LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

Indice
Escucha
Impaciencia
Soneto inconcluso
Impetus
Es Navidad
Poetas
Como una flor
No me preguntes cómo
Ave Fénix
Letargo
Cobarde sembrador
Alcaldesa
Tu amor
Meta
Reverdecer
Manos vitales
Emboscada
Intemporal
Resumen
Mi niña
Clasificados
Regalo de Navidad
Fiebre
Falsa versión
Definición
Delirio
Cupido travieso
Oferta
Demanda
Tu número cinco
Jardín patrio
Eclipse
Redundancias
Filosofía poética
Sara Martínez Castro

 

 

Escucha

Para decirte, amor,
que retoñó tu injerto en mi ramaje;
que mi sangre incendiaria de poeta
ya es algo más que sangre;
que mis pies torturados por senderos hostiles
al recibir tus alas se citan con los ángeles;
para decirte, amor, estas noticias
ejerzo el periodismo de un sentimiento grande.
Llegaste por mi propio itinerario
espiritual, pero tallada en carne,
y, superior a Venus,
han logrado tus brazos aligerar mis tardes.

Para decirte, amor, cuánto te quiero
solicitan, exigen mis pulmones más aire,
porque este amor se grita con vocablos tan dulces
y a la vez tan audaces,
que me dejan maltrecho el corazón
los esfuerzos orales.

Para decirte, amor, cuánto te quiero
es muy pobre la ayuda de Cervantes.
Las palabras no sirven
para descomponer en letras mis afanes;
la frase quijotesca ante un ejército
de molinos andantes
jamás convence a Sancho, porque Sancho
se encuentra en todas partes.

Para decirte, amor, cuánto te quiero
Alejandría guía los besos navegantes;
un Coloso de Rodas ante ti se arrodilla;
sepulta el rey Mausolo nuestras penas fugaces;
una estatua de Júpiter acaricia tu pelo;
ante tus pies se humillan las pirámides;
Diana ofrece su templo a tus caprichos
y Babilonia tiene corazones colgantes...

Para decirte, amor, cuánto te quiero
he besado a los niños en los parques,
y he mutilado ríos de claveles
para que sobre ti se despetalen.
Para que el cielo se me acerque al alma
he dejado que alumbren tus auroras mis tardes;
para que mi alma sepa los secretos del cielo
he amanecido en tus rosales:
Porque para decirte
que retoñó tu injerto en mi ramaje,
no he sembrado raíces que repitan tu rostro,
pero te he retratado en mis imágenes:
no te he dado los frutos de mis venas de hombre...
¡Pero es tuya mi sangre!

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Impaciencia

Cómo se estiran las horas
cuando no estás en la casa!
Se entorpece el minutero
y el segundero se traba,
porque en la esfera se agolpan
las barreras de mis ansias.
Las paredes están hechas
de cuartillas sin palabras,
para copiar tu regreso
con mi tinta de esperanza.
Mi corazón es un niño
para tu amor de pediatra,
y mis manos sin las tuyas
son como gaviotas náufragas.
Las cuatro esquinas del techo
simulan un crucigrama,
y siempre que hay cinco espacios
para una respuesta exacta
-vertical y horizontal-
escribo tu nombre, Magda.
Cuando rechina una puerta
o sonríe una ventana,
se ponen tensos los muebles,
los grifos se deshidratan,
y el reloj de la cocina
-por lo mucho que te extraña­
se abre a las tres menos cuarto
para abrazar tu llegada.

¡Cómo demora la tarde!
¡Cómo el tiempo se dilata!
¡Cómo se estiran las horas
cuando no estás en la casa!

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Soneto inconcluso

Hay tanta pulcritud en tu mirada.
Tan casta es la ternura de tu acento.
Tanto agradeces mi agradecimiento.
Tan grato es despertar con tu alborada...

Tanto afloras lo mismo que yo añoro.
Eres tan invariable en tus empresas. T
an púdico es tu beso cuando besas.
Deploras tanto lo que yo deploro...

Eres tan similar a lo que quiero
-a la vez llevadera y llegadora
cuando acercas tus trinos a mi alero...

Tanto unes tu presente con mi ahora.
Soy tan feliz de ser tu prisionero
y eres tan tercamente encantadora...

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Impetus

Amas como el que viene de regreso
de los cerros más altos,
trayendo en el perfume un aliento de altura
para bañar los prados.

