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LOLI
MONTOYA - Murcia (España)
Como
hoja seca
Como hoja seca,
sujeta a la rama
donde nace...
Siento mi cuerpo
prendido,
pero mi mente
a merced del aire...
Deseo una ráfaga
de viento,
enérgica, despiadada,
que me haga volar
sobre el árbol,
unirme a otras hojas
que pasan...
Sé que será vuelo corto,
después caeré,
seré alfombra dorada.
pero ese fugaz tiempo
que mi cuerpo tuvo alas...
fue tan hermoso,
tan distinto,
que merece morir
pisada.
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Cuando
Cuando me pierdo
por las lïneas de tu cuerpo,
cuando descanso
en la dulzura de tu boca,
cierro los ojos lentamente...
para no ver el camino de vuelta.
Quiero vagar eternamente
por los senderos de tu alma...
descansando a cada trecho,
en el valle de tus besos...
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SILSH
(Argentina)
--- Nos pregunta Reles
--- sobre la vida...
--- no sé si mi respuesta
--- lo conforma,
--- es sólo otro retrato
--- ante su duda.
La duda de Reles
La vida anda enojada,
protestona,
con ojos de tristeza,
hambrienta,
con los zapatos rotos,
sin paraguas,
vestida de nostalgia,
sin escuela
herida tras las rejas
de los claustros.
Desorientada, dicen
que anda
haciendo huelgas a la risa,
buscando
la salud en basureros,
agotada
de limpiar bajo la lluvia,
injusticias,
en mejillas oscuras
de la infancia.
La han visto acongojada,
sollozando,
en las manos gastadas
del obrero,
en bolsillos vacíos
del labriego
con vista a las estrellas
del sin techo,
partiéndoles la espalda
por monedas.
Alguien la descubrió
regando sangre,
podando mapas, plazas,
flores blancas,
masticando la rabia
con desgana,
escupiendo capitales
entre balas,
secuestrando los sueños
en las tardes.
Desde hace un tiempo dicen,
se la ha visto,
conspirando en iglesias,
maniatando
los gritos de los santos,
pateando
diccionarios en las canchas,
y se sienta
a la mesa con los dioses
de los diablos.
Su rictus retrataron,
lastimado,
mientras cantaba un himno
en la ventana,
golpeando cacerolas
con sus manos,
descolgando banderas
y rosarios,
imprimiendo su dolor
en algún diario.
Paseando en el museo
de justicia,
cocinaba las tripas
de inocentes,
sin futuro posible,
desmadrados,
girando en calesitas
sin caballos,
juntando marionetas
sin sus brazos.
Argentina la sedujo
por centavos,
comprándola de oferta
en el mercado.
No pudo resistirse
ante poderes.
Se arrastraba, sumisa,
displicente,
en un acto de amor
hacia la muerte.
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Noches
Perturbada la noche
muerde estrofas de otoño,
testigo
de las sombras
que trepan por los muros.
Cae la soledad sobre la almohada,
suicida la aspereza del silencio
borracha de parir
entre hojas ocres,
caricias de poemas naúfragos.
Irrumpe la tonada cadenciosa,
una sonrisa
busca asilo entre los labios,
de puntillas
los sueños cubren huecos,
abrazando las horas verticales
hasta que guiñe el sol
cuando despierte.
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Juego prohibido
Guardaré la voz en los cajones,
sobre el sillón
dormiré los murmullos.
Con tu mano de lava
rugirá mi volcán
al abrirse la tierra en serpentinas.
Sé que saldrán insectos de los
zócalos
investigando raíces del camino.
Profanarán los cantos libertarios
que hemos escrito al borde de la mesa.
Vendrán por nuestras pieles
buscando en los armarios, los mohínes.
Sellarán nuestras risas en pozos de cemento
ignorando el sabor que agita el juego
de andar en paralelo, haciéndole cosquillas a la infancia.
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Guerra
Saltan
contornos
hacia
el límite
del desamparo,
metrallas
se sonríen
pariendo
gritos
de metal
por bocas
entreabiertas,
destilan
miedo
al esgrimir
razones
oblicuas
de poder
demente,
mientras
lluvias
cruzadas
escurren
restos
de infancia.
Por delante
barbarie,
por detrás
... la nada.
