LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

Indice
Tenía
Guardiana
Érase un corazón...
Regalo enamorado
Mi diestra sembradora
Detalle
Nuestra casa
Veinte años
12 de octubre de 1492
Diana de Gales
Weekend con el Señor
En la Misa
Divina lección
Robert Daniel
Golpes de ausencia
Cuando yo vuelva a Cuba
Cuba
Para que no estés triste
No lo toquéis
El milagro
Mis dos novias
Remembranzas
Entre dos años
Bíblica
Dorada década
Divino juglar
Esta mujer...
Descubrimiento
Mujer-Mujer
Sinfonía en sol
Nosotros
Dualidad
Bolívar
Juana de Ibarborou
Credo
Moreno Torroba
Padre
Tránsito
Prófugo de la sal
Impacto
Rubia
Algo irremediable
Razones
Dentro de ti
Éxtasis
Contagio
Alegato
Verde
Evocación anímica
Fusión

 

 

Tenía

Tenía el valladar de la voz hecha ritmo.
Tenía el verbo innato, burlador de las aulas.
Academia de tinta y de papel...
Pero algo me faltaba.

Tenía lo sensible como un escudo roto.
Tenía sobre el techo batallones de lágrimas.
Mi corazón era una esponja...
Pero algo me faltaba.

Tenía el respetable saludo del vecino.
Tenía pan y casa.
Muchedumbres de sueños perforaban mis noches...
Pero algo me faltaba.

Tenía en mi solfeo dos notas musicales.
Tenía el predominio de mi nombre y mi raza.
Doble siembra de sangre. Dos frutos en mi árbol...
Pero algo me faltaba.

Así, con mi destino encorbatado,
nudo de una modesta aristocracia,
esclavo de pigmeas libertades,
supe que algo faltaba.

Y en un pequeño parque, junto a un río,
-el río es un tenor vestido de agua-,
en una espera esdrújula,
esperándote, esperándote, Magda,
entraste en el pupitre de mi vida
como una alumna convertida en lanza.

Y los dos nos graduamos. Fue un examen
de una sola palabra:
Amor.
Amor en tu diploma y amor en mi reválida.

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Guardiana

Dispensario ambulante de recetas.
Guardiana con perfiles de mujer.
Mientras inflas con sueños mis maletas
mi sombra corre tras tu amanecer.

Va cojo el corazón sin las muletas
con que apoyas mis ansias de crecer.
Pared donde naufragan las saetas.
Guardiana del mañana y del ayer.

Guardiana del ayer y del mañana,
centinela, custodia, nido, amparo:
arquitecta de amor, joya cubana.

Sobre oleajes sin sol clama tu faro.
Te has ganado ese nombre de guardiana
y al filo de un soneto lo declaro.

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Érase un corazón...

...y el corazón de un hombre, en ocasiones,
es un pan desertor de las espigas.
Si como jinete hurta kilómetros,
como potro nació para la brida.
Sobrevive de fantasmas y sueños,
y es pescador de novedosas rutinas.
Puede ser un dechado de absurdos exteriores
y a la vez un compendio de mansedumbres íntimas.

Cuando se ríe de sí mismo
puede acabar burlándose de su propia risa.

...y el corazón de un hombre sin su tierra,
es un vacío sobre los zapatos
para rodar por noches sin estrellas.
Es un espejo abandonado por la luz
que retrata la nada de una queja.
Es el no redondeado en cada esquina
de clausuradas verjas.
Es el necio que busca claridades
tras unas gafas
irremediablemente negras.

...y el corazón de un hombre... ¿he de decir el mío?,
es un millonario-vagabundo.
Lo sabe la mujer
que diariamente riega mis arbustos.
La que ha bañado con su sonrisa
la dudosa alabanza de mis escasos triunfos,

y también la que en horas oscuras
ha llorado mis lutos.

-Gracias a ti, mujer, voy acorazonado
en la anchura estrecha de mi frágil mundo,
pero creciendo en otro corazón
de otoño sin escarchas,
con brújula y velamen, que es el tuyo.

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Regalo enamorado

Amor, en San Valentín
quiero regalarte un sueño:
es una Isla perdida
que ya viene de regreso
con sus mares agotados
y sus ríos cenicientos.

Amor, quiero regalarte
una nueva fe en mi pueblo.
Harapienta, pero digna,
Cuba brilla en los espejos.
Si la reflejan tus ojos
la siluetean mis dedos.

Amor, te traigo un regalo
el 14 de febrero:
una Cuba para un baile
de mulata sin complejos.
Y quiero darte también
un San Valentín isleño;
una promesa de mangos
que perfuman desde lejos;
la rosa blanca martiana
con las espinas de acero;
y quiero darte un escudo;
y el más niño de mis versos;
y la primera libreta
que emborroné en el colegio.

En la palma de mi patio
la voz de Cuba presiento,
porque sus pencas se empinan
como machetes de fuego.

Amor, cuando hablas de Cuba,
hay volcanes justicieros,
y noto que tu garganta
no acostumbrada al silencio
pone ruiseñores libres
a batallar con el viento.

Amor, quiero regalarte
un adiós para el destierro,
un puñado de esperanzas,
una bandera y un beso.

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Mi diestra sembradora

Sembrar puede cualquiera. Una semilla
es una miniatura entre los dedos.
Puede volverse una explosión de rosas,
un gigante de cedro,
una sencilla dosis terapéutica
o el trigo del pan nuestro.

Sembrar puede cualquiera. Una semilla
puede volverse cruz o cuna o techo.

Pero yo, que he nutrido mis raíces
con la lluvia filtrada de tus besos,
vivo bajo la sombra de tu siembra,
y son mis versos
frutos de tu faena agraria
que charlan con el viento.

Estás en este espacio de mi vida
donde impregnas tu incienso.
Tu amor llena de brisas marineras
los pulmones exhaustos de mi tiempo.

Y claro, sembradora lo es cualquiera.
Una semilla es algo minúsculo en los dedos...