Naciste para amar y lo amas todo,
desde el llanto en la cuna al epitafio.
Amas con esa fuerza impresionante
con que se aferra un náufrago
al objeto que flota
sobre el oleaje bárbaro.

Amas como el invierno,
que penetra la carne con el frío de un dardo,
dibujando hematomas en la corteza humana
con un pincel abstracto.
(Pero te transfiguras. No es gélido tu clima:
salpicando mis noches con la luz de tus astros,
un trópico de fuego te hizo diosa
para encender mi tierra con tus pasos).

Amas con terquedad,
desde el gris más profundo hasta el brillo más alto,
como quien ama de una vez por todas
con vista, oído, paladar y tacto.

Así amas tú, mujer,
tórrida de virtudes que saben a pecado...
Y yo, sacrílego, arrodillo el alma
ante la cruz abierta de tus brazos.

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Es Navidad

La Navidad irrumpe
grávida de recuerdos y nostalgias.
La Virgen sale al patio de Belén
para tender pañales de esperanza.

Hay una cuota de alegría triste
germinando en las almas.
La Navidad me exprime el corazón,
mi corazón-naranja.

Sólo tú con tu amor de villancico
me comprendes, amada,
y adornas mis románticos ramajes
con perpetuas guirnaldas.

Mis camellos persiguen
la estrella insomne de tu frente pálida.
Es Navidad, y nuestro techo es rojo,
vivimos dentro de una flor de pascua.

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Poetas

Para hacerte con mi pluma un incensario,
solicito a las cariátides del templo
el concurso de poetas
que dejaron de existir y no están muertos.

Para hacerte con mi pluma un incensario,
petulante por tu amor miro muy lejos,
a las cumbres de Darío
que es el máximo pontífice del verso.
Y suspiro junto a Silva,
junto a Dávila y a Nervo,
y persigo por la ruta de SeviUa a los Machado
y un poeta manco y dulce me acompaña de regreso.

Para hacerte con mi pluma un incensario
voy al fúnebre hospital de Ortiz Guerrero,
y las cuerdas indolentes de Lugones
me fabrican un trapecio.
Un viril Santos Chocano
se me acerca en un corcel alado y regio,
mientras que un Andrés Eloy
le permite a su apellido que me sirva de cuaderno.

Para hacerte con mi pluma un incensario
el salitre me susurra su secreto,
y la novia tornadiza de Fontana
se me pierde por el arco de una playa en el recuerdo.
Pero entonces,
ante el mar alicaído de silencio
siento pasos, y Alfonsina
en la arena de la costa siembra un sueño.

Así vivo desglosándote canciones,
entonando mis arpegios.
¿Incensarios...? No es la pluma suficiente,
ni las páginas de espíritus selectos.
En tu boca está el milagro,
la respuesta está en tu aliento,
por el mágico, sublime, prodigioso y exquisito
incensario de tus besos.

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Como una flor

Era solamente una semilla,
le nacieron raíces y surgió al exterior;
-pequeñísimo tronco, hoja sencilla-,
le regaló al jardín la maravilla
de la más bella flor.

Era solamente una mirada;
le crecieron ternuras hacia un mundo interior:
-jugueteo escondido, risa alada-,
hubo un presentimiento de alborada
y nació nuestro amor...

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No me preguntes cómo

Yo no te sé decir cómo te quiero,
pero tú sabes cómo;
lo adivinas en esa placidez
que es casi somnolencia por detrás de mis ojos.

Cuando quieras saber cómo te quiero
no me preguntes cómo;
sonríe, canta, llora, grita... haz algo
y asómate al espejo de mi rostro:
verás en mi la copia
de tu gesto más íntimo, de tu sentir más hondo.
¿Cómo decirte que te quiero?
No hay voz que pueda repetir el modo;
quizás como un lacayo frente al príncipe
o acaso como un príncipe ante el trono.

No, no es fácil decirlo,
pero indaga en mis poros.
Busca en esos puntitos invisibles
-minúsculas particulas que no tienen reposo-
porque bordan tu imagen y calcan tu silueta
en el vidrio locuaz del microscopio.

Yo no te sé decir cómo te quiero,
ni escribirlo tampoco:
es una mezcla de pasión e instinto
entre la fiera y su cachorro.

Minero enamorado de la tierra
lo que menos me importa de su entraña es el oro,
sino andar en terreno inexplorado
-grutas vedadas al afán de otros-
y sentir que mi néctar es el único
en desbordar tu vaso más recóndito.