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Frida
(Homenaje a Frida Khalo)
Frida,
esa mujer que mira
por los agujeros de su vientre,
enroscando sus venas, cicatrices
donde aquietar su furia sobre lienzos,
la esclava de pasiones, de puñales
que retratada-atada
está
entre girasoles,
que escupe y carajea
ante injusticias
desde su cuna-cama-dura-quieta,
recortada en pedazos
su columna.
Frida, la de los clavos
clama,
retorcida cadera inmóvil
entre pájaros-pinceles,
revoluciona tiempos,
agitada de amor
por su Rivera.
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Los labios del silencio Hay un claro en la arena
junto a mis pies de algas
caracolas que envuelven
el llamado del mar.
Deja que le acaricie
los labios al silencio
que mis huecos se inunden
con la luz de tu sombra.
¿no has visto a la marea
tomarse de la mano
con la luna?
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MARIANA
CRUZ (Argentina)
Ser
inmigrante
Buscando,
añorando,
partiendo,
llegando…
Lo llevo en mis venas,
lo llevo en mi esencia,
viajar, cruzar mares,
buscar mi tierra
y luego perderla.
Igual que mi abuelo,
que añorando la paz
marchó a otras tierras
para su vida entregar…
Y ahora cuestiono,
por qué el desapego,
por qué el desasarraigo,
por qué el sacrificio,
por qué el dolor,
Cuestiono y entiendo.
Me duele y entiendo.
Ahora soy yo inmigrante.
Añoro y busco,
sacrifico y dono,
creo raíces y vivo errante.
Me toca el alma
y encuentro respuesta,
es amor lo que mueve,
es esperanza lo que mantiene,
es dolor el que fortalece,
es impotencia lo que duele,
y siempre es uno el que se entrega.
Son los hijos los que lo merecen,
es Dios quien nos bendice
y soy yo quien decide.
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AURELIO
TORRENTE IGLESIAS (Cuba / E.E.U.U.)
Cincuenta
y cinco rosas
(A mi esposa Eva, el 55 aniversario de
nuestras bodas)
Ya son cincuenta y cinco los rosales
que hemos visto brotar en nuestras vidas,
las rosas del amor, bien florecidas
perfuman nuestros años de esponsales.
Son rosas con sus pétalos iguales
al cariño y los besos que no olvidas,
llenando de caricias tan floridas
que el amor es jardín de madrigales.
y son CINCUENTA Y CINCO...¡Casi nada!
sin una sola rosa marchitada
para gloria eternal de nuestro orgullo.
Seguiremos cromándolas con besos
que abrillanten los tiernos embelesos
y aviven el color de un ¡siempre tuyo!
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ROXANA
VALDIVIA (Cuba)
Los
viejos rieles del ingenio
Quién pudiera desandar el polvo
insolente y niño
pertinaz
y anudar los zapatos en la encina,
tras las cañas
o el podrido tronco de mi ceiba.
Quién pudiera recoger
los colores de mi falda
y encontrar el sonido de los juegos
en la última azotea de la casa.
Por los viejos rieles del ingenio
zumba el viento
y estremece el recuerdo de mi infancia.
Quién pudiera desandar
el descalzo silencio de los árboles
o la complicidad del río.
Quién pudiera deshilar el tiempo
como los tejidos
de mis calcetines
o las agujetas en mis dedos.
El tren azucarero,
la escuelita,
la falta de cordura en el recinto,
los grafitos
¡qué lejanos entonces los caminos!
¡Ay!, mis pies
sobre el algodón de la ceiba milenaria,
el batey
donde el baile de las vainas
y de la caña brava
convertíase en ciudades y palacios
colosales;
trasatlánticos viajando
por Venecia, por Egipto, por España,
¡mágicos entornos de mis sueños!
¡Quién pudiera borrarle la tormenta
a los proyectos
aún en busca
de los años del intento!
Cabalgamos en corceles
ya sin tiempo,
desviados
los viejos rieles del ingenio.
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LILY
RODRÍGUEZ (E.E.U.U.)
¿Dónde
está Dios?
No está Dios ni en el techo ni en el piso
ni tampoco en la iglesia o los altares:
está dentro de ti, cuando hay pesares
y te olvidas del mal que alguien te hizo.
También Dios va escondido en el espejo
donde a veces te miras de mañana,
y está siempre detrás de tu ventana,
dando luz y calor a tu reflejo;
cuando al árbol le crecen nuevas ramas,
cuando voces susurran lo que escribes
y la noche se esconde en cada aurora.
A veces no lo oyes y reclamas
creyendo que no sabe donde vives;
mas Dios creó tus versos... y allí mora.