Pero velar el surco.
Ser guardiana del mágico proceso.
Luchar con el abono diario
y con la mística ilusión del riego.
Aguardar por el parto de la tierra.
Participar de su misterio.
Ver que la vida crece, crecer con esa vida
y transformarse en sol, oxígeno, sustento:
Eso es ser algo más que sembradora.
Y tú eres eso.

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Detalle

Tan tuyo es tu reír que no empalaga.
Tan tuyo es tu mirar que no acoquina.
Puedes ser novedosa en tu rutina
y a un tiempo vas delante y a la zaga.

Contraste de tu mano simple y maga.
Diferencia de un ala que camina.
Eres la pasajera, la inquilina
de un velero de amor que no naufraga

Eres... yo ya ni sé lo que tú eres.
Más mujer entre todas las mujeres. T
echo, pared, decoración y alfombra.

En el teclado azul de las estrellas,
tan personal en mí, como mis huellas.
Tan personal en mí, como mi sombra.

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Nuestra casa

Tendrá blancura interior
como un pétalo al revés,
será un palacio vienés
por un milagro de amor.
Cuatro paredes en flor
pondrán luz en los espejos.
Dos ventanales perplejos
libertarán al idioma,
cuando los cruce el aroma
útil de los libros viejos.

Tendrá paredes soleadas,
cuadros, lámparas, archivos
y versos sin adjetivos
adornando las entradas.
Nunca serán demasiadas
sus horas para los dos,
ni habrá que decirle adiós
por ingratas experiencias,
porque no habrá interferencias
entre nuestro techo y Dios.

Tendrá un patiecito breve
con unas pocas raíces,
una cerca sin tapices
y un paraguas por si llueve.
Empezará con el nueve
su número en el portal.
Y al frente, como un mural,
erguida sobre el asfalto,
Cuba gritará su alto
suspiro de palma real.

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Veinte años

ya te canté, señora,
19 febreros de venturas.
Descendiste a mi verso hora tras hora
y yo trepé al balcón de tus ternuras.

Balcón que fue de luz más que de ensayos,
laboratorio de ilusión y vida,
en mi solicitud de pararrayos
tu amor relampagueante fue guarida.

Y no hay palabra, grito, eco,
mensaje, trino o trueno, rumor, voz de jilguero
-telefax del amor y del lenguaje-

que como sabio y pertinaz testigo,
describa este vigésimo febrero
mis dos últimas décadas contigo.

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12 de octubre de 1492

Gracias, Colón, por el Descubrimiento.
Y gracias, porque gracias a tu viaje,
América mantiene en su equipaje
a Cristo, que es amor izado al viento.

Gracias porque tu mar trajo el aroma
de un Cid, que es nuestra espada en la pelea;
gracias, porque mi plasma deletrea
la frutecida carne de este idioma.

Gracias por tu intuición terca y marina,
por escoger a España de madrina
y regalarle todas tus audacias.

Por los quinientos años, alta historia,
y por la hispanidad, licor de gloria,
este ex indio, Colón, te da las gracias.

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Diana de Gales

Tú no seleccionaste tu destino.
Alguien posó su dedo en tu cabeza
y te injertó ramajes de realeza:
falsa consagración sin pan ni vino.

Acaso te escogieron para el trono
por la bondad en flor de tu semblante,
y hasta parir un rey te fue humillante
porque libaste hieles de abandono.

Bonita como el arte de un sinsonte.
Lejana como un filo de horizonte.
Generosa con hábitos de hada.

Fantasma musical. Flor indecisa.
Fuiste tremendamente desdichada
como la clonación de una sonrisa.

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Weekend con el Señor

Al Padre Florentino Azcoitia, S.J.

Un poco a la deriva,
viciado de tormentas,
con brújulas que han sido
tatuajes en la piel de mis fiaquezas,
sentí una sed de cielo
pegada al paladar como una hiedra,
cuando un agua cristiana
me bañó la pared de las arterias.

Y “aquí estoy” -dije entonces-, apagado
en la noche con mi falsa linterna.
Callado como un río sin garganta.
Humilde como un átomo de yerba.
Cuerpo prefabricado de rodillas,
porque no existe otra manera
de llegar al Señor de los señores
y de guardar semillas en su tierra.

Y allí estuve,
limosnero del aire sin monedas.
Espeleólogo fiel del alma propia.
Sin horario, sin fecha.
Una ruta con huellas de sandalias.
Reflexión en la misa y en la mesa.
Fin de semana con mi Biblia al hombro.
El Kempis con mis lágrimas a cuestas...

Y la luz en el noble cayado de Loyola
en la Casa Manresa.

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En la Misa

“...pero una palabra tuya bastará para sanarme...”

...las voces desde la misa
vierten ecos especiales,
y no todos las escuchan
sin que se sientan culpables.
¿Cómo acercarse al Señor
con la pureza del ángel
si fuimos hechos de polvo
y el polvo se volvió carne?

Por el Internet del alma
cruzan millones de cables,
unos llegan sin llamarlos,
otros se alejan fugaces,
y estamos frente a las teclas
como plumas en el aire.

Ciegos de dudas y andando
por caminos desiguales,
con vergüenzas interiores
y deterioro en la sangre,
“mi paz os doy” -dice Cristo-,
queremos la paz del Padre,
y nuestras imperfecciones
suplican el Pan y el Cáliz.
Señor, cuando yo penetre
tus oficinas bursátiles,
donde valoras las almas
con tus monedas triunfantes,
apiádate de mi buque
con sus excesos de lastre.
Como pecador yo sé
que he vuelto a crucificarte...

“...pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

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Divina lección

Crucifixión, pacto-herrumbre
entre el clavo y el madero:
el Hijo del carpintero
tuvo otro Padre en la Cumbre.
Borracha la muchedumbre
gritaba: “¡crucifixión!”
Pero el Santo Peatón
con la cruz abrió el camino,
y en el tallo del destino
fue la orquídea del perdón.

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Robert Daniel

Descendencia.

Hace menos de tres meses
eras la pulpa de un sueño.