Meditabundo, extático, en suspenso,
ensimismado, absorto,
fanático, entusiasta, intransigente,
maravillado, delirante, atónito...
No, no sabré decir cómo te quiero,
pero tú sabes cómo.

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Ave Fénix

Soy quien buscó el amor en la palabra
de un sésamo que supo a vino agrio:
no he vivido cuarenta decepciones ladronas,
pero algo me han robado.

Fugitivo de un sueño,
llevo insomnes grilletes en los párpados,
y un dios semidesnudo se me acerca
con flechas que me han hecho mucho daño.

Mi sangre se resiste al optimismo;
y, sin embargo,
hay rocas que iluminan en la tierra
y hay soles en el cosmos apagados.

(Polizón de la noche,
escondía en la manga un pasaporte falso.
Salvavidas al hombro, llegué a sentirme en tierra como un náufrago,
porque el salitre de mis penas
hinchaba los pulmones del espanto).

Han ido encaneciendo mis plegarias,
pero Dios dice que es temprano.
Él, que domina el tiempo,
le da cuerda a la esfera de mis años.
No toda la simiente llega al surco,
pero una debe haber fructificado,
porque lancé semillas a los vientos de nadie
y hoy me asombra un retoño -uno solo- en mis manos...

Amo al amor que ata, paradójicamente,
desde el Apocalipsis a los Salmos.
No hay vacío más grande que estar lleno de nada;
el corazón es libre encadenado.
Llegué hasta el borde justo del abismo,
la sima turbia me tendió los brazos,
y entonces, a enclaustrarme en la esperanza,
vino mi carcelera en el minuto exacto.

Gracias, Señor, por la prisión amable
de esta amplitud sin rejas, sin tiempo y sin espacio.
Tu milagro redime mis deudas con la angustia:
¡Gracias, Señor, por tu milagro!

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Letargo

Chopin, como en un descuido,
dice cosas... ¡tantas cosas!,
que vuelan sus mariposas
melódicas a mi oído.
Las sombras han invadido
la habitación perfumada;
cierra los ojos mi amada
y pienso, al tocar su mano,
en un suspiro del piano
que se ha dormido en mi almohada.

Cuando después del sopor
triunfa Morfeo travieso,
beso los hombros, y beso
los párpados de mi amor.
Lanza el marfil soñador
los ecos de una sonata;
a un tiempo mi celo trata
de ser silente y sonoro,
mientras cuida su tesoro
mi corazón de pirata.

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Cobarde sembrador

Vengo a tu tierra fértil desde mi vieja arcilla,
y me asalta el reproche de la nueva semilla.

Aunque mueve mis pasos tu energía motriz,
vengo a ti con el trauma de una gran cicatriz.

Acomodo en tu alcoba mi inquietud caminante,
y se ofuscan mis aguas por tu sed fecundante.

Vengo a ti con el miedo de un íntimo mandato,
después que otra cosecha me dejó el trigo ingrato.

Una voz sugerente se aposenta en tu pecho,
y me increpa la espina del que niega un derecho.

A la vuelta de tantos polvorientos caminos
me asusta que el follaje sucumba a nuevos trinos.

Hay un nido en mi sangre que a latidos te nombra,
y le temo al disparo del que caza en la sombra.

Nuestro amor es la estrella de este Belén remoto
donde acorrala Herodes mi corazón devoto.

Y deseo escaparme de mi propia conjura.
La ternura no muere si se siembra ternura.

Y este amor que se inclina frente al surco-matriz,
flaquea ante el abono de su propia raíz.

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Alcaldesa

Era una aldea triste,
escéptica en el surco, pero ávida en el sueño;
un opaco castillo medieval
con parches y roturas se elevaba en el centro.
El templo estaba oscuro y olvidado,
y si alguien iba al templo,
cristalizaba con el llanto mustio
las sílabas pequeñas de algún rezo.

Aldea descuidada
por sus calles corría un aire enfermo,
y las arrugas de esas calles
-lúgubres bocas masticando el miedo-
hablaban de vejeces prematuras,
de húmedos llanos y de pozos secos.

Pero la fe no se apagaba,
era algo así como un presentimiento
de que un ramo de estrellas estallando en la atmósfera
se rebelara contra el turbio cielo.
Y aunque habían cruzado cien borrascas
quebrando puertas, cercenando techos,
en las viviendas rotas hay
-paradójicamente- más claridad por dentro.