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Quisiera ser
Quisiera ser la luz adiamantada
que marca el alborear del universo,
cruzar hasta tu voz y, aprisionada,
en notas fusionarme con tu verso.
Quisiera ser guitarra de la noche
que arranca de la luna melodías
y luego, desatando el áureo broche,
llevar a nuevos mundos canturías.
Mas no soy Artemisa en su carroza
surcando por los cielos presurosa
para llegar a Orión emocionada
Tan sólo soy mortal aficionada
Tan sólo soy reflejo de una diosa
Tan sólo soy historia desvelada.
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Sólo quiero mudar para tu pecho...
Sólo quiero mudar para tu pecho
los últimos acordes de un danzón
hacerlos que se eleven hasta el techo
y bajen hasta el centro del salón.
Allí comenzaremos por derecho,
con notas de violín y de trombón
que el piano, como tránsfuga al acecho,
captura y nos incita a rebelión.
La paila con el güiro se amotina
marcando a contratiempo su calor
y el grave contrabajo se apresura.
El último estribillo ya termina.
Se apaga el retumbar de mi tambor.
La música se escapa a otra aventura.
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CÉSAR
LACAYO (Nicaragua)
Peregrino
en la tierra
Peregrino en la tierra cantando melodias donde
suben los hombres a nacer
dentro de un corazón.
Peregrino proveniente de otras tierras.
Extranjero. Caminante. Visitante. Huésped que con el día,
va retornando hacia el dormido sol sobre la montaña;
para volver a nacer y caminar en el nacimiento de otro día,
como el río de luz y lluvia con que el invierno besa y
cubre la semilla,
para que la primavera la descubra en su nueva explosion de fruto
y de
color,
y en el otoño, se desprende la hoja de la rama,
y salta para hablarle al viento, y el viento le canta, la mece,
y la arrulla, en su viaje hasta el suelo,
alcanza la fecunda madre tierra, y la tierra la abraza,
queriendo aproximarla más y más a su silencioso
corazón,
y luego, entre el amor y la sabia,
sube la genética de una cancion de células y vida,
y va naciendo la hierba, para llenar el verdor del verano,
en un círculo de amor interminable: vegetal, mineral y
cósmico dentro de
una misma canción de universo,
como en el principio cuando Dios se movía sobre el silencio
y los espacios infinitos,
y de sus palabras nacieron las estaciones, los mundos
y la tierra; y el espíritu del hombre brotó del
Espiritu de Dios,
hundido en las eternidades celestes.
Mientras el movimiento, la materia y la energía fusionaban
espacios dentro de otros espacios,
al nacimiento de los mundos y los astros.
La grandeza está más allá
de la mente que pesa y se proyecta con la
agilidad relampagueante de la luz.
Es como fruta madura desprendida de la rama
o luz de nebulosa retratando el resplandor inmenso de la constelación.
El espíritu está en la bellota
que cae al corazón para alcanzar la vida.
Develar sus secretos y descubrir la simiente de la inmortalidad
dentro
del hombre;
grabada en los pergaminos del corazón.
Peregrino en la tierra para cantar bajo el viento
una canción de vida.
Peregrino en la tierra con las manos del día, donde el
sol de otros
mundos, va naciendo en mis manos.
Mi corazón palpita en el vuestro y en
la misma morada,
bajo el sol, bajo el día, hacia el atardecer,
hijo de un mismo corazón y de una misma tierra,
cubiertos por un mismo sol, la misma lluvia, la misma sangre
y el mismo amor.
Dentro de una misma ciudad y un mismo universo.
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Luna
blanca redonda
Luna blanca redonda de redondez de planeta.
Ala de la luz sobre la lucha de la espuma y la sombra,
envías al vacío la nada ensordecida,
para vencer el bosque de la noche cautiva.
Lejanía infinita como un hombre en la muerte.
Fantasmas de silencio hacia el rumor de la vida.
Silencio de cenizas, rumor de estrella y besos.
Mar blanco y de rocas, corrientes de silencios,
giras sobre un desierto de infinidad celeste,
sobre el frío que arropa la galaxia y la estrella, solitaria,
desde la esparcida luz del corazón de las constelaciones.
Blanca heredera de montañas, al borde
de un blanco mar de arena.
Flotas dentro de la danza de los átomos y las moléculas
interestelares,
existiendo sobre oscuras profundidades de luz y de universo.
