Indice
RAMÓN GRAELLS BOFILL
La voz del barro íbero
A la soledad de un mal de amor
Soliloquio
El desolado
A la soledad de una espiga
A la soledad de los romeros
A la soledad de la muerte
Casa de soledad
A la soledad de un soldado sin nombre
La historia de unas manos
He vuelto a verte
Escrito en alta voz
Homenaje a Miguel de Unamuno
A un niño que mendiga con un verso
Ausencia de mí mismo
A Jorge Antonio Doré
Cementerio de guerra
Margarita
Juramento
Cuento infantil
Viaje en tren
Coplas de un reo
Cuenca minera
La casa

A una ausencia
Invitación al sol
A un delfín varado en la playa
Divertimento poético de un optimista
Cronos
A M., como siempre, con retraso.
Once de marzo

 

 

RAMÓN GRAELLS BOFILL (España)

La voz del barro íbero

Yo soy del barro indómito de España.
Corre una patria estricta por mis venas
que es parca en trigo, pródiga en guadañas
y enemiga solar de las cadenas.

Surcos hay en sus campos y en mi frente
donde alguien sembró sal. Por eso habito
la soledad de España y de su grito,
y odio al silencio que no es transparente.

De barro ibero soy... Barro infinito
que va, como la muerte, de hombre en hombre
y hasta de sangre en sangre algunas veces;
barro que va del alma hasta las heces
calcinando la voz del que lo nombre.

Barro soy de una España en paradoja
donde a las mismas puertas de la usura,
niños de ojos manchados de hambre roja
hurgan en mi dolor y en la basura.

Tierra donde la ira es un ejemplo,
donde la envidia está santificada,
donde la espada es cruz, la cruz espada,
donde aún hay mercaderes en el templo.

Tierra soy de una tierra condenada
a tener tantos muertos como palmos,
barro de un pueblo que es fuego sonoro,
de un pueblo que a la muerte llama toro
y confunde la guerra con los salmos.

Pueblo de alma a la vez cristiana y mora
donde las penas son guitarras lentas,
pueblo que canta y reza y ríe y llora
y combate a cuchillo las tormentas.

Tierra donde la vid brota sombría
sobre el yermo rebelde y abrasado,
donde el sudor herrumbra hasta el arado,
donde la espiga al sol de sed se hastía.

Tierra de rojo vino huracanado
que desmorona espumas de tristeza;
tierra de altos alcázares y escombros
donde el hombre lleva sobre los hombros
un corazón en vez de una cabeza.

¡Estoy hecho de España!... Un barro ibero
navega por mi sangre, ata mis brazos,
traspasa mi estructura por entero
y estalla por mi boca hecha pedazos.

Barro solar, barro definitivo,
barro que sueño y lloro y bebo y canto,
barro cuya oleada duele tanto
como la vida amarga en la que vivo.

Barro forjado en luz de húmedo llanto,
inevitable barro de horma extraña
que nubla mi garganta de alfileres...
Y de tanto gritar amaneceres,
están roncas de luz mi voz y España.

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A la soledad de un mal de amor

Ven a mi soledad... que no hay espejos
en donde no me mire yo sin verte,
que es oscura la luz cuando te marchas
y sabe a pan el hambre cuando vienes...

Ven a mi soledad... Que tu palabra
descerraje el silencio para siempre,
que el arado temprano de tus besos
ponga un sueño de surcos en mi frente.

¡Ven a poblar la casa en que no habito
y aventa la ceniza de mis sienes,
que no quiero esperar toda una vida
a que se llame como tú la muerte...!

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Soliloquio

¿De qué te habrá hecho Dios, soledad mía?
¿De qué te habrá hecho Dios? Cuando se apague
la tarde, tú serás en la tiniebla
una gota de luz en que buscarme.
Yo no sé si serás, soledad mía,
la dulce hermana del silencio grave.
¿Qué tendrás? ¿Qué tendrás que me hablas siempre
cuando ya nunca nadie quiere hablarme?
¡Qué breve es la llamada del camino!
¡Qué breve el peso frágil de mi carne!
Más allá de mis noches no hay reposo;
más allá de la vida... ¿quién lo sabe?
Soledad, soledad, en ti me pierdo
para buscar mi lumbre en tus instantes.
Espero. espero siempre. Y en mi espera
dispuse un hueco para ti en mi nave.
Y cuando surque yo el mar de la muerte
y el postrer aire azote mi velamen,
nada querré contigo en la otra orilla:
contigo, soledad... ¡tengo bastante!

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El desolado

A pesar de la luz, mi oscuro paso
amordaza la calle, y se asegura
un lívido color de sepultura
a la serena lumbre del ocaso.

De sombra en sombra voy. Silencio. Acaso
quiera el dolor hablarme de la altura
de Dios... pero la soledad perdura
mientras habito el tedio del fracaso.

Y se cumple la noche. Todo pesa
inútilmente ya. La voz no acierta
a poblar la agonía en que me inmolo.