Tus padres se preparaban
-vendimia después del riego-
y en el surco de tu cuna
mecían amor y acecho.

Un día, martes nocturno,
tu garganta hirió el silencio.
Fue un sol que salió de noche
igual que un juguete nuevo:
A mis ramas les nacía
un mango de terciopelo.

Hoy trastornan mis domingos
dieciocho millas de lejos.
Con la proa al suroeste
va mi volante de abuelo,
y hasta en el motor del auto
mi orquesta ruge un alegro...

Mi domingo de columpio
tiene el tamaño de un beso.

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Golpes de ausencia

Ascendencia.

No, no hizo falta el desengaño

de mi niñez distante de tus besos,
ni subrepticias escapadas
con una flor silvestre al cementerio.

No, no fue necesario
que estrangulara penas mi soga de silencio,
ni que fuera a la tumba campesina
para extraer tus restos.

No, tampoco hizo falta
que buscara tu imagen en todos mis espejos
y que siempre una sombra -esqueléticamente-
se llevara tu cuerpo.

Para quererte, padre,
fue mucho el sacrificio que se adhirió a mis huesos,
y ahora nada importa
para decirte que te quiero.

Te quiero, si, en el éter de tu adiós
prematuro, egoísta, lastimero...
A pesar del reproche por tu viaje
y a pesar de mis lágrimas de huérfano.

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Cuando yo vuelva a Cuba

Soy de esa extraña estirpe de cubanos
que no tenían tierras, ni dinero,
ni edificios, ni fábricas,
ni oro molido en los ingenios...
Sin embargo, fue mucho
lo que me arrebataron los traidores de enero:
lobos barbudos, diablos con medallas,
falsos libertadores del puñal al acecho.

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
el ancho muro de mi Malecón
donde yo iba a soñar
mis terribles insomnios habaneros.
O me sentaba a contemplar el agua:
húmeda pared que ahogaba mi silencio
y le vedaba el Norte a la impotencia
de encontrar libertad en el aire extranjero.

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
el Carnaval de Oriente
con su tambor y su aguardiente nuevo;
con sus mulatas de cintura ágil
y sus farolas de cintura al viento.
Donde el escándalo se hacía música
por el milagro oscuro de unos dedos,
que le arrancaban al tambor
un tridimensional temblor de espejos.

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
aquella risa de la gente humilde
que se metía hasta en los mismos huesos;
aquellos gritos de la abuela
que llevaba a la escuela un mar de nietos;
aquel “hasta mañana” de las noches
con luna en el alero, y aquellos “buenos días”
con el sol cocinándonos el pelo.

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
el pregón que violaba los balcones,
el pulso busca vida de mi pueblo;
las ventas en la calle de Muralla;
el peculiar silbato del cartero;
el ruido de tacones del Paseo del Prado
y el Capitolio Nacional con su brillante adentro.

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
el beso azul del mar
transmutado en la luz de Varadero,
playa que más que playa
se merece otro nombre: Privilegio.
Lugar único del planeta
donde los hombres pueden tocar el cielo.

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
una tumba en Oriente,
la del Martí poeta y habanero,
y una tumba en La Habana
del soldado oriental que fue Maceo;
el Parque de Máximo Gómez
donde vive a caballo el Chino Viejo,
y el cañonazo de las nueve,
que sacaba a los novios del éxtasis del beso.

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
la esbeltez linajuda de mis palmas,
-vírgenes sin destierro-.
Y los verdes gigantes en cuclillas
de mis mogotes pinareños.
Y los ríos, música mojada,
sinsontes amarrados a los cauces inquietos.
Y los lagos, donde las truchas
herían el paisaje saltando hacia el almuerzo

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
hasta la Ciénaga de Zapata,
que aunque era improductiva, era mi suelo;
los tinajones rigurosos
de un Camagüey agrícola, señorial y alfarero.
Y algo más quiero que me devuelvan:
aquel rezo
que nunca le escuchó la Virgen oriental
a mi rebelde juventud de ciego.

Cuando yo vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan, por ejemplo,
la historia real de los antepasados
que hicieron una patria de azúcar y de acero.
Será el orgullo de mis hijos,
la complacencia, acaso, de mis nietos,
y la risa criolla de mi Magda
llenará los arcones del ancestro.

Si, cuando vuelva a Cuba,
quiero que me devuelvan todo eso,
y además, otra tierra que no es mía
aunque yo soy su dueño.
Es un latifundio microscópico
que sufre en el tendón de mis recuerdos:
una cruz de madera:
y más de medio siglo de silencio,
donde está vivo el polvo abandonado
de mi padre muerto.

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Cuba

Te recuerdo,
en mis días y mis noches de nostalgias.
El exilio con su embrujo,
con su techo acogedor y su abundancia,
no te arranca de este pecho enamorado
de tu sol y de tus palmas;
de tu cuerpo, que es caricia seductora
por la piel de tus montañas;
de los ríos, que sudaban tu riqueza
como arterias de esperanza.

Más que música de rock,
el concierto de un guajiro y su guitarra...
(Seis agujas musicales
que cosieron tus costumbres en mi alma).
Más que playas extranjeras coqueteando en mis veranos,
la tersura sin salitre de tus aguas...
(Dulce oleaje te rodeaba la cintura:
hasta el mar pierde la sal en ciertas playas).
Más que el shopping pavoneando su atractivo,
el pregón de un vendedor en la calzada...
(Las ventanas escuchaban silenciosas:
ellas eran los oídos de las casas).
Más que Gershwin con su fiesta de instrumentos,
que me ofrezca su rapsodia un sinsonte en la mañana...
(El sinsonte suelta hamacas por el pico
y nos mece entre sus pliegues nuestras penas cuando canta.
Más que el fausto y la opulencia
alardeados desde un Cadillac,
que me acune en sus pasillos
el estrépito jocoso de tus guaguas...
(Aunque humilde tu transporte,
la sonrisa sobre ruedas cabalgaba).