II

Hoy está una alcaldesa
-regalo azul del cielo-
cambiando con brochazos de sonrisa
la pintura gastada del silencio.
(Ella nunca miró la hechura externa,
sino algo más sublime y más adentro).

Y sigue... sigue... sigue
poniendo parches, remendando huecos,
empecinadamente,
enfrentándole al reto de la vida otro reto,
y firmando con dientes y con uñas
un contrato de amor, que es más que un documento.

Por eso la alcaldesa
más que una emperatriz y hasta más que un gobierno,
es dueña concluyente
de aquella aldea y su palacio viejo:
Palacio joven de mi corazón
rodeado por la aldea de mi cuerpo.

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Tu amor

Cuando el cielo amenaza
con nubarrones que asesinan astros,
tu amor se siluetea en un refugio
genuino y reposado.

Estragos y tormentas en acecho
sucumben al avance de tus pasos;
por eso no les temo a las tormentas,
por eso no me asustan los estragos.

Amores he perdido.
La sangre que fecunda borró su propio rastro.
¿Ingratitud? No importa
si alimento mi triunfo de mis propios fracasos.

No importa los que un día dejaron de quererme;
tampoco aquellos que jamás me amaron:
hay suficiente vino en tus bodegas
para embriagar mis labios.

Abordé tu ternura
cuando sólo tenía el salitre en las manos.
Hoy prescindo de todo,
porque en todo estás tú, como un milagro.

Para este corazón, víctima injusta
del más grande de todos los naufragios,
ha puesto proa al sol -eternamente-
la brújula norteña de tus brazos.

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Meta

Yo no buscaba honores de la vida.
La vida, cuando da ciertos honores,
no logra con sus lauros exteriores
neutralizar la sátira escondida.

Yo no añoraba bienes en el mundo.
El mundo, cuando otorga ciertos bienes,
cuelga tantos desvelos en las sienes
que hace al hombre un eterno vagabundo.

Yo anhelaba la paz, y la paz vino;
y vino con su fuego matutino
para solear la holanda de mi fe.

Sembrador en el alma y en el agro,
florecieron las ramas del milagro...
Yo anhelaba el amor, y te encontré.

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Reverdecer

Soy un árbol que tiene varias ramas marchitas
como un injerto mustio incapaz de dar flor.
En el bosque tupido me rodearon de zarzas
y creció mi angostura como un río sin voz.

Desdeñaron las aves anidar en mis brazos;
mi sal hizo vigente la leyenda de Lot,
y el bisturí del tiempo me grabó en la corteza
los signos implacables de la desilusión.

Fueron mis esperanzas de conquistar altura
el plato de lentejas de un moderno Jacob,
y mientras mis raíces arañaban las rocas
dientes amarillentos rasgaban mi verdor.

Pero seguí hacia arriba dentro del bosque huraño
para nutrir de oxígeno mi vegetal pulmón;
hasta que cierta tarde iluminó mi copa
la lumínica esencia de la gracia de Dios.

Y unos ojos flamígeros derritieron mi nieve.
Y un contacto sedeño mi corteza pulió.
Y una sonrisa clara me estremeció de trinos.
Y unos cabellos rubios me bañaron de sol.

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Manos vitales

Tus manos, adiestradas para enjugar el llanto,
en cada cosa ponen su prestigio y su encanto.

Ligeras como el sobrio saludo mañanero,
tienen la sutileza nostálgica de enero.

Tus manos musicales, con olor a verano,
olvidan los recursos generosos del piano.

Cuando al marfil se enredan con avidez de notas
sobre teclas de espuma hay hambre de gaviotas.

Tus manos colonizan mis montes y mis llanos,
porque en mis litorales hay huellas de tus manos.

Manos confeccionadas con residuos de flores,
saben causar delicias y mitigar dolores.

Tus manos, impacientes obreras laboriosas,
poseen la virtud de ennoblecer las cosas.

Cuando el tiempo coloque su fardo en nuestros hombros
y nos lleve al reclamo de los propios escombros,

no quisiera más gloria -al mirar sin ver nada-
que tus manos marchitas me cierren la mirada.

Y será el mayor triunfo, de mis triunfos humanos,
llevarme la caricia postrera de tus manos.

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Emboscada

Una mirada simple, una mirada
y me venciste en el primer combate:
mis versos te indujeron al rescate
y me supo a refugio tu emboscada.

Porque la senda que tomaste un día
fue, más que senda, percepción del arte;
y te encontré ya casi sin buscarte,
como a Dios en un lecho de agonía.

