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El pasado 13 de junio se cumplieron 130 años del nacimiento de Leopoldo Lugones, en la villa del Río Seco, en la provincia de Córdoba, Argentina. Inexplicablemente, el poeta se suicidó en Buenos Aires el 18 de febrero de 1938. La primera de sus obras dada a conocer fue el poema “Los mundos”, que recitaba en el teatro Rivera Indarte a la edad de 18 años, época en la que ya dirigía El Pensamiento Libre, un órgano anticlerical y anarquista, aunque su madre lo había educado en la religión católica.
No se puede pensar en Lugones como en un pensador firme en una sola filosofía. Sus cambios de criterio eran frecuentes, y lo único verdaderamente firme en su vida fue la Poesía, a la que entregó todo su talento creador y en la que dejó impresa una obra monumental.
Antes de cumplir 20 años Lugones se inscribe en la Guardia Nacional y publica sus poemas en Córdoba firmados con el seudónimo de Gil Paz. No obstante, debió darse a conocer como Gil Guerra, porque en 1895 fundó el primer centro socialista del país y provocó huelgas estudiantiles. Estas actividades lo llevan a unirse al grupo de José Ingenieros, Roberto Payró y Ernesto de la Cárcova, con quienes funda el diario La Montaña.
La vida de este genio de la palabra fue sorpresiva. Ni siquiera terminó el bachillerato, que empezó a estudiar en el Colegio Nacional de la ciudad de Córdoba; y, sin embargo, logró una inmensa cultura autodidáctica que incluyó las matemáticas, y fue un erudito en historia, geografía y, por supuesto, literatura.
Alrededor de sus 22 años de edad se muda a Buenos Aires, y tres años después trabaja como jefe del Archivo General de Correos y Telégrafos. Viaja a Montevideo como delegado del Congreso Científico Latinoamericano, y en 1903 el gobierno le encomienda la tarea de estudiar las ruinas jesuíticas. En 1906 es enviado a Europa a hacer investigaciones sobre el desarrollo de la Pedagogía, y en 1914 dirige en París la Révue Sud-Americaine, ya para entonces amigo de Rubén Darío.
Fue Leopoldo Lugones un hombre muy discutido. Después de la Primera Guerra Mundial se expresa a favor del fascismo y exclama la frase famosa que se convierte en su peor enemiga: “Ha sonado, para bien del mundo, la hora de la espada”. No obstante, nunca se retractó de ella. Durante casi toda su vida escribe en el periódico bonaerense La Nación. Desde esas páginas se pronuncia antimarxista en 1922, y se burla de esa letal filosofía política, retornando al catolicismo que su madre le había enseñado de niño. Dos años después viaja a Lima con motivo del Centenario de Ayacucho, y José Santos Chocano lo llama muy justamente “maestro de maestros”.
Este poeta sirvió a su país en muchos frentes, y en 1926 se le otorgó el Premio Nacional de Literatura. Su poesía le había dado un gran impulso al modernismo hispanoamericano, y su obra cabe en el marco de tres adjetivos: grandiosa, vital e insoslayable.
Entre sus libros en prosa cabe mencionar La reforma educacional, 1903; El Imperio Jesuítico, 1904; La guerra gaucha, 1905; Historia de Sarmiento, 1911; El ejército de la Ilíada, 1915; Las industrias de Atenas, 1919 y La torre de Casandra, 1929. Pero a pesar de toda su copiosa cultura presente en esos y otros libros, no hay como sus obras en verso, en las que vertió poemas de tan esmerada técnica como “Himno a la Luna”, 403 versos supuestamente amétricos, pero forman un torrente lírico que fluye sin tropezar con el dique de ningún acento obstruccionista. Dentro de ese poema brillan 38 decasílabos de una sola emisión silábica, como “gravitación de tus siete soles”, “hundió un excéntrico descalabro” y “cristalinamente en su laguna”.
Muchas experimentaciones métricas ensayó Lugones, pero en sus Odas seculares de 1910, retoma el poder de la versificación tradicional, y le regala al idioma su oda “A los ganados y las mieses”, con una extensión de mil quinientos versos endecasílabos:
...Allá en la luz del horizonte inmenso,
como una parva de gavillas blondas,
un nubarrón magnífico progresa
evocando doradas Babilonias.
Y el agua celestial de que se nutre
parece anticipar en altas glorias,
la justicia del cielo embellecido
a las futuras patrias de concordia.
Además de ese deslumbrante libro de las odas, Lugones publicó los siguientes títulos en verso: Las montañas del oro, 1897; Los crepúsculos del jardín, 1905; Lunario sentimental, 1909; El libro fiel (poemas a su esposa Juana González), 1912; El libro de los paisajes, 1917; Las horas doradas, 1922; Romancero, 1924; Poemas solariegos, 1928 y Romances del río seco, 1938.
El contraste del Leopoldo Lugones poeta radica en los extremos a los que llegaron sus versos, desde la sencilla ternura hasta la suprema majestuosidad. Por eso al analizar la raíz estructural de su poesía, se descubre en seguida al maestro total con absoluto dominio del idioma. Maestro de las odas enciclopédicas, pero también de una poesía popular de envidiable tecnicismo, como las tres estrofas de “Olas grises”:
Llueve en el mar con un murmullo lento.
La brisa gime tanto, que da pena.
El día es largo y triste. El elemento
duerme el sueño pesado de la arena.
Llueve. La lluvia lánguida trasciende
su olor de flor helada y desabrida.
El día es largo y triste. Uno comprende
que la muerte es así, que así es la vida.
Sigue lloviendo. El día es triste y largo.
En el remoto gris se abisma el ser.
Llueve. Y uno quisiera, sin embargo,
que no acabara nunca de llover.
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