Te recuerdo
con tus techos arbitrarios de inexacto crucigrama.
Vuelve pronto a tu palacio, Cenicienta,
que a las doce de una noche se durmió la democracia.
Abandona a la madrastra que se pudre en vodka y nieve;
no te importe que te miren como a rústica descalza;
que tu pie, sangrando plomo,
aún conserva en su contorno la hidalguía de tu raza.
Resucita con la espada y con el verbo,
que en San Pedro está tu brazo y en Dos Ríos tu garganta.
¡Vuelve digna, bella y libre!
¡Vuelve, patria!

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Para que no estés triste

pedacito de mundo abandonado
a la espuma sangrante del Caribe:
aún queda dignidad en ciertos hombres
para que no estés triste.

Sé que aúnan sus fuerzas
los Tartufos que ceba el mundo libre,
y absolviendo a culpables se empinan como jueces,
siendo sólo suicidas parlanchines.
Pero mira, también existen hombres
-corazones en ristre-
que brincan de consuno
y hacen temblar el yugo que te oprime.
(Yo me permito recordarte esto
para que no estés triste).

El mundo sigue siendo mundo a secas;
los buitres no han dejado de ser buitres,
pero el odio que agosta las flores y los frutos
no seca tus raíces.
Germinando en el surco de tu entraña indomable,
una simiente virgen,
espigará algún día con un grito: ¡A degüello!,
al compás de un machete inmarcesible.
(Patria, yo te refresco la memoria
para que no estés triste).

Espera... ten confianza,
aún quedan descendientes de mambises
despejando horizontes nebulosos
con disparos de cívicos fusiles.

Y aunque sucumban muchos
por las torvas pasiones de los buitres,
le arrancaremos su color al sol,
porque hasta el sol te ofende con dardos de rubíes;
secaremos los ojos de tus cuevas;
peinaremos tus palmas sin palmiche,
y cantarán los ríos
el Himno de Bayamo sobre tus cicatrices...
¡Para que no estés triste, Cuba mía querida,
para que no estés triste!

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No lo toquéis

A Modesto Vázquez, cubano sin tregua,
que me obsequió con un trozo del Muro de Berlín.

No toquéis ese Muro:
Es necesario su fulgor oscuro.

No destruyáis la línea divisoria
de ese puñal en medio de la Historia.

Ese Muro enemigo,
desmanteló la libertad y el trigo.

Raya entre el bien y el mal,
no rompáis ese símbolo de sal.

Ese Muro de sangre, paradoja oportuna,
servirá de vacuna.

No quebréis ese Muro, que la carne europea
fue vacunada con su hoz atea.

No borréis el paisaje de un pasado
derrotado, humillado.

Ese Muro murió de libertad
y es el espejo de la humanidad.

Preservad su terror hecho amasijo:
Perplejidad del hijo.

Mantened ese oprobio de concreto:
Germen de asombro para el nieto.

El Muro de Berlín,
aunque odioso, no debe tener fin.

Es bueno que los hombres del futuro
mediten ante el Muro.

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El milagro

Señor, clavaron la flor
casta de tu anatomía,
y al llegar el tercer día
se hizo perfume tu amor.
Tu cuerpo surgió, Señor,
incólume de los muertos;
y, al sembrar todos los huertos
desde una cruz de piedad,
te cupo la humanidad
entre los brazos abiertos.
Señor, una islita triste
perdió sus dones de hada
-alondra crucificada
en su jaula sin alpiste-.
Una corona reviste
de espinas su corazón;
es en tu admimstración
un punto en la lejanía,
pero sueña todavía
con una resurrección—

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Mis dos novias

Hay quien no tiene ninguna,
pero yo tengo dos novias:
Una es de tierra -mi patria-;
otra es de carne -mi esposa-.

La historia tuvo un comienzo
simple, como toda historia.
Me fui a nadar en el río
de las ilusiones locas,
y unas manos en la orilla
me escamotearon las ropas.
Mi sueño de escuela y libros
se fue poblando de sombras,
y hubo lunares de fuego
en mi juventud de esponja:
Lo que lograba en minutos
me lo exprimían las horas.

Y un día de esos que nacen
sin el beso de la aurora,
en mi islita de cristal
repiquetearon las tropas.
Mi tierra -juguete frágil-
muy pronto se quedó rota.
Me fui con la siembra al hombro
tras la ruta generosa
hacia el Norte de esperanzas,
pero sin mi tierra-novia.
Crucé por campos nocturnos,
se me afiebraron las rosas,
y me curé torpemente
con algodones de roca.

Entonces, cuando el vacío
se adueñaba de mis rondas;
cuando eran garfios las ramas
de mi futuro sin hojas,
por la esquina del amor
llegó mi segunda novia.
Y fue la flor de mi tierra
-devolución milagrosa-
para que el piso del tiempo
se me ablandara de alfombras.

Así voy, con mis dos niñas,
una distante y, la otra
tan cerca de mí, que a veces
se confunde con mi sombra.
Y si la novia lejana
se me reseca en la alforja,
la otra novia me la riega
con su sonrisa piadosa.

Que hay quien no tiene ninguna,
pero yo tengo dos novias:
Una es de tierra -mi patria-;
otra es de carne -mi esposa-.

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Remembranzas

Evoco de mi pueblo
un verde litográfico de árboles,
y su figura de hongo
hacia el sur de los mapas escolares.

Recuerdo los pregones
que sudaban centavos en el parque;
y en época de risas,
la risa ingenua de sus bocacalles.

Evoco de mi pueblo
al sinsonte -barítono del aire-,
y a las primeras niñas que dejaron
una brújula erótica en mi nave.

Pero hay algo más hondo en mi memoria
-lágrima seca, grito, tierra unánime-:
En el rincón más triste de mi pueblo,
la tumba de mi padre.

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Entre dos años

Son para ti, mujer,
estos primeros versos tras el año que pasa.
Son resumen y prólogo:
punto final y puntos suspensivos
como los salvavidas en las playas.