Certera arquera del arco de la ausencia,
bajan tus flechas desde las soledades de tus playas,
hacia las soledades de las enlutadas torres de la noche.
Tambor de silencios de la infinita rueda donde
gira y canta la eternidad,
contemplando los mundos,
con la nueva mirada blanca de una estación de luz, oceánica
y distante.
Callada o dolorosa. Playa blanca de ausencia.
Territorio de polvo de hueso luminoso;
arena seca y cenicienta hecha de luz...
Desierto de rocas con cráteres inmensos, donde cantó
el meteoro y colapsó
el astro.
Paisaje de mares sin aguas en tus mares, polvo blanco de mar.
Peces de luz de arena.
Océano de tempestades de ininterrumpidos silencios.
Playas sin olas. Mar sin playa.
Beso de ingravidez sin viento. Mar muerto sin atmósfera.
Los labios de la noche visten en ti su semblante
de silencios sin tiempo,
vastedad oceánica sin límite, profundidad de boca
cincelada de estrellas.
Montañas cósmicas, emisoras de lenguajes sin abecedario
y sin sonido.
Pozo de luz profunda en la garganta del cosmos.
Ah, tu luminosa en la inmensidad de la nada,
redondez de las noches,
callada navegante de distantes puertos e infinitas ciudades,
pobladas de soledad o ausentes melodías de canciones solares,
dentro de un concierto espacial, detenida en la nota de la nada,
flota tu canto redondo,
fusionado a la partácula donde vive la estrella y la nación
del todo la
envuelve el éter.
Luz sobre luces de las ciudades-luz, donde las
luciérnagas sonrien, y se
abrazan,
con milenarios destellos, largos como el viaje de los cometas.
Luz blanca redonda; roca de arena astral.
Circunferencia blanca sobre el abismo de una noche más
inmensa que la
noche primera,
redondo espejo blanco de arena blanca y hueso.
Cantas desde la luz de una noche de luz enroscada en el tiempo,
con luz de lejanía o de ausencia.
Ah, vastedad de universo, palpitar del corazón, manos del
tiempo, en la
noche sin fin, de una muerte sin muerte.
Silenciosa testigo de la procesión de
la historia.
Un tren de sombras y bultos retienes en tu eterno amanecer.
Has visto girar la rueda de los días en la danza del tiempo,
navegando hacia el océano del siglo o mar de milenios,
desde el nacimiento del principio
hasta la continuidad de los milenios.
Has estado ahí, silenciosamente, eterna, alumbrando eternidades.
Cinco mil millones de años en el tiempo.
Nos unen distancias remotas y lejanías-luz detrás
de las esferas.
Oh, inmensa lumbrera: los siglos y el infinito
constelado te retienen
y te abrazan entre sus venas cósmicas de luz, y yo, esta
noche, te saludo
con mis versos.
En tu corazón gravita la procesión del tiempo y
los secretos y misterios
de los mundos.
Oh, testigo muda de otros tiempos y del día sin hora de
este tiempo.
Desde tu morada celeste transcurren los siglos sobre danzas de
distancias
y milenios.
Esta noche nos aproximan inmensas lejanías.
Tu luminosa blancura redonda de planeta, entra por mi ventana
con el distante y cercano resplandor de tu blanca poesía.
Salud, astro de Dios, ¡salud!
Luna blanca de luz, satélite de la tierra.
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ERNESTO CARDENAS (Cuba)
Te busco allí
Te busco allí donde la fe desborda
su mágica ternura en el instante
y entre los lirios el perfume borda
la tarde que se marcha agonizante.
Donde los cisnes dan a los cristales
del lago su reflejo y su elegancia
y los astros dibujan divinales
senderos en la piel de la distancia.
Te busco allí en la ardorosa llama
en la sagrada gruta, en el vestigio
te busco allí donde la vieja rama
florece sin saber... como un prodigio.
Allí donde se tocan los caminos
donde el incienso sus perfumes quema
en la líneas de antiguos pergaminos
y en la nostalgia que escribe mi poema.
Te busco allí para lograr unidos
del alma su nivel en la balanza
te busco allí detrás de los latidos
allí... donde no muere la esperanza.
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Para su gloria
El panorama artístico italiano
señala su razón y su presencia
tras el contorno alegre y cotidiano
que guarda de otros tiempos... la excelencia.
Donde la piedra inerte tomó forma
en mezcla con el alma y la aventura
por una proyección que se transforma
en magia que abortó la arquitectura.