Dios... ¡sólo Dios!! La soledad no cesa
Y en la sombra de una página muerta
escrito queda ya que estuve solo...

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A la soledad de una espiga

¡Escuchad el lamento de la espiga
que desgrana su pena entre los vientos!
¿No veis que está llorando eternamente
porque anhela ser pan de todo un pueblo?

El trigo que amanece de la tierra
no quiere ser esclavo en su granero;
quiere esparcir su oro entre las gentes,
quiere ser -sin frontera- un mar abierto.

¡Mirad a la espiga que se rebela
contra la casta hostil del privilegio!
¡Mirad como su canto altivo hiere
la pálida aflicción de los almendros!

El llanto del trigal dorado, azota
la paz lacia y furtiva del sendero;
pronto caerá la espiga, degollada
por la fría guadaña del silencio...

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“Antes yo necesitaba sentarme para pensar.
Ahora pienso de camino”.
J. Ortega y Gasset

A la soledad de los romeros

¡Y pensar que la piedra nunca muere!
¡Y pensar que el camino que nos lleva
no muere nunca, ¡no! Pero nosotros,
nosotros somos casi como hiedra,
como hiedra fugaz que escala un muro
y al llegar a lo alto, ya está seca.
Nos alumbra la vida. Poco a poco
nos sabe todo a lágrima y a tierra.
Si el andar nos fatiga, no cedemos
aunque nos abra el mundo alguna puerta.
Maldecimos la sed, y no bebemos;
desdeñamos las fuentes de agua fresca.
Ignoramos el río, pero el alma
se nos queda bebiendo en la ribera.
Buscamos techo en nuestra propia carne
porque es la soledad la que consuela
nuestro llanto marchito de esperanzas,
nuestra cosecha absurda de horas muertas.
Y el alma se nos abre al horizonte
cansada de soñar que ya no sueña.
¡Y pensar que la piedra nunca muere!
¡Y pensar que el camino es siempre ausencia!

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A la soledad de la muerte

Una tristeza oscura se deshace en mi cuerpo
cansado de ser tierra sobre tierra. Y a veces,
un otoño de sueños caídos como hojas
navegan por mi frente, nevándome las sienes.

De noche aprendo estrellas, por no aprender las dudas
que me pueblan el tiempo. Y el alba, nuevamente,
me augura que ya falta vivir un alba menos
para ser sólo tierra bajo tierra por siempre.

Y yo cierro los ojos y me miro hacia adentro
y sueño las secretas certezas de la muerte.
Sólo el alma pregunta con la voz del silencio
por qué esa vieja muerte que mata nunca muere...

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Casa de soledad

Otoño. Soledad. Siempre lo mismo.
Nada nuevo sucede en esta casa.
Un hombre vive en ella. (Eso parece
si llamamos vivir a ver el alba
cada día). Es un hombre como muchos:
ya sabe que la noche siempre es larga
y le abate los hombros. Ríe poco
y odia la soledad porque le mancha.
Las manos se le enfrían muchas veces
y, a menudo, su frente derrotada
se le inclina hacia el barro. Nadie sabe
que sólo algún milagro le rescata.
Otoño. Soledad. Un hombre vive
a golpes de milagro. La palabra
se le ahoga en los labios cuando quiere
gritar para poblar de voz su casa.
Rompe su verso claro en la ceniza
de un ayer que aún le nubla la mirada,
y en su voz se averigua un libro abierto
siempre en la misma y desolada página.
Un hombre. Soledad. Punto y aparte.
Nada nuevo sucede en esta casa
donde la puerta queda siempre abierta,
donde sólo la vida está cerrada,
donde el silencio escribe en las paredes:
Otoño
Soledad.
¡Esto no es nada...!

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A la soledad de un soldado sin nombre

¡Madre, cómo se venía
abajo la madrugada!
Tenía veinte años mozos
ardorosos como brasas,
una bandera en la frente,
una mujer en el alma...
Su nombre, madre, su nombre
lo ocultó el tiempo en la nada.
¡Madre, que no sé su nombre!
Madre... ¿Cómo le llamaban?
Se despertaron los trigos
con un roncar de granadas;
el aire se puso negro,
las amapolas sangraban.
¡Madre, cómo se venía
abajo la madrugada!
¿Silencio? ¡No hubo silencio!
Sólo un tronar de metralla.
Sus veinte abriles de lirio
los mordió un beso de bala.
El rocío fresco, madre,
quiso lavarle la llaga.
¡Toda su carne tenía
llantos de púrpura y nácar!
Mudo le quedó el fusil
entre las manos crispadas.
¡Con una mirada, madre,
se llevó la madrugada!
No quiso mirar atrás
por no ver qué se dejaba.
Sus labios rezaron, lívidos,
el nombre de una gitana,
¡ay!, y se quedó dormido
como la luna en la charca!
Los juncos, amedrentados,
lloraban, madre, lloraban...
La muerte se lo llevó
en su carreta enlutada
y en el olivar, quedose
vagando, anónima, un alma.