Aquí está enero
con su interrogación y su esperanza.
Y nosotros, al margen
del infeliz graznido de la urraca,
con el amor de Dios -carne de espíritu
-ruiseñoreamos nuestra casa.

Toma mis versos como siempre:
soy el Adán moderno de la vieja manzana.
Amo la vida y tú eres esa vida que amo.
Hipodérmicamente,
en tu cuerpo de mar me adentro con mi barca.
Para ti mis estrofas
de un enero primero, cantero de nostalgias,
porque en mi álbum más íntimo
tu retrato rubrica
todas las páginas.

Son para ti, mujer,
las primeras ternuras del año que comienza
y los últimos versos del año que se acaba.
Y como ayer, ahora; y luego como siempre;
y después como antes y mañana,
las cinco letras de tu nombre
-cinco gotas de agua-
llueven felicidad sobre mis versos,
Magda.

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Bíblica

Era ya media vida, tal vez menos,
y aunque en mi sien había un déficit de canas,
un rocío salado vertía en mis mañanas
la cruda rebeldía de los buenos.

Con mi tormenta gris plagié los truenos,
pero salvé mi interna visión de porcelanas,
y al burlar los cerrojos y romper las ventanas
enfloraron estériles terrenos.

Era ya media vida... ¡Media vida!
Como un Lázaro a cuatro suspiros de la herida
en mi sepulcro germinó la fe.

Vivificó mi muerte a la azucena,
trajo el amor del brazo mi loca nazarena
y al grito de su amor, resucité.

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Dorada década

Una tarde de julio tu risa hospitalaria
me trajo siete sílabas de un trino.
Y formamos un verso alejandrino
con nuestra profesión de tinta diaria.

Después fueron diez julios. Tu mirada de espejo
invirtió en su reflejo la acción del calendario.
Y es el contraste de este aniversario
que diez años atrás, yo era más viejo.

Derramaste en mis venas tu plasma de ternura.
Barriste el pedregal de mi avenida.
Ahogaste mis vejeces en una abreviatura.

Gracias, poseedora mujer y poseída:
Que en tu mano maestra cursé de asignatura
los mejores diez años de mi vida.

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Divino juglar

La humanidad andaba sin sombrero
bajo el sol del pecado calcinante,
pero el verso de Dios fue consonante
con el escoplo fiel de un carpintero.

Tocó la luz el vientre de María.
Quedó encinta la carne del planeta.
Y nació el niño que, sin ser poeta, t
rajo metro de sangre y armonía.

Pero hubo un verso amétrico. Fue Judas.
Quebró con la traición rimas agudas
y un beso le sirvió de pagaré...

Entonces una cruz se hizo camino
y cantó el estro del Juglar Divino
la esencial poesía de la fe.

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Esta mujer...

Con el anacronismo de una diosa
y con un Siglo XX en la mirada,
esta mujer modernizó mi canto
y sembró mis orillas de esmeraldas.

Hay en esta mujer heridas notas
de un piano y un violín que se entrelazan
porque una mezcla musical se rompe
en el gorjeo de su risa blanca.

Esta mujer me neutraliza el cielo
al pintar las estrellas que me faltan,
y con sus filantrópicas caricias
le pone un marcapasos a mi alma.

Esta mujer me puebla de horizontes
en un amanecer de viento y alas,
y el aguijón tirano de su estímulo
anula mis perezas cotidianas.

Esta mujer es la presencia firme
de mi Dios, de mi estro y de mi patria.
Vitalidad vital para el poeta.
Esta mujer me ama.

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Descubrimiento

Sí, fueron cosas simples,
pero definitivas:
a mi espalda una mueca de veranos podridos,
y al frente tu sonrisa.
Y me fuiste enseñando la carrera de hombre
desde la primera cuartilla.

Por ti supe beberme los crepúsculos
de unas tardes distintas,
y ya no vi alimañas en la sal,
sino peces dorados en la fauna marina.
Y lloró la emoción poética de un postre
mi sentimental gula reprimida.
Después aprendí más
en vidrieras y modas masculinas,
cuando ropajes anacrónicos
supieron la elegancia de una nueva camisa.
Yo tenía el derecho de vestir diferente,
pero no lo sabía.

(Ya desde entonces nadie se puso serio
porque adquiriera un libro de poesías;
al contrario, era como un manjar
para una doble cena íntima.
Era como encontrar métricas chocantes
y una cadencia definitiva).

Y aprendí para siempre
detalles que desconocia,
como el ejemplo de la esposa
que es enfermera y madre, que es placer y es amiga.
Porque mis achaques huyeron
con tu tenacidad, amada mía,
y hoy, al compartir tu ternura,
también comparto el libro y el concierto y la misa.

Sí, fueron cosas simples,
pero definitivas.
Por eso estremecí mi mundo reducido,
y rompí mis cadenas a mordidas,
y despinté paredes con las uñas,
y devoré kilómetros de huida,
hacia tu mundo, que es el mundo mío:
hacia Dios, hacia arriba.

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Mujer-Mujer

Nunca serás de nido ni de rama.
Siempre serás de sol y desafío.
Inquieta y vertical como la llama,
desde la fiebre de tu pulso brama
un mar que entona la canción del rio.

Yo te admiro, mujer; tú eres la idea
que brota y se ejecuta paso a paso.
Brillantez en el plan y en la tarea,
ni cedes ante el mundo que golpea
ni derramas licor fuera del vaso.

Nunca serás de rama ni de nido.
Eres de lucha, de campana y viento.
Con tu garganta -mágico tañido-
puedes cronometrar hecha sonido
la tropa de mi sangre en movimiento.

Y he de aprender de ti, de tu sonrisa,
cuando con tu sonrisa me señalas l
la ruta recta, la razón precisa.
Porque mis versos -hojas en tu brisa-
aprenden a volar, sin tener alas.

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Sinfonía en sol

Me gusta el amarillo de las cúpulas
enfermas en invierno,
cuando el sol les otorga una migaja
y hay una palidez mortecina en los techos.

Me gusta el amarillo
que purifica el campo mañanero
con un crepúsculo dorado
con su reminiscencia de oro viejo.