Todo parece eterno en el modelo
todo revela gran magnificencia
todo nos dice lo que fue ese anhelo
todo nos habla allí de persistencia.
El jónico formando el palatino
de auroras cinceladas y de audacias
aflora en su perfil alabastrino
un arte de elevada arístocracia.
El arco nivelado en la estructura
de Severo Septimio es ese vuelo
que supo competir con la blancura
del mármol semejante al terciopelo.
Nada se pudo comparar al hecho
sublime del instante milagrero
nada pudo romper aquel derecho
de genio inspirador y su sendero.
De lo que allí quedó y el tiempo sella
plasmado para siempre en la memoria
de lo que fue sin dudas una huella
del hombre en su tesón... para su gloria.
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El fantasma del espejo
Tal vez en mi locura, tus reflejos
-ignorados en tiempos y distancias-
se presentan por magia en los espejos
sabe Dios por qué raras circunstancias.
Sólo sé de contornos y siluetas,
de trazos, de perfil tras los cristales,
de formas vaporosas e incompletas
que tienen no sé qué... de fantasmales.
Por qué la imagen en la luna fría
del tremol que define tus fronteras
parece adquirir anatomía
en cuerpo que sorprende mis quimeras.
Y saltas del cristal por sortilegio
de algún hechizo, aborto del encanto,
teniendo en mi locura el privilegio
de vivir un instante sacrosanto.
Pues pones realidad sobre mi cama
rompiendo de la noche los manejos
y vuelve a repetirse el mismo drama
marchándote otra vez... por los espejos.
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Tercetos de adentro
Yo soy feliz tal vez porque mis modos
desechan vanidad buscando amigos
y quiero compartir así con todos.
Quiero abrazar al rico, a los mendigos,
saber que son la unión para mañana
tras compartir el pan y los abrigos.
Gritar mi sentimiento en la ventana,
mirar de frente sin hipocresía
sintiendo el alma adentro más liviana.
Yo soy feliz quizás por la manía
de comprobar que existen corazones
que alumbran como el sol del mediodía.
Hoy quiero ver sonrisa en los enojos,
la paz sobre la sombra de la guerra,
quiero trocar la flor por los abrojos.
Abrir la puerta que detrás se cierra,
festiva la palabra en el encanto
soltando la bondad sobre la tierra.
Quiero, en fin, escuchar el bello canto
de todos sin dejar a nadie afuera
en un mundo sin penas y sin llanto.
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MATIAS LUCADAMO (Argentina)
El nacer del poeta
Una noche, lejos del recuerdo, sé que abrí mis ojos de niño.
Una noche, ¡cántaro de olvido!, sé que le arranqué
el velo a la imagen.
En aquella vigilia, horrorizado,
un abismo se tendió a mis pies.
Un vacío fugaz y pérfido; rostro inaudito que engullía
mas allá de aquel cuarto,
mas allá de aquel estío,
mucho mas allá...
Intuyo: mis manos de niño habrían de hundirse en el fango.
Intuyo: mi alma de hombre nuevo habría de agazaparse en un rincón.
Pero no lo recuerdo.
En vano afán ansío aquellos añicos disueltos
en mi memoria. En vano.
Bajo el cielo azul y esta tremenda soledad,
brusco, me abriría el pecho
si pudiera evocar aquella noche, y sentirla, y llorarla;
aquella noche, cuando por vez primera
el miedo brutal crispó la fantasía;
aquella noche, cuando, impío y descarado,
Dios desgarró mis ensueños absolutos.
Y abrí los ojos. Una noche larga y embustera
abrí los ojos.
Mis cándidas pupilas
se mojaron de un llanto quieto,
como añicos de cristal.
La vigilia me supo amarga,
y todo lo que se llamaba ensueño,
ya nunca lo fue del todo.
Allí habría de nacer mi poeta,
la sombra bastarda que me corre en las ciudades,
el susurro perpetuo que acuchilla mis oídos.
Allí, entonces, habría de nacer dentro de mí otra alma,
austera y delicada al dormitar,
pero que al romper su sueño
se eleva piadosa a las alturas
y le tiende su mano a Dios.
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Maldigo
Maldigo tu belleza.
aunque sólo te deslizes en mis fantasías:
desgarro en ellas mi pecho con trémulas manos
para respirar tu aroma.
Pero maldigo. Maldigo el día aquel
en el cual tu nombre me bendijo.