¡Madre, qué pronto se vino
abajo la madrugada!

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“No te mires al alma,
a la sombra, a los labios.
Mírate bien la palma
de la mano, vacía”.

Pedro Salinas

La historia de unas manos

Bien sabe Dios que yo era un hombre solo
a quien la soledad heló las manos.
Dos manos sin razón de ser; dos manos
que clamaban al cielo.
Con los dedos,
-arados de silencio- me iba abriendo
paso franco en las calles de la noche
por ver si hallaba luz.
Fue todo en vano:
coseché errores, sombras, aire... ¡nada!
Y entonces comprendí. Miré mis manos
y vi palmas vacías que tan sólo
traspasaron el frío y las estrellas;
vi senderos que sólo transitaron
las lluvias y los pájaros primeros
que vuelan el verano... ¡Estaba solo!
Y mis manos pesaban. Eran como
dos peces muertos contra la corriente,
como dos espantajos mal erguidos
en algún trigal huérfano de aves.
Tú sabes lo demás: llegaste un día
a decirme que no, que mis dos manos
aún podían arder. Que me querías...
Luego sembraste, amiga, madrugadas
de amor
entre dos surcos donde antaño
se posaron los pájaros, las lluvias...
Mis manos se miraban en las tuyas,
-cuatro eslabones cálidos que unían
la cadena plural de nuestro amor-.
¡Era el tiempo de amar!
Luego te fuiste.
La soledad ha vuelto a helar mis manos
amigas de la lluvia y de los pájaros.
¡Vivir es olvidar! Pero adivino
tu voz entre las voces del silencio,
y aunque el sol del verano funda el hielo,
es un glaciar tu ausencia entre mis dedos.
¡Inolvidable olvido! Tú ya sabes
en qué planeta habita un hombre oscuro
que reza con tu nombre, y necesita
justificar sus manos con las tuyas!

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He vuelto a verte

He vuelto a verte, vieja casa familiar
que guardas celosamente, entre tus anchos muros,
aquellos primeros quince estíos de mi vida.
Sigues allí, arcana, inmóvil, contemplándonos
en pie ,bajo la sombra medieval del castillo
que, desde siglos, vela tu descanso. Cerrada
a cal y canto. Como un antiguo paréntesis
en el tiempo, igual que un viejo islote caducado
en un mar de cemento. He vuelto a verte y todo
de pronto, en mi, se ha detenido. Vuelvo al ayer
cuando aprendí a vivir y los recuerdos
se edifican, puntuales, en mi clara memoria
con la exacta precisión de esas fotografías
que, a veces, sólo sabe hacer el corazón:
la plaza polvorienta donde se yergue al fondo
la enorme higuera, acumulando, avara, la única
sombra en la hora brutal de la solana
agosteña... La almena desdentada de aquel
castillo que todavía encarcela mis sueños...
El balcón de mi cuarto, desde donde miraba
absorto, tantas veces, hacia la mar azul
cobalto cuya línea anhelada se pintaba
lejana...Y otro océano verde de viñedos
que perfumaban el aire, presagiando
la cercana vendimia en la que, con pies menudos,
participaba yo, con mi más rotundo
entusiasmo, de la mano de aquel abuelo
que modeló aquellos años míos con la mágica
impronta de un amor indescriptible que aún
conmueve – y rozo el medio siglo- los cimientos
de este corazón mío en cuanto le recuerdo.
Casa Bofill: ¡qué indómita te veo, como aquél
que te dio nombre! Fuerte, serena en tu inútil
existencia, vivo mausoleo de piedra
donde duerme por siempre mi infancia añorada
que ocupa, cada vez más, mi pensamiento
cuantas más canas tengo en las sienes del alma.
Vieja amiga: ¡cuántos miles de horas felices
guarda tu pétreo abrigo del olvido y el tiempo!
Me achico en tu presencia. Me regreso
al tirachinas, los higos frescos y la espada
de madera con la que siempre, siempre, ganaba
mis batallas.(Qué gran falta me estás haciendo
ahora, vieja espada, cuando ya no te tengo...)
Quisiera poder tener tu llave, entrar en ti
y darle a tu moho una capa de melancolía,
pero te han clausurado, amiga mía. Casa Bofill:
plaza del Castillo. Cubellas. Barcelona.
Cataluña. España... Si pudiera, viviría
contigo, en ti, ya, para siempre. Si pudiera
tal como entonces, tu caballero andante
con su espada de madera, te rescataría.
Pero tú y yo no somos más que estatuas vivientes
-tú en piedra, yo en carne- ajenas a este tiempo
turbio y contradictorio en el que ambos estamos
sin duda, de prestado.

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Escrito en alta voz

Cuando vuelva la paz sobre los trigos
y escampe para siempre esta tormenta
entonces será lícito el silencio
y podremos al fin dar media vuelta.