Me gusta el amarillo bullicioso
de las calles con ventas y vidrieras de fuego:
amarillo que pone en los semáforos
prevención, duda, freno...

Me gusta el amarillo
que revienta en los gajos un fulgor pasajero:
amarillo de frutas, que para el caminante,
es aliciente y reto.

Pero hay un tono diferente
-definitivo tinte que me pinta por dentro-:
único fraude en ti, pero no hay otro,
como el falso amarillo de tu pelo.

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Nosotros

Como los distintivos
de ciertos uniformes colegiales,
nos hicieron iguales, tan iguales, q
ue parecemos puntos suspensivos...

Hasta tenemos rasgos exclusivos
en nuestras propias huellas digitales:
Somos agua de idóneos manantiales,
la doble ele hispana en los archivos.

Somos idénticos y así seremos,
similares los dos, como dos remos,
que van unánimes hacia la aurora.

Dos relojes de arena en una mano,
inalterables con la misma hora
hasta el último grano.

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Dualidad

No puedo imaginarte doblando mis pañuelos
ni lavando camisas, ni retocando ojales;
no te hago preparando el desayuno,
y, sin embargo, lo haces.

Yo no logro ubicarte en el mercado
entre cebollas, uvas y tomates,
buscando o evadiendo calorías,
y, sin embargo, lo haces.

No se me ocurre verte
limpiando libros, sacudiendo estantes,
ni armada de antibióticos
para matar mi tos de por las tardes.

Nunca pensé que hicieras tales cosas,
sin embargo, las haces...
Ese es todo el secreto de tu triunfo:
diablillo en el amor y amor de ángel.

No eres la amante esposa:
eres la esposa-amante.

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Bolívar

Fue decisión de fuego en Aventino.
Fue mayor que los Andes su estatura.
Fue rúbrica en San Pedro Alejandrino
y fue cóndor humano en Angostura.

Pero además de ser fulgor y empeño,
este hombre de Junín y de Ayacucho,
usó un romántico jaez quiteño
porque amó a la mujer -y amaba mucho-.

Y se asomó al balcón doña Manuela.
Sus ojos descubrieron en Simón
al épico jinete de novela.

El héroe alzó la vista hacia el balcón...
Y queriendo subir, clavó la espuela
en los ijares de su corazón.

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Juana de Ibarborou

Era temprano aún para el alma poeta,
para sus limpias dalias;
pero en la noche rota
hubo un olor de cirios y naranjas.
Una hilandera oscura tejió un vestido blanco
para cubrir a Juana.

Amada, hay una voz,
que desde el sur nos llama.

Es un llanto de higuera sin piropos.
Es una cuna ya sin esperanzas.
Son los pinos que gimen junto a río andariego por el adiós de Juana.

Amada, nuestro amor hecho de plumas
es un trino de fe para las ramas;
pero pongamos en el nido ajeno
la piedad de una lágrima...
iQue ya no habrá más rosas prodigiosas
en las manos der Juana!

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Credo

Como águilas hambrientas
mis ojos indagaron en los preceptos místicos.
Pero la más indemne oscuridad
encadenó de sombras mi camino.

Igual que dos pantallas receptoras
se abrieron mis oídos.
Pero el silencio, como un trueno mudo,
fue la tumba callada de mis tímpanos.

Sentí en el paladar
el húmedo secreto de algún secreto río.
Pero mi boca, como un túnel agrio,
apuró los acíbares del mito.

Comencé a respirar tan fuertemente
que mi olfato fue lava de un volcán invertido.
Pero nadie encendió su pebetero,
ni perfumó mi noche con sándalo divino.

Como Tomás alcé las manos ávidas
con la ansiedad de un niño sin cariño.
Pero algo de orfandad cubrió mi tacto
y en mi ademán se dibujó el vacío.

II

Y un día el Redentor
se acercó de improviso,
con las cinco respuestas
a mis cinco sentidos.

-Señor, logré encontrarte
en la cronología de mis propios latidos.
No en la ciencia del hombre, fue en la ciencia
que ignoran los científicos.
No hacia afuera, hacia adentro, que es donde está tu altura,
excavando en la hondura de mí mismo.

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Moreno Torroba

Españolísimo arte,
Federico zarzuelero:
el do de un piano agorero
se empecinaba en llevarte
Y te fuiste. Tu estandarte
sigue vigente en escena.
Pero en la tumba serena
la voz de Luisa te nombra;
Luisa Fernanda, a la sombra
de una sombrilla de pena.

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Padre

Carpintero, por la estancia
de una tumba te me fuiste,
dibujando un niño triste
con tu pincel de distancia.
A una infancia sin infancia
me impulsó tu despedida,
y fue tan ardua la vida
para el fruto sin raíz,
que al cabo, la cicatriz
me dolió más que la herida.

Sin embargo, carpintero,
fuiste tan padre y tan noble,
que tu martillo en mi roble
moldeó lo imperecedero.
En mi campana de acero
tu ejemplo se hizo badajo,
aunque el resumen me trajo
el paladar de salitre,
con un sueño de pupitre
y un grillete de trabajo.

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Tránsito

Pobre hermana mía.
¡Cómo fue de lenta tu lenta agonía!

Siempre la palabra de amor. Nunca el grito.
Y siempre la luz en tu rostro marchito.

Pero vino el mal,
cuando en tu corriente penetró la sal.

A medio camino, como un vaso mediado de vino,
rodó hacia la nada la última gota de tu cruel destino.

Yo seguí tus huellas
a este pueblo antorcha de sol y de estrellas.

A este pueblo de nieve
donde el agua es más limpia cuando llueve.

Ahora vas más alto, más hondo, más lejos,
al bruñido país de los espejos.

Pobre hermana mía.
¡Cómo fue de triste tu triste agonía!

Andarás ahora recorriendo celestes veredas
-sin tu silla de ruedas...

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Prófugo de la sal

Ligera y bonita,
conuna canasta de rosas,
trajiste a mi siembra pistilos y arraigos,
ensueños y aromas.