Serpentina de luz en la tormenta
-relámpago en tus ojos- me di cuenta
que te amé desde siempre y hasta antes.

Y fue mi decisión de indecisiones
derretir herrumbrosos eslabones,
causar incendios y romper hidrantes.

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Intemporal

Y comenzaron a pasar Ias horas.
Giraban los relojes mortecinos
para que minuteros y horarios, como espadas,
me hirieran con malévolos instintos.

Y comenzaron a pasar los días.
Las piedras puntiagudas del camino
torturaron mis pies, que agradecieron
lo injusto del castigo.

Y comenzaron a pasar los años
-asfixiantes, furtivos-
y adelgazaron en mis manos ciegas
calendarios de olvido.

Así fue todo, hasta que el hombre
se rebeló al destino.
Llegaste tú con tu sonrisa cálida,
y comenzaron a pasar los siglos...

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Resumen

No era el amor
aquel anhelo inalcanzable
de las primeras novias desabridas
que mi pincel poético idealizaba en ángeles.
No era el amor aquella cosa extraña
que posaba en mis tardes
un ala luctuosa
sobre el nido sinfónico de mis ensueños reales.
No era el amor el brillo
ciegamente engañoso de un diamante,
que en vez de endurecerse de relojes de arena
se fue reblandeciendo de almanaques.
No era el amor aquel vacío espacio
herido de contrastes,
cuando buscaba frutos en las ramas
y una mueca de invierno retorcia los árboles.

II

No era el amor aquella fiebre
que mutiló mi sangre,
a través de unos ojos desprovistos de alma
con crueldad de rufianes,
que fueron en mi búsqueda epiléptica
la más falsa de todas las imágenes.

(Idealizando yermos
fui cubriendo la arena de rosales,
ex profeso autoengaño
para no sucumbir en los surcos de nadie).
No era el amor aquella niña
que ensalitró mis manantiales,
y con la miel de un beso
dejó derrotas largas en mis breves combates.
No era el amor... Amor es otra cosa
tan potente y tan frágil,
que se agiganta ante la muerte misma
y un desdén, sin embargo, lo deshace...

III

Vertiginosamente,
poblando mi llanura de volcanes,
me has otorgado este carné de hombre
que llevo a flor de carne.
Ya no sólo rebosan de salud mis arterias:
hasta el alma me has vuelto saludable,
porque me has inyectado la sonrisa que buscan
los desahuciados en lo hospitales.
Hoy he vuelto a ser hombre... otra persona
anda en mi cuerpo andante;
he vencido al destino... ¡He vencido al destino
y comienzo a ser alguien!

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Mi niña

Si tú tuvieras más años
o si yo tuviera menos,
¡cuántos pétalos, mi niña,
brotarían del desierto!

A flechazos rompería
las vidrieras de mi pueblo
y en todos los maniquíes
colocaría tus gestos.

Profesor de litorales
adiestraría mis dedos
para recorrer el mapa
casi virgen de tu cuerpo.

Si tú tuvieras más años
o si yo tuviera menos,
ni tu raíz más oculta
se quedaría sin riego.

Le arrancaría a la noche
sus inútiles luceros
para ponerle tus ojos
y romper su traje negro.

En la pira de tus labios
quemaría mis recuerdos
para borrar las pisadas
del pasado con tus besos.

Te daría las acciones
de mi fábrica de sueños
para que tú dirigieras
la producción de mis versos.

Si tú tuvieras más años
o si yo tuviera menos,
amarraría a mi sangre
las hebras de tus cabellos.

Astronauta del amor
tras la huella de tu vuelo,
inventaría un cadalso
para la palabra freno.

Empolvado de distancias
por los caminos de Eros
me vestiría de harapos
para mendigarte un beso.

Esclavo de tu sonrisa
sería un tigre al acecho
para cazar en tu boca
las gacelas de tu aliento.

¡Cuántos pétalos, mi niña,
brotarían del desierto
si tú tuvieras más años
o si yo tuviera menos...!

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Clasificados

Aviso urgente! Solicito un alma
que se quiera arriesgar en una empresa;

un alma que suspire y que sonría
coleccionando conchas en la arena.

y tenga el capital acumulado
en un próspero banco de tristezas.

Adquiero amor a un precio mayorista
y pago con la ganga de mi espera.

Magnífica inversión sin intereses
que garantiza una pasión eterna.