Mas hoy que manos pútridas sembraron
nuestros campos de abrojo y mala hierba
y hay nubarrones turbios que amenazan
con hollar sin piedad nuestra cosecha

no ha de haber ni una voz que se permita
ni un lapso de silencio, ni una tregua
y no hay que dar asilo en nuestros cuerpos
ni a un hueso con derecho a la cansera.

Si Dios armó de voces nuestras vidas,
¿a qué esperáis –decid– para que prenda
la voz fuego a la voz y estalle al punto
como un grito total España entera...?

Si alguien pintó el silencio en vuestros labios
echad mano al valor y a la vergüenza
y veréis como os brota en la garganta
un polvorín de gritos y banderas.

Tiempo es de andar España a voz en grito
en sonora y fecunda sementera
sembrando voces recias como troncos
y verdades que arañen las estrellas.

Un vendaval de voces afiladas
ha de azotar el rostro de esta tierra
hasta segar de un tajo transparente
esa camada hostil de malas hierbas

que oscurecen el sol, manchando el aire
de un insolente hedor a charca infecta
que envenena el albor de los almendros
y extingue con su hez la savia nueva-

España es un sembrado de futuro,
es una inmensa espiga a cuya vera
velarán como espadas nuestras voces
hasta que llegue el alba de la siega.

¡Desenvainad la voz porque ya es hora
de acribillar a gritos la tormenta
y escribir en el viento que no hay nada
que pueda detener la primavera!

(Del poemario “Oficio de tristezas”, 1977)

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Homenaje a Miguel de Unamuno

Un corazón de lúgubres latidos
que la sombra me viene persiguiendo
acribilla la paz de mis sentidos
como un tambor de espanto y estruendo.

Un corazón de pólvora y de saña
que estalla ebrio de sangre enloquecida,
un corazón con hálito homicida,
un corazón brutal llamado España.

España que del odio se hizo esquirla
y, como a ti, te araña los costados,
España de perfiles afilados.
¡Fuera mejor no verla ni sentirla!

Lo primero es el odio. Lo primero
es disfrazarse el alma con la inercia
de ser antes acémila que arriero,
lo primero es pulir otro madero
donde clavar a Dios si es que se tercia.

Huérfana de la luz de la esperanza
late esta España nuestra, tuya y mía,
la España que idolatra a Sancho Panza
y fusila al Quijote cada día.

¡Soy español a gritos y arañazos¡
Y en este carnaval, en esta feria,
no tengo, Don Miguel, más que dos brazos
y un verso para hundir esta miseria.

Esta España me puebla el pensamiento,
me surca hueso a hueso y se encarama
venas arriba y siento que reclama
las iras de mi voz como sustento.

Por eso hasta la muerte –ese infinito
charco de eternidad que nunca engaña–
yo viviré arrancándome este grito
para que todos sepan que está escrito
con la furia de amar: ¡¡Me duele España...!!

(Del poemario “Oficio de tristezas”, 1978)

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A un niño que mendiga con un verso

Ni un corazón armado de tormentas
–émulo de la roca y el granito–
podría destilar indiferencia
ante ese niño leve que se agranda
cuando choca contigo y te pregunta:
“Perdone usted, señor: ¿Me compra un verso..?”
(La tarde se detiene en su mirada
aguardando el color de mi respuesta).
Apenas uno asiente y en sus labios
se multiplica un río de palabras
alegres como pájaros urgentes
que alcanzaran de pronto a ver el cielo
tras un siglo de jaula... Cuando duda
recurre e ese librillo deshojado
que oculta en su gabán de pana sucia
y estalla nuevamente en su diluvio
de sílabas que vuelan, desbocadas,
con alas de sonrisa.
Acaba el verso,
mira al suelo un momento y luego busca
el gesto de mi mano mientras alza
la suya al justo ras de mi bolsillo.
Hay un poco de Dios en esa cara
con que agradece al punto la moneda
que en ademán furtivo,
guarda en su faltriquera recosida
para trocarla en pan por la mañana.
Después brinda un adiós; te mira al rostro
y mientras busca, ufano, un nuevo oyente,
escapa calle abajo muy aprisa,
como quien sabe andar el mundo a lomos
del viento que se inflama en el crepúsculo.

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Niño que has tropezado con mi vida
pensando mendigar y has conseguido
darme limosna tú con tu alegría:
te envidio limpiamente... Sí, te envidio
porque cuando recitas te agigantas,
porque en un solo instante tú consigues
lo que ya no consigue nunca nadie:
ganarse el pan con el sudor de un verso...
Niño-poeta-hombre:
me avergüenzo
de ser parte en el mal de esta miseria
que te sigue los pasos, que tú aplastas
a fuerza de poemas cada día
y me aterra pensar que en cada esquina
las fauces de los lobos de este mundo
pueden segar de un tajo tu inocencia.
Pero siento que el alma se me ensancha
porque hoy he visto a Dios en ti, mirándome
desde el fondo del brillo de tus ojos
fecundos como trigos que granean...
trovador callejero que hoy pintaste
con tu voz la mejor de las sonrisas
en mi rostro marchito hace ya tiempo:
perdona si te envidio limpiamente,
pero he querido ser, por un momento,
rico con tu magnífica pobreza...