En ti descansaron mis remos
después que hizo brecha mi instinto en las olas;
tu isla se alzaba insinuante,
grité la esperanza erguido en mi proa.

Entré a tus contornos
como una incisión emotiva, imperiosa;
sentí tu afluencia en mi sangre
y supe tu clima llegando a la orilla sonora.
Mis ropas estaban deshechas de sol y salitre,
y tú me abrigaste por dentro de inéditas ropas.

Granjeros celestes hicieron tu zafra;
trapiches abstractos vertieron deleite en tu alcoba;
¡qué estirpe de azúcar tus besos!,
¡qué dulce linaje se escuda en tu boca!
La hondura más alta es la esfera que abarcan tus brazo
abismos de gloria,
prisión insondable
soy reo feliz en tu cárcel recóndita.

Hoy eres tatuaje en mi alma,
hoy eres raíz en mi arteria sin dogmas,
hoy eres promesa de génesis albo en mi origen,
hoy eres aliento de luz en mi sombra...

Pero más que tatuajes, raíces, promesas y alientos,
hoy eres mi esposa.

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Impacto

Desde que llegas, navegas
sobre mi oleaje sediento,
como princesa de un cuento
entre magias palaciegas.
Hasta la luz, cuando llegas,
parece que alumbra más...
El área por donde vas
es un jardín ambulante
con una rosa delante
y una sonrisa detrás.

El invierno arrepentido
te colocó, jardinera,
un beso de primavera
hecho flor sobre el vestido.

Y llegas con tu descuido
despetalando la brisa,
mientras la rosa y tu risa
logran que sin previo acuerdo
galope un jinete izquierdo
debajo de mi camisa.

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Rubia

Antes nunca lo bello fue más bello,
ni en marco tan de luz posó una cara,
como una lluvia de oro que mojara
deliberadamente tu cabello.

Antes nunca un fulgor puso en tu cuello
una chispa más dúctil, ni más clara,
como si otro destello se escapara
desde la entraña misma de un destello.

Un prodigio dorado en cierta tinta
logra que, siendo tú, seas distinta
al crear más belleza en tu belleza.

¡Cuánto rubor le brindas a mi almohada
con esa profusión inesperada
de rayitos de sol en tu cabeza...!

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Algo irremediable

Cómo le habrías ahorrado rezos
a mi tristeza,
de haberte visto por otras rutas,
en otras fechas!

De haber cruzado por tu ventana
cuando vestias de quinceañera,
¡cuántas estrofas te hubiera escrito
con el diseño del viejo Bécquer o el joven Buesa!
Y tú, orgullosa, conservarías
entre admirada y un poco ingenua,
esos ensayos que se perdonan
porque los dicta la adolescencia.

De haberte visto cuando en mi sangre
había estruendos, bullían guerras,
más que un soldado sería un hombre
siempre invencible frente a la pólvora de tantas penas.
Hubiera andado por los caminos
-por los caminos de tus trincheras-
y mi dolida tinta de angustia
no hubiera puesto tres libros tristes en las imprentas.

De haberte hallado cuando en mis ramas no había fruto
-con tus raíces a flor de tierra-
¡qué gran cosecha de amor tendría
nuestra cosecha!
Con veinte años usando el lustre de nuestros besos,
hoy brillarían hasta las piedras.
De haberte visto por otras rutas
en otras fechas,
¡Cómo le habrías ahorrado rezos a mi tristeza!

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Razones

No me preguntes por qué:
te quiero porque te quiero
de interior a superficie
y de cubierta hacia adentro.

Te quiero cuando derramo
tu silueta en mi cuaderno,
y con tu encanto desbordas
mi recipiente de sueños.

Te quiero cuando aniquilas
la sombra de un mal recuerdo,
con tu látigo de luz
que fiagela mi silencio.

No me preguntes por qué:
te quiero porque te quiero
desde mi hoguera profunda
a tu combustible interno.

Te quiero cuando transmites
con la virtud de un telégrafo
la clave de tus cuidados
a mi receptor enfermo.

Te quiero en mis noches tibias
y en mis mañanas de invierno,
si estás distante o cercana;
si estás de nieve o de fuego.

No me preguntes por qué:
te quiero porque te quiero
con la médula del alma
y con el tacto del ciego.

Junto a ti soy rama y fruto;
soy estudiante y maestro:
garra para defenderte
y oveja para tus besos.

Eres parte de mí mismo;
mi sangre viaja en tu cuerpo...
No me preguntes por qué:
te quiero... ¡porque te quiero!

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Dentro de ti

Como el ciego a su casa te conozco:
al tacto y en la sombra.
Transito por tus blancos aposentos,
me alimento de ti, de tu persona,
y en la delicia de una sobremesa
tomo el postre en tu boca.

Voy a tu corazón
tanteando los latidos que me rondan;
allí me acuno móvil
sin ver, pero sintiendo que se mecen mis horas
en el reloj inquieto de tu sangre
que me baña de rosas.

Y camino por ti, subo a tus brazos,
cruzo la curvatura de tu forma;
me detengo en tus hombros,
derribo el peso que te agobia,
y descanso en tu cuello la caricia sin luz
de mi retina absorta.

Reposo en tus oídos
para escuchar tu risa más cerca, más sonora...
¡Qué piano se desborda en tu alegría!
¡Qué solo de violín alza sus notas!
Allí, en el tímpano agraciado,
eres para mi amor pura y sinfónica.

Ante tus ojos me detengo:
son dos ventanas milagrosas.
Con su luz petrifican mi ceguera
-la oscuridad no importa-
y un húmedo mensaje de lágrimas me dice
que la felicidad a veces llora.

Así vivo en tu carne,
desde ti y hacia ti, tallo y corola.
No necesito ver: mi propio sentimiento
bastonea en tus álgebras más hondas...
(Como el ciego a su casa te conozco:
al tacto y en la sombra).

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Éxtasis

Sentirse amado como yo me siento
es descubrir vendimias de flores en el viento.