(El salario que ofrezco no es muy grande:
un ramo de claveles y un poema;

un beso al despertar con cada aurora
y un corazón romántico y poeta).

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Regalo de Navidad

Los árboles se arropan de guirnaldas;
sobre un trineo llueven esmeraldas
para el itinerario de Noel.
El cielo canta un himno de alegría:
Dios parece reír para que ría
la humanidad con Él.

Resumen de sonrisas y de halagos,
la diplomacia de los Reyes Magos
presenta credenciales de humildad.
Cuelga un alto farol el Gran Orfebre;
baja un hilo de oro hasta el pesebre,
Y todo es Navidad.

Intercambio de obsequios: desde Francia,
trae un ala de acero la fragancia
complaciendo mis planes de Melchor.
Y aunque una flor no necesita aroma,
siempre un perfume es el más tierno idioma
para hablarle a una flor.

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Fiebre

No tengo ni el derecho de decirte
lo que decir no debo,
pero escucha el relato de esta fiebre
desde un desahucio interno:
Hasta el sol me rechaza
-romántico beduino sin desierto-
mientras tu risa, oasis transparente
es un vino que canta desde lejos,
y yo busco la forma de escanciarlo
en la copa más triste de mis versos.

Si he sentido temores otras veces,
desde que te conozco siento miedo,
por las zarzas que se alzan entre ambos
espinando al acecho.
Es un miedo esfixiante de perder
-perder lo que no tengo-
y lucho contra el tiempo y la distancia
vencido en la distancia y en el tiempo,
porque me asusta el labrador que un día
cultivará tu huerto.

En mis venas hay fiebre,
y no es la calentura del deseo:
es algo subterráneo, tan sublime,
fructificando el túnel de mi anhelo,
que sólo las gacelas de tus ojos
pueden ir a su encuentro.
Es amor intocable
como el mensaje místico de un rezo,
pero es duro y rebota
en la capilla ardiente de mi pecho
donde espera el cadalso
mi corazón por tus desdenes reo.

(Si el amor fuera sólido
como cualquier objeto;
si el metal modelara la ternura
y se hiciera de roca el sentimiento:
tú sentirías una densa nube
apretando tu cuerpo
por la palabra incógnita
que asesina en mis labios el respeto).

Yo no aspiro a tu amor, dardo homicida
que hace crujir mis huesos,
y dibuja vigilias en mis noches
con insomnios de acero.
¿Cómo aspirar a ti...? No, no podría,
¡me moriria antes de darte un beso!
Con sólo navegar por tu perfume
o con sentir el roce de tus dedos
o con depositar una mirada
sobre la gracia suelta de tu pelo,
te coronas en reina del castillo
donde construyo sueños
-manufactura absurda
que es como hablarle de la luz a un ciego-.

Pero tú escucharas aunque no quieras
mi epílogo de truenos,
porque mi corazón ya no usa sangre:
es un volcán que brama mi secreto.
Para amarrar tu nombre de mi fiebre
dividiré mi voz en seis fragmentos,
y en una sucesión interminable
repetida en tu carne por el eco
llamará a tus oídos
el grito atronador de mi silencio:
Te quiero porque nunca serás mía,
y con razón o sin razón... ite quiero!

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Falsa versión

“El ceño adusto, la intención aviesa,
al ver una paloma en el alero,
la mirilla buscó su derrotero
y al fin el cazador logró su presa”.

-La verdad, sin embargo, no fue esa:
la censura es peor que el plomo artero
y aunque afloró la crítica primero
todos ansiaban compartir la mesa.

(Y no hubo tal disparo: fue la llama
que en unos ojos encendió la dama
excitando el gatillo del amor.

La herida, ciertamente, fue en el pecho;
la mesa no fue mesa, sino lecho,
y resultó cazado el cazador).

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Definición

Amores la impaciencia versificada en prosa
cuando aturde el perfume que nos ata a una rosa.

Es el saludo breve de un encuentro cortés
y recordar tu nombre veinte siglos después.

Amor es el ingenuo murmullo de las olas
anunciando una cita para dos almas solas.

Es un pinar cantando por todos los caminos
y confundir tu acento con la voz de los pinos.

Amor es algo absurdo que todos conocemos
al remar con el ancla y anclarnos con los remos.

Es redondear un cuadro y cuadrar una esfera
y cambiar un minuto por una vida entera.

Amor es reclinarme sobre tu piel, amiga,
y morder el cadáver intruso de una hormiga.

Y es el impulso erótico de venir de regreso,
y detener el auto para robarte un beso.