(Del poemario “Oficio de tristezas”, 1979)

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Ausencia de mí mismo

La sangre se detiene
al borde de un silencio
irrevocable y claro.
En la tarde vacía
los labios despedazan
cualquier palabra antigua
queriendo darle muerte,
matarla letra a letra,
arrancarla de cuajo
como a una hierba oscura.
¡Qué ausente estoy viviendo
de todo cuanto he sido!
Me siento imperceptible
en medio de la tarde,
como una sombra inútil
de todo lo que pude
ser hace tiempo. Ahora
me ofende el sol, me mancha
esa luz que se obstina
en dar fe de mi cuerpo
que ya sólo es crepúsculo,
cenizas de sí mismo...
Yerran los que me llaman
un nombre; se confunden
los rayos que me alumbran,
la senda que atravieso
el agua que he bebido:
Parado en esta tarde,
incluso me parece
que no he nacido nunca.

(Del poemario “Oficio de tristezas”, 1980)

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A Jorge Antonio Doré

Como un ave del trópico recalaste en España
y estalló el tiempo alegre de compartirlo todo:
juventud, versos, vino, tristezas, esperanzas...
Tú me hablabas de Cuba. Pronunciabas su nombre
y al punto se poblaban tus ojos de palmeras,
de mangles y de cielos rabiosamente azules,
de soles caribeños que iban fundiendo el plomo
de tus alas inquietas. Eras ave de paso
que aguardaba el instante de reemprender el vuelo
hacia tierras más próximas a tu Isla añorada.
Y al fin, se hizo el momento: con sólo tu equipaje
de versos acuñados en la lumbre española
te fuiste mar adentro, buscando una cornisa,
un balcón en el tiempo donde el sol de los días
te trajera a diario la brisa encadenada
de tu Cuba cansada de alambradas y duelo;
un balcón desde donde las recias baterías
de tus versos pudieran agrandarle la herida
al tirano que escupe sombras de hedor y muerte
sobre La Habana blanca. Salve poeta, amigo!
Pero no olvides nunca que acá en la vieja España
un poema inconcluso sobrevive a los años
esperando que un día, con las aves del trópico,
vuelvas tú para darle al verso esa postrera
estrofa inacabada: el abrazo fraterno
que nos quedó pendiente después de tu partida.

(Del poemario “Paisajes después de la batalla”, 1999)

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Cementerio de guerra

Nunca os he conocido... Nunca supe
cómo eran vuestros rostros, cuáles fueron
los sueños que acuñábais en la vida
que se os fundió de pronto. Soy de aquellos
herederos del pan hijo del trigo
que abonásteis ayer con vuestros cuerpos,
de los que no han cavado una trinchera,
de los que no han llorado un bombardeo.
Nunca os he conocido y ahora mismo
Me pesan más que a nadie vuestros huesos
Y siento penetrar vuestras ausencias
Como dientes helados de un invierno
Que castiga mi carne
                                  Soy de aquellos
Que no estaban aún, pero yo afirmo
-españoles del polvo y del silencio-
que he estado entre vosotros desde siempre
cubriendo con mi canto vuestros huecos.
Luchábais con un himno en la garganta
para olvidar los ojos de los muertos
y armábais de esperanza los fusiles
para abrir un futuro a sangre y fuego
La vida no tenía otro destino
que arder –firme- en el ara del estruendo
y averigüar el sexo de la muerte
entre algodones de óxidos sangrientos.
Vuestra vida fue un cirio intrascendente,
una llama y no más del gran incendio
que inflamó cada palmo de esta tierra
nacida del azufre del infierno.
¡Morir era la vida…¡ ¡Morir!
                                  El universo
era una nimiedad, un accidente
que podía vencerse con los dedos.
¡Tabla rasa de todo! Un paso al frente
y la vida rodando por el suelo…
Un tambor al redoble, una bandera
alzada, como un grito, contra el viento,
bastaban para unir en un latido
mil corazones y un solo deseo.
Después, el holocausto. Muerte…
                                  Luego
un sol de paz fundió las bayonetas,
volvieron del silencio los jilgueros
y ya no fuísteis mas que gloria oscura
amontonada en el desván de un pueblo.
Nunca os he conocido... Ahora soís sólo
polvo en el polvo gris, bajo este cerro
que, a racimos de flores, va olvidando
que sostiene en su lomo un cementerio.
Y oigo gemir al viento vuestras cruces
como miles de Cristos irredentos:
“Juan… dieciséis del diez del treinta y siete”…
“Pablo, Antonio, Guzmán”…
¡Ya soís el tiempo!

(Del poemario “Oficio de tristezas”, 1980)

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Margarita

Sobre tu piel no se escriben los años
sino arroyos de inmácula ternura
donde olvido a diario la amargura,
donde aprendo a enterrar los desengaños.