Maldigo esta música lerda, rea en el yugo de tu lejanía.
Maldigo los viajes de la rutina, cuando te evoca el tedio,
te llama a gritos la desolación.
Sí, tú, en los vastos páramos del olvido,
aún me nombras,
aún me miras.
Musa, Musa, simple materia de ansiedad, niebla de sueño,
y llanto de tener tu boca susurrando en mi boca,
tu lengua lozana en mis labios huraños;
masticarte la sonrisa,
y el manantial diáfano de tu caricia
derramándose en mi cuello horrorizado, tremendamente horrorizado
porque no puede ser real.
Pero maldigo, sí, maldigo.
Maldigo el himno de tus cadencias al hablar,
el deambular en suspenso de un canto que no se oye, que no murmura;
estruendo atiborrado de infinito, idioma distante, eco de erial.
Maldigo, tu llanto ausente, tu redención fingida.
Maldigo que mi querer sea la constelación toda en tu noche inmensa,
y maldigo que esto no sea así.
Te pienso, de pronto, en estos viajes de la rutina, del tren cansado.
Hoy llueve afuera, y caen rayos de cristal en los vidrios;
parece el cielo gris de tormenta y el crepúsculo se sonríe, se burla de mí,
grotesco, cruel, miserablemente cruel.
Sórdido el hedor pútrido que despiden los silencios
cuando te hablo en mis fantasías;
te lo dije, aquello de que te paseas en mis fantasías? ¿te lo dije?.
Ah, me arrancaste la soltura, me crispaste la endereza,
algo descarada...
Maldigo el día aquel en el cual tu nombre me bendijo.
A mi, el absurdo, el frágil, el perro bruto a orillas de la ruta,
lo maldigo, a aquel día, lo maldigo.
Sí, fue entonces mi perpetua condena al desdén.
Sí, fue entonces incesante la voracidad de mis quimeras...
¡Ah, mujer, pero no puedo mentir! Eres tú la silueta
de todo lo bello que guarda el mundo.
Eres tú la forma, eres tú la brisa estival
que se eleva al cielo claro; la fantasmagoría enamorada
que nunca supo de morir.
Yo maldigo aquel día en el que, ¡cándido y herido!, me arrojé a buscarte,
a perseguirte; cuando las mil cuchillas de lo imposible penetraron mi sien,
cuando las mil zarzas dolientes de tu indiferencia embistieron mis idilios,
pero eres tú la idea, y la forma, y el color.
Sí, yo te anhelo, yo te ansío. Te lo dije ya.
Usurpas mortal todos mis pensamientos; arribas allí
como una navidad en la infancia.
Tú allí eres mía, eres mía, e indagas en mis voluntades,
y me proteges del azar. Allí, ¡piadoso ensueño de paz!,
Yo te investigo, te quiero, le dibujo violetas rutilantes a tu sombra,
a tu idea ancestral.
Allí, vago, me duermo en las hebras tenues de tu anochecer;
allí, hidalgo, te silencio las palabras de un beso.
Taciturno en el tren, miro siempre a través de la ventanilla
aquellos edificios que juegan a las escondidas,
o aquellos árboles vencidos en las veredas,
o a la gente, que se encierra con presteza en algún capullo de hormigón.
Yo, que cuando te guardo en el pensamiento, miro hacia afuera,
siempre hacia afuera.
A veces volteo la mirada ruda con la fe enceguecida de hallarte a mi lado,
sentada, con tu silencio vulnerable,
con tu mejilla tibia rendida al beso mío.
Yo volteo la mirada; sí, mujer, para buscar tu mano,
tomarla, y contemplar risueño los anillos que la decoran; yo me volteo.
¡Fantasma verosímil, iluso dolor!
Verdaderamente convencido de que allí te encuentras,
de que alli descansas...
pero no, pero no. Hallo lo que hallo,
miradas fastidiadas, muecas extrañas; pudoroso enjambre de hombres
que nada saben de ti. Me miran, apenas subyugados,
tal vez, ante el resplandor arduo y desdichado de mi semblante,
huella furtiva y perpleja
de una vehemencia ya herida, ya frustrada...
Ah, Dios, ¿por qué bendito es el ensueño, y por qué maldito el despertar?
Recorro sigiloso las penumbras de la idea ancestral.
La que es tuya,
la que es mía.
Yo sólo maldigo todo lo que está lejos de ti.
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