Es saber que la gloria nos asedia
con el sino de un príncipe azul de la Edad Media.

Es transformar la turbulencia en trino
y notar que son plumas las piedras del camino.

Sentirse amado como yo me siento
es lograr que un suspiro se transforme en sustento.

Es dibujar un rio en la pared
y que sirva el dibujo para apagar la sed.

Es colocar un sueño en el volante
y saber que no hay mapa vedado ni distante.

Sentirse amado como yo me siento
es llenar un espacio vital del firmamento.

Es acuñar en oro la sonrisa
y como una medalla prenderla a la camisa.

Y es saberse un experto catador
que disfruta su cmncla con un solo licor.

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Contagio

Tú contaminaste mis venas de hombre
-virus a la inversa de vida y amor-.
Fueron transparentes todas mis cortinas
al sentir tu sol.

Cuando tú llegaste, un mal de ternuras
fue fiebre en mis labios, jarabe en mi voz.
Y me entraste al alma por una secreta
rendija interior.

No tuve anticuerpos que se te opusieran
-resistencia inútil, imposible adiós-.
Tu amor fue benigno, pero hizo metástasis
en mi corazón.

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Alegato

Fueron días de fiebre y noches de abstinencia
con un lucro de sueños sin ganar ni perder;
melancólicas ráfagas soplaban tenazmente
la bujía pigmea del templo de mi fe.

Fue tornándose en rictus la sonrisa indulgente;
y, en un trágico encuentro entre el río y el mar,
la corriente de azúcar derrochó su silueta
en una paulatina vorágine de sal.

Fue un declive ascendente al ritual de la angustia;
de la celda dorada muchas veces salí...
Hubo grises perjurios, pero el signo de Eva
era un casi morboso desagravio del gris.

Buscador de tesoros con un mapa embrujado
asum la defensa de mi propio fiscal;
y arranqué las raíces para salvar mis frutos,
y provoqué una guerra por amor a la paz.

Uniforme museo de antifaces de cera
fue pudriéndose el eco rajado de mi voz;
desanduve caminos buscando el horizonte,
y cerré mis ventanas para que entrara el sol.

Con las flores al dorso y la muerte por dentro
fui la réplica exacta de un exacto ataúd;
pero un día -arquetipo de todas mis quimeras-
a mi vida sin vida te aproximaste tú.

Fue una tarde lluviosa: (ya la lluvia no es triste);
fue un encuentro esperado y fortuito a la vez.
Fue... no importa el detalle, ni quién hizo el libreto:
todo estaba propicio para el amor... Y fue.

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Verde

Verde como una palmera
que empina su ofrenda verde:
clorofila que se pierde
con tonos de enredadera.
Tienes un verde que espera
como una esperanza en flor;
matices de mar, fulgor
que en tu atuendo se desgrana:
más rubia que la mañana
y verde como mi amor.

Fosforescente guirnalda
en mi sueño reverdeces,
acentuando exquisiteces
con tu vestido esmeralda.
Verde frágil de tu falda
que serpentea en tu talle,
llenas la menta del valle
con tu gracia de amazona,
como el 15 que pregona
-pintado en verde- tu calle.

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Evocación anímica

Era un mundo de fraude el que me precedía,
era un mundo de engaño.
De allí me quedan aguas que no bebo
y terciopelos rígidos al tacto.
De allí me quedan libros anacrónicos
con versos que escribía la tinta de mi llanto.
¡Qué mundo aquel de falsa gloria,
qué espejismo, qué chasco!
Iba al placer de otros y escondía
mi luto empecinado.
Reverenciaba las ajenas tropas
con sus escudos altos,
mientras que mi bandera perforada de plomo
les borraba la sangre a mis soldados.
Era un mundo de vértigo, era un mundo de cal,
era un mundo gitano.
Pero yo me empinaba en aquel mundo
donde mis propias huellas
me eclipsaban los pasos.

Qué deprimente es para el hombre
hacer parir la tierra sin ver el fruto agrario;
o fabricar escalas para hablar con las nubes
y sentir que se rompen los peldaños;
o argumentar amores que no existen
-dramaturgo frustrado-
hasta advertir que la tragedia propia
es la más taquillera del teatro.
Y qué humillante es para el hombre
construir su castillo ilusionado,
y que se abran en grietas las ventanas,
acordeónicamente, con fúnebres espasmos,
para arruinar esfuerzos y vendimias
en un racimo de años.

Y qué vivificante es para el hombre
con las cenizas modelar un vaso
para beber en él la redención
de un licor presentido y esperado.
Y qué reconfortante
es que broten riquezas de las manos
en la pluma que canta, en la nueva caricia,
en el fervor a Dios y el amor al trabajo.
Porque allá en la total reconditez
donde espigan las ramas del milagro;
en ese lugar hondo, caldeado en las corrientes
de fuegos milenarios;
en la savia, en la médula, en la siquis,
en lo menos convexo, en lo más subterráneo,
una gota de amor -sólo una gota-
se acunó en un rincón como un presagio,
y echó raíces, germinó en mi yermo,
y fruteció lo infértil de mis campos.

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Fusión

Desconozco el motivo de su arribo;
quizás como un consuelo el cielo me la entrega...
Por ella muero y para ella vivo
-señora libradora de mi azadón cautivo
me inculca el triunfo de la siega-.

Orientadora fiel de mi albedrío
más que brújula es timonel,
y ríe fuego cuando fuego río
para soldarse con mi propia piel.

Poetizando prosas milagrosas
a su terneza añade su musical belleza.
Fusión de corazón todas sus cosas,
guía un ejército de rosas
que en consejo de espinas sancionan mi tristeza.

No sé de dónde vino, pero vino
como aurora en la hora nocturnal,
y hecha una lluvia rubia que asombra al campesino,
fertiliza la tierra que encierra mi destino
igual a un riego espiritual.

¿Ella es tan solo una mujer...? Lo ignoro,
pero debe ser más que una mujer,
si llora estaño cuando estaño lloro
para fundirse con mi propio ser.

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