Nada de mí es ya, para ti, extraño,
y una justa medida de dulzura
me aguarda siempre al fin de la andadura
titilando en tus labios, como antaño.

Gracias por ser la lumbre de mis cosas,
por darme siempre en vez de espinas, rosas,
por darle a mi árbol tres enhiestas ramas

que eternizan mi ser. Y es que proclamas
mi razón de vivir, porque te llamas
mujer, amante, madre, amiga, esposa…

(Del poemario “Paisajes después de la batalla”, 1999)

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Juramento

Nuestros dos corazones estarán siempre unidos
por un imperceptible acueducto secreto
-invisible para otros- con los que compartimos
el río de las lágrimas que brotan de la vida.
De la tuya o la mia, qué más da… Se confunden
las dos cuando hay tormenta, cuando toca a rebato
la angustiada campana de la supervivencia,
cuando el viento contrario nos hace sentir frágiles.
Lágrimas de calibres distintos, según nazcan
de una alegría súbita que se entra en nuestras almas
caliente, embriagadora, como un sol repentino
que surgiera de pronto de detrás de las nubes
cuando somos felices y sentimos ardiendo
un gozo que nos llega muy dentro, hasta los tuétanos,
o de esa agria tristeza afilada que emerge
siempre que tropezamos con la piedra imprevista
de cualquier desencanto que nos hace inseguros,
vulnerables como aves en el ojo profundo
de un huracán que intenta arrancarnos las plumas
de la esperanza. Somos de los privilegiados,
de los pocos que quedan ya sobre este planeta
practicando el oficio de compartirlo todo
mientras, en nuestro entorno, otros se despedazan
en nombre de una ley más antigua que el mundo.

(Del poemario “Paisajes después de la batalla”, 2000)

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Cuento infantil

Erase que se era, ha tiempo, una cometa
-esqueleto de caña y carne de papel-
unida solamente al resto del planeta
por un hilo de cáñamo. Y yo tirando de él.

Yo la miraba absorto. ¡Por fín, por fín arranca
a volar! Y la cometa, abrazándose al viento
se me alzó de improviso sobre la arena blanca
de la playa otoñal. Aún parece que siento

su fuerza brusca y brava tirando de mi mano,
tremolando en mis dedos, provocándome el grito,
y su perfil naranja cada vez más lejano
arañándole el vientre a un azul infinito.

Pero, de pronto, el viento se nos fue con la tarde
y herida por la calma, ya no supo volar
mi cometa. Recuerdo el silencio cobarde
cuando la ví caerse en los brazos del mar.

.....................................................................

Yo soy como tú eras, vieja cometa: frágil,
cuerpo de carne y hueso y alma de soñador.
Sin viento de esperanza que me haga sentir ágil
Se derrumba, impotente, mi sueño volador.

Yo se que El tira siempre de ese hilo que me ata
a la vida y si caigo en picado o si remonto
El lo decide. Ahora que esta calma me mata
rezo en silencio ansiando que el viento vuelva pronto…

(Del poemario “Paisajes después de la batalla”, 2000)

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                    (Tren Murcia-Barcelona, 23-9-1999).

Viaje en tren

El tren avanza. Por la ventanilla
veo pasar, dolientes y fugaces,
playas vacías con arenas blancas,
enhiestos palmerales de Levante…
La tarde lentamente se desmaya
ebria de azahar, sobre los arrozales
Y el pensamiento se me escapa, raudo,
-sin yo quererlo- hasta tu ansiada imagen.
Arrozales umbríos. Y el gemido
de un tren que como yo va hendiendo el aire
cargado de nostalgias y preguntas.
Puede que acaso tú estés esperándome.
Te pienso y te apoderas de mi mente.
Te pienso y alzas olas en mi sangre.
Te pienso sin descanso y averigüo
Que has sido siempre el único equipaje
para mi corazón. El tren avanza.
Siguen pasando playas, palmerales,
arrozales, jirones del crepúsculo…
Y yo en un tren que va a ninguna parte.

(Del poemario “Paisajes después de la batalla”)

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                    (Escrito en una servilleta de papel
                    de un bar del puerto mientras esperaba
                    a alguien y que, olvidada en un cajón,
                    me aparece ahora).

Coplas de un reo

El yugo uncido a la res.
La barca amarrada al puerto.
Y yo siempre encadenado
al muro de tu recuerdo

Pero a la res la liberan
de su yugo los yunteros
cuando acaba la jornada
y el sol se duerme en el cielo

y la barca sale al mar,
libre con su vela al viento
coronada de gaviotas,
con sus amuras crujiendo
al alzar olas de espuma
camino del caladero.

Y yo aquí, siempre cautivo.
Que condenaste a mi seso
a la cadena perpetua
de pensarte sin remedio.

Las res se libra del yugo.
La barca sale del puerto
y yo sigo como siempre
de tu libertad bien preso.