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Delirio

Te quiero en mis vaivenes desvelados
y en las rutas fantásticas del sueño.
Te quiero por las cosas que me dices
con la voz muda que te quema adentro.
Te quiero en mis ataques agresivos
a la terca trinchera de tu miedo.
Te quiero en la sonrisa y en el llanto;
en la palabra y en el pensamiento.
Te quiero como el buque a la deriva
que aflora el faro anunciador del puerto.
Te quiero en el Sermón de la Montaña
y en la mejilla fiel del Nazareno.
Te quiero así, desesperadamente;
desesperadamente así, te quiero.

Y aunque vuelvas el rostro cuando cruzo
repudiando mi hoguera con tu hielo;
y cierres el balcón de tus oídos
a la azul serenata de mis versos;
y pongas un arcángel de custodio
a negarme el Edén con tu desprecio,
no podrás impedir que mis pinceles
secuestren el más leve de tus gestos
porque mucho de ti, de tus encantos,
son los rasgos que afloran en mis lienzos.
Tesonero acicate de mis ansias,
mi cruz, mi eterna inspiración, mi reto:
La que aspira a erigirse en mi enemiga
y sólo se convierte en mi modelo.

Mujer que te interrumpes en esperas,
esclava de relojes y proyectos;
virgen pendiente de los azahares
que aunque te rondan, los presientes lejos;
niña Venus que sola y sin destino
vegetas en un éter de recuerdos;
muchacha que no sabes lo que pierdes
como raíz que menosprecia el riego:
Voy a izar en el asta de tu ausencia
el raído pendón de mi tormento
con una frase que jamás se borre
ni ante el asombro vertical del tiempo:
Te quiero porque tú eres tú y... ¡me basta!
Te quiero, sí; te quiero, si: ¡te quiero!

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Cupido travieso

Tengo una linda novia, que en mi cofre risueño
puso mi amor un día y me escondió la llave.
Tiene la piel más tersa que un pañuelo sedeño;
de día está en mi mente; de noche está en mi sueño,
pero ella no lo sabe.

Tengo una linda novia de rubia cabellera
que ante una flor suspira y tiembla frente a un ave;
si un pétalo la embriaga, una pluma la altera...
Novia que vanamente mi corazón espera,
pero ella no lo sabe.

Tengo una linda novia que fue en pos de otro beso
y en un mar de inquietudes echó a pique mi nave.
Mas, no es de ella la culpa, fue Cupido travieso:
le ha cortado las alas a mi sinsonte preso...
¡pero ella no lo sabe!

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Oferta

Al compositor y cantante Luis García,
quien con su música popularizó este poema.

Necesitas un hombre que te quiera
con amor de paloma y de pantera.

Que te cause una herida así, ex profeso,
para después curarte con un beso.

Que en sus brazos te rindas dominada
y se duerma después sobre tu almohada.

Necesitas un hombre que no tema
entregarte su amor en un poema.

Que te transporte de la tierra al cielo
y llore su emoción en tu pañuelo.

Que marque sus instintos en tu piel
y vuelvas a ser niña junto a él.

Necesitas un hombre que te eleve
a un trono pasional de fuego y nieve.

Que te asfixie de furia poseído
y te susurre un verso en el oído.

(Necesitas, mujer, un hombre así...
Y yo tengo ese hombre para ti).

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Demanda

Quiero sentirme amado como nunca lo he sido,
sin la rutina torpe ni el gesto maquinal.
hábito perpetuo entre el ave y el nido,
pero sí como el ave con el rumbo perdido
retando la pujanza de un ciclón tropical.

Quiero sentir espinas agudas, penetrantes,
elevando mis ansias a un supremo escozor.
Que se cubran mis horas de supremos instantes,
en la sombra secreta de una alcoba de amantes
sin que la luz importe, porque alumbra el amor.

Mujer que en mis dominios vienes a alzar tu tienda,
bien pudiera un minuto redimirnos así.
Quiero usar de atavío tu más hermosa prenda;
que otra lluvia no apague lo que tu sol encienda:
Quiero sentirme amado, pero amado por ti.

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Tu número cinco

Tengo un papel guardado, mi joven secretaria,
el último recuerdo que me dejó tu tinta.
Era en aquellas horas de la rutina diaria
cuando hacías el cinco con la curva distinta.

Desafiando a Pitágoras y su correcta forma,
mucha gracia me hacia tu cinco diferente.
La aritmética tuya alteraba la norma
como cambiando el curso normal de una corriente.

