene un revés
que tú transfomas en luz
cuando pintas a trasluz
con tu verso. Tú eres mies
que florece en lo alto y que es
poesía que desciende
al corazón y que prende
el alma como una hoguera
y arde como enredadera.
–Eres a un tiempo hada y duende–.

En ti el pesar, hecho flor,
se transforma en una aureola
que rompe como una ola
sobre el muro del dolor
y lleva el alma a un hervor
de profundo sentimiento
que perfuma como un viento
lleno de melancolía
que guarda para otro día
la sustancia del lamento.

Tú laboras con la ausencia
como una noble hilandera
que borda la primavera
para un mañana en presencia
de su amor; luminiscencia
que llena tu alma de flores
cuando juegas con colores
que pintarán tu mañana
desde tu abierta ventana
que mira a mundo mejores.
Te sumerges en el verso
y en tu soledad madura
y te pierdes en la hondura
de este mundo y de su anverso
dejando para el reverso
tu más alta poesía,
cuando llegues a ese día
en que al final del sendero
Dios te reponga el tintero,
el papel, y la alegría.

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Rastro

Voy siguiendo tus pasos muy de lejos,
descifrando tu estela ensangrentada
y el rastro de tu cruz que en el terreno
serpea y se disipa en la distancia.

Quiero encontrar tus sienes espinosas,
el divino refugio de tus llagas
y el olor a vinagre de tu boca
que puede perdonar mis muchas faltas.

¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Se hace de noche
y no quiero acampar. En la montaña
pude escuchar a mudos dando voces,
vi a ciegos que estrenaban la distancia,

a leprosos besar sus propias manos,
y a sordos bautizarse en la palabra.
¡Y vi muertos salir del camposanto
volviendo jubilosos a sus casas!

Voy detrás de tu voz que aplaca mares,
buscando curación para mi alma
y un corazón partido en dos mitades
que tiene aroma de hostia consagrada.

Sé que estás más allá, pero te busco
con hambre y sed, exhausto por la carga.
–Me hablaron de un madero al fin del mundo
donde la Vida fue crucificada–.

Yo sé que te hallaré, que al fin tus manos
remendarán mis redes malogradas
y me harás reposar de este cansancio.
Y cuando al fin te alcance... ¡será el alba!

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Puente y río

De ahora en adelante seremos puente y río,
no un río caudaloso ni dos formando un puente.
Rompiste mi equilibrio de fuego con tu frío
y sorpresivamente te fuiste en la corriente.

De ahora en adelante te miraré de arriba.
Como agua fugitiva, ya no me perteneces.
Cuando quise beberte te mostraste evasiva
y te me evaporaste del alma muchas veces.

Por eso he entretejido con hierro mi esperanza:
metálico por dentro, me muestro envuelto en piel.
Por noble, me concedo la única venganza
de desdeñar un cauce que amarga como hiel.

Ni con sed ni sin ella descenderé a tu orilla.
De lejos ¡quién sospecha que arrastras tanto lodo!
No vuelvo a tu ribera para hincar la rodilla
ni aunque sepa que tu agua me curará de todo.

De ahora en adelante seremos río y puente.
Yo un puente solitario, tú un río siempre infiel.
Por noble, me concedo callar ante la gente
que siendo río, a veces te vuelves un torrente
para arrastrar al hombre que va a beber en él.

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Envidias

Envidio la inconsciencia de la piedra.
¡Quién sabe si también soy envidiado
por alguien más consciente que me observa
desde otra dimensión como a un gusano!

Es mi primera envidia. La segunda,
la insensibilidad del vegetal.
Vivir sin la condena de la duda...
¿Será el rocío un modo de llorar?

Por último, me resta la más negra
de todas mis envidias, la más cruel:
quisiera, cuando doy de cara en tierra
y hasta conmigo mismo estoy en guerra,
cambiar, como la víbora, de piel.

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Comunión

Me llaman en la noche, pero ¿quién? ¿Desde dónde?
Siento el pulso indeciso de una mano tendida
que me busca. Pregunto, pero nadie responde.
¿Se trata de un encuentro o de una despedida?

Puedo escuchar latidos perdidos en la niebla
quizá el abatimiento de un corazón desierto.
Un hondo pesar llega de lejos y me puebla
de angustia como si alguien se hubiera herido o muerto.

¿Quién es?¿Quién es? ¿Quién busca compartir esa carga
demasiado pesada, ese andar lastimoso?
¿Por qué un dolor ajeno me conmueve y me embarga
sumiéndose hasta el fondo de mi alma, como un poso?