Sin amnistía ni indulto.
Mi único perdón, el beso
que ya nunca me darás
porqué está en labios ajenos.

(Del poemario “Paisajes después de la batalla”, 2000)

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Cuenca minera

Miradlos tierra adentro, al revés que la espiga,
camino de un diluvio de óxidos ya cercanos
Miradlos codo a codo con el magma y la hormiga
reptando por la cuenca voraz de los gusanos.

El sol no les conoce. Pero alumbran su vida
trenzando dinamita sonora y turbulenta.
Su sangre brama y crece y anega en su crecida
el nido que la muerte propaga en su osamenta .

Patria abajo, averiguan la piedra con los dientes
y estrujan en la sombra su fe de mayo a mayo;
las voces de sus picos reclaman estridentes
justicia en el idioma universal del rayo.

Les olvidó la vida debajo de la tierra.
El carbón no les mancha: les redime una boca
que ya enterró su grito y en sí misma se encierra
soñando un pan futuro, probable en cada roca.

La noche mineral, por retener sus huesos,
les regala volcanes de sudores y espumas
y torrentes de arcilla que los arrastran, presos,
a un recio continente de metales y brumas.

He visto a los mineros labrándose una caja,
lapidando su sangre a orillas de una veta.
¡Que no me diga nadie que está su muerte baja
porque son los obreros más altos del planeta!

(Del poemario “Oficio de tristezas”, l978)

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La casa

Hay grandes humedades de nostalgia
en las paredes de mi corazón. Es como
si una gran noria interminable, uncida
al asno testarudo del recuerdo
vertiera sin parar sobre mi sangre
aguas pretéritas de aquel río umbrío
que antaño navegué contra corriente.
Y yo mientras,rogando, suplicándote
que accedas a encalar los muros míos
del corazón, a darles una mano
de futuro. Pero no lo consigo.
Entretanto, vuelven y se acomodan
tranquilamente, sin impedimentos,
las cosas del ayer en los estantes
vacíos de esta casa hecha de sombras
donde dicen que habito, donde siempre
pasáis de largo tú y la madrugada,
donde la noche crece y vaga, ociosa,
por los largos pasillos de esta casa
del brazo de tu ausencia. Y una mano
que yo no sé de dónde habrá salido
me reescribe en la frente aquel proverbio:
“La casa es la tumba de los vivos”…

(Del poemario “Paisajes después de la batalla”, 2OOO)

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Tú:
a veces me transportas de nuevo hasta la infancia
del pupitre y la escuela, de lluvia en los cristales
y del coro solemne de los niños leyendo
en voz alta la Biblia. Por tu culpa rechina
la herrumbrada memoria de este cristiano viejo
que enmoheció a falta de lubricarla el uso.

Tú:
emulas las trompetas de Gedeón, con esa
fuerza recóndita con la que cada día
derribas las murallas que el mundo alza a tu paso
esgrimiendo el ariete,demoledor y cálido
de esa palabra tuya nacida de un coraje
que hace de cada sílaba su mejor catapulta.

Tú:
como Moisés hiciera, partiendo en dos la mar,
separas a ambos lados del camino las ruinas
de esas murallas torvas que antes desmoronaste,
extendiendo el cayado de tu voluntad.
Luego,
ya con el paso franco, reanudas la marcha
para alcanzar cuanto antes la tierra prometida.

Tú:
sabes hacer del monte llanura en un instante.
Multiplicas a diario tus panes y tus peces
para saciar el hambre de los que van contigo.
Resucitas a Lázaro cada vez que consigues
que un alma se despierte y sabes como nadie
andar sobre las aguas del lago de las lágrimas.

(Del poemario”Paisajes después de la batalla”, l999)

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A una ausencia

Tengo los ojos hechos para verte
y los labios compuestos para el beso,
y el corazón tan solo que no advierte
más que ese nombre tuyo en todo impreso.

Como si caminara hacia la muerte,
a tu memoria voy y no regreso
mientras este ancho mal de no tenerte
me amarra una tristeza a cada hueso.

Soy como el ave que olvidó su nido
y, herida por tu falta, en vano quiere
hallar el tacto amable de tu rama.

Tanta ausencia me ausenta hasta el sentido
y hasta la poesía se me muere
al saber que tu voz no la declama.