Pero hoy extraño el cinco aquel que tú me hacías.
Lo mismo que puñales, van lloviendo los días,
y andando hacia tu ausencia me traicionan los pies.

Porque ahora evocando tu número deforme,
mi corazón maltrecho, por su tristeza enorme,
tiene un gran parecido con tu cinco al revés.

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Jardín patrio

A Olga Díaz, pianista, concertista y compositora,
que rnusicalizó estos versos.

Siempre que a llover empieza
su lenguaje me hace daño:
la lluvia tiene un extraño
consorcio con mi tristeza.

Lluvia, desmembrado mar
-sal con uniforme ruido-,
me trae desde el olvido
lo que más quiero olvidar.

Es esa melancolía
que a mi espíritu se aferra,
porque recuerdo a mi tierra
cuando en mi tierra llovía...

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Eclipse

Se interpuso la Luna en el camino
del Sol y de la Tierra:
Alguien corrió el telón en el teatro
suspendiendo la escena.

Igual que si entre el surco y la raíz
una pared hubiera,
condenando a la rama y a la flor
a una sed sin fronteras.

Así, con tu desdén, dejas un sueño
colgando de mi espera,
y por sorpresa asaltas mi alegría
tornándola en tristeza.

Pero el eclipse fue una cosa breve:
tres minutos apenas,
después volvió la luz para asombro
del ave y la floresta.

Mientras tú, sin embargo,
me clavas en el rostro esta sonrisa hueca,
que me condena a vegetar por siempre
con un eclipse a cuestas...

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Redundancias

Cuando pienso en tus labios, muchacha sin historia
-tu diminuta fruta de carne y caramelo-,
una paloma blanca se posa en mi memoria
y una dulzura dulce, dulcifica mi anhelo.

Cuando a través del tiempo que silencioso avanza
un algo indefinible me anuncia tu presencia,
una ave extraña y verde se posa en mi esperanza
y una alegría alegre, alegra mi existencia.

Pero cuando comprendo en medio de mi asombro
que el corazón perdona, pero jamás olvida,
un pájaro de luto se me posa en el hombro
y una tristeza triste, entristece mi vida.

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Filosofía poética

Ser poeta es navegar
por un río de tersura,
con la desembocadura
siempre salobre del mar.
Ser poeta es transformar
una piedra bruta en gema.
Es la propiedad suprema
de atrapar con el acento
las alas del sentimiento
en la jaula de un poema.

Hay poesía en el mar:
-lágrima de sal gigante
que el pañuelo centelleante
del sol pretende enjugar-.
Y si logra evaporar
parte de su contenido,
para el poeta sufrido
el llanto nunca se agota,
porque en una nube rota
recupera lo perdido.

Poética es la manera
de llegar a cada encuentro
con las espinas por dentro
y los pétalos por fuera.
Cuando una lágrima artera
el corazón nos estruja,
esa invisible burbuja
tiene mucho de elegía,
pues la mejor poesía
es la que el dolor dibuja.

Ser poeta es ir detrás
de un dolor que se encadena,
reflejando en nuestra pena
las penas de los demás.
Es repetir nada más
que ilegítimos estrenos;
sembrar todos los terrenos
con las semillas mejores
y marchitar nuestras flores
en los búcaros ajenos.

Hay poesía absoluta
en la inmolación del sabio;
fue poesía en el labio
socrático, la cicuta.
Cristo señaló la ruta
redentora al mundo entero,
y el Divino Carpintero
cumpliendo una profecía,
nos legó la poesía
de unos clavos y un madero.

Y hoy, cuando el amor flaquea
y el odio se multiplica,
de nuevo se crucifica
al Mártir de Galilea.
Sembremos en nuestra idea
el concepto fraternal,
que no hay redención total
para el hombre pecador
mientras no sea el amor
un poema universal.

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Sara Martínez Castro

La Poesía es emoción y canto.
Es una espiga dócil de lirismo.
Es el agua sobrante de un bautismo.
Es la melódica oración de un santo.

Es el espejo de una mariposa.
Es el nido de un pájaro imposible.
Es lenguaje de Dios, con la sensible
ternura que renace en una rosa.

Poesía es el don de un ser travieso.
Es la liberación de un grito preso.
Es una claridad, pero más clara.

Es un fulgor vestido de armonía:
magia suprema de la poesía,
que se posó en el corazón de Sara.

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