Amigo que has quebrado tiempo, espacio y destino,
¿por qué ignoto misterio floto en tu marejada?
Trenzados, deambulamos por el mismo camino
pero mi carga es leve y la tuya pesada.

Recibe mi mensaje de luz sobre tu noche
quebrando a contragolpe tu espejo de suicida;
tu soledad inmensa no merece reproche
porque solos llegamos y dejamos la vida.

Calla, escucha y comprende que ambos somos el mismo.
Nuestro dolor se alivia compartido entre dos.
Yo también he clamado desde el profundo abismo
y he sido rescatado por la mano de Dios.

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Más

Hoy quiero amarte más que nunca, hoy quiero
verter mi corazón sobre tu carne,
hacer de ti un altar para mi fuego.
Navegando al torrente de tu sangre,

cumplir el recorrido de tus venas,
anidar tus más íntimos rincones
y delirante, amor, hacerte entrega
de mi última partícula de hombre.

Quiero romper en ti mi larga cresta
de ola brutal que muerde acantilados,
desatar en tu vientre mi marea
de plenilunio loco y desatado

para que nuestros cuerpos, sumergidos
en mares de caricias y de sueños,
trasciendan la rutina en que vivimos
desde el refugio de un edén de besos.

Hoy te quiero amarrar y ver cercana
durante el torbellino de mi furia
sobre el altar que pinta nuestra cama.
Y después de sembrarme en tus entrañas,
amarte, vida mía, más que nunca.

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Trofeo

A Guillermo Cruz

Mereces un trofeo de papel
por gaucho y por amigo.
Tú has convertido nuestro humilde trigo
en milagroso pan sobre el mantel.

Has perforado luces generosas
por las que asoma nuestra poesía
que asciende hacia la cumbre, de la umbría,
multiplicando todas nuestras rosas.

Tu arcoiris magnánimo dispersa
en prismáticas voces nuestros versos
por antes imposibles universos
con los que hoy nuestra voz canta y conversa.

¡Gracias, gaucho! Recibe un fuerte abrazo
de papel, sello fiel de una amistad
que agradece tu generosidad:
con este literario espaldarazo.

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El hacha

Mujer, voy a podarte como se poda un árbol
bajo el que disfrutamos entrañables momentos.
Cada rama que tronche será como un pedazo
de mi amor astillado que acabará en el fuego.

De tanto haber vivido debajo de tu copa
conforme con el rayo que tú me concedías,
me acostumbré a una pobre porción bajo la sombra,
me arrebataste el cielo, la luz y la alegría.

Te propuse mi tierra y en mí echaste raíces,
te regué y floreciste con flores de cristal
pero se me rompieron cuando tú me las diste
porque nunca quisiste dejarlas perfumar.

Me condenaste al musgo. Como un escarabajo
viví, anidé en cavernas, sangré con los espinos...
Gracias a tu desprecio me has hecho fuerte abajo,
me has convertido en hacha sin yo haberlo querido.

Tal vez, mejor te tale –es mucho más rotundo–
para que ni siquiera puedas reverdecer.
No me embriaga tu savia ni le temo a tus nudos.
En breve tu recuerdo será leña a mis pies.

Pero en definitiva, voy a desarraigarte
pues, para que lo sepas,
no quiero que perduren vestigios ni señales
que puedan recordarme que ayer yo fui tu tierra.

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Yo escribo

Yo escribo como un árbol que puja su retoño,
como el herrero templa su acero en el taller,
y entrego en cada verso fragmentos de mi otoño,
flores que perfumaron las calles de mi ayer.

Y será mi legado para generaciones
que aún duermen en la noche de un cierto porvenir
estas simples palabras que –como corazones
ebrios de tinta– nunca cesarán de latir.

Es pues, inevitable, mi hondo compromiso:
en esta abigarrada colmena de papel
con la pluma y el verso, forjo este paraíso
–muchas veces de acíbar, pocas veces de miel–.

Os cedo las cenizas de una pálida vida
que vio a Dios a retazos desde su tragaluz.
Dejo el buen testimonio de mi profunda herida
convertida en vivero de semillas de luz.

Os escribo estas líneas, hermanos del futuro
para poder tenderos mi mano sin cesar.
¡Os prometo una letra pintada sobre el muro
que pueda revelaros dónde queda la mar...!

Mientras tanto prosigo. Cuando llegue el momento
de cerrar el cuaderno sobre el frío mantel,
cesará mi legado. Lo sabréis por el viento
que os dirá: “Jorge Antonio se fue por sotavento
capitaneando solo su barco de papel”

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