(Del poemario “Oficio de tristezas”, l980)

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Invitación al sol

Yo necesito el sol sobre mis días.
Necesito sentir como resbala
sobre mi piel, como me templa el alma
poblándola de cálidas urgencias
que la hacen despertar más intangible,
menos inerme al flujo de las sombras
que, inevitablemente,
habrán de avecinarse.
Sol de otoño:
manzana roja, desayuno ardiente
que me sirve, puntual, la ansiada aurora,
magia de luz total con que apuntillo
esas noches letales en que todos
nos volvemos anónimos, oscuros,
errantes sin razón por la arboleda
voraz de las tinieblas.
Sol profundo:
tú nos devuelves siempre a la hora en punto
la identidad perdida bajo un plagio
lunar frío y lejano. Tú nos haces
hermanos de las vides, camaradas
de los olivos viejos
que,en vigilia silente y retorcida
te aguardan cara al mar,siempre arraigados
igual que yo, sobre esta tierra nuestra
que abraza con su sino irrevocable
nuestras viejas raíces. Y es que ambos
-mi tierra y yo- sabemos
que si el sol no volviera a derramarse
sobre nosotros, este tiempo nuestro
sería todavía más exiguo…

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                Un delfín aparece moribundo en una playa.
                (De los periódicos)

A un delfín varado en una playa

Sobre tu lomo inerme se espejan todavía
mil caricias que antaño olvidaron las lunas
de las noches de agosto y los soles tempranos
que marcaron tu rumbo en tantas singladuras.
En tus ojos ahora apagados y tristes
se adivina una orgía de corales y espumas
abriéndose a tu paso por los mares de un trópico
hecho de azules glaucos y de perlas profundas.
Saltabas una comba hecha de olas de plata
a estribor de los barcos, compañeros de ruta,
buscando con los tuyos un remanso tranquilo
donde engendrar en calma una vida futura.
Pero este mar, amigo, tu mar, ya no es el que era:
ya no hay olas de plata, ni corales ni espumas,
sino redes inmensas de aviesas fauces rojas
arrasando sin tregua sus entrañas fecundas.
Yo se por qué tus ojos vierten lágrimas negras:
porque una madrugada, una sentina inmunda
vomitó ese petróleo que ancló estrellas de plomo
en tu sangre, manchándola de una muerte segura.
Y se por qué ahora yaces varado en esa playa
donde las olas, antes de apagarse, te arrullan
formando con la arena una mortaja líquida,
mientras la brisa teje en torno a tu figura
una corona de algas perfumadas de sal:
porque este mar amigo que antaño fue tu cuna
ahora, emponzoñado por la mano del hombre,
ha sido tu verdugo y será tu sepultura.

                                          (2004)

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Divertimento poético de un optimista

No se si publicarlo en los periódicos
o pintar un “grafitti” en cada nube
de este cielo plomizo de verano:
se hace saber que hoy estoy contento.
Que se habrá declarado
alguna tregua en esta guerra mía
que va conmigo siempre a todas partes.
¿Espejismo de paz...? ¿Un armisticio
que acaso he de firmar conmigo mismo
en la zona neutral, tierra de nadie,
que son tus labios rojos...? Es extraño,
pero hasta se han callado los tambores
de mi pulso y hoy sólo oigo campanas
repicando en la tarde entre las risas
de los niños que juegan. Sólo veo
aves que vuelan, mujeres hermosas
derramándose por todas las aceras
y hasta a ese cielo, plomizo y tonto,
le encuentro alguna gracia melancólica.
Quizás sería bueno
que el Rey lo publicara en un Decreto
del Boletín Oficial o que el Alcalde
(por una vez) hiciera algo por mí
y dictara un Bando: “A quien pueda
interesar, se hace saber que Don
Ramón Graells Bofill está contento
precisamente hoy, mira por dónde”.
No se si dar aviso urgente al médico,
desayunar la vida entre tus muslos
o tomarme una copa hoy a deshora.
Seguro que no puedo
resistir tanta dicha desbocada
de un solo trago, tanta borrachera
de euforia súbita, “etiqueta negra”,
que ni Dios sabe de dónde ha salido.
Yo mientras, por si acaso,
voy a apurar la vida hoy hasta el fondo
porque de esta cosecha de optimismo
va andando últimamente muy escasa
mi escuálida bodega.
Se hace saber que hoy estoy contento
y que algo o alguien no identificado
suspendió al parecer los bombardeos
sobre mi corazón. ¡ Pasad, amigos
y aprovechaos de la coyuntura
que hoy sí es mía la ronda ¡ Y tú, ya puedes
ir preparándote para cuando llegue
de caza hasta la jungla de tus brazos,
que entonces serás tú quién se sorprenda.
Se hace saber, en fín, que estoy contento
y a fe que no tengo remota idea
de cuánto durará esta efervescencia
desconocida con la que he topado
al doblar una esquina. Por lo tanto,
me echo el cielo plomizo por montera
y doy orden estricta a mis zapatos
de que enfilen su proa hacia tu casa,
pero sólo después de que dé cuenta
de esa copa a deshora que hace tiempo
-igual que esta alegría- nos veníamos
mereciendo mi guerra y yo.

                                     (2OO4)

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Cronos

De pronto, ahora resulta que el tiempo es importante.
Yo, que quemé en la hoguera tantos años perdidos
como pólvora en salvas ; yo, que habité un planeta
donde el reloj fue siempre un eterno proscrito;
Yo que aprendí tan sólo la métrica del tiempo
que una complicidad secreta con un viejo magnolio
que crecía conmigo dibujaba en sus hojas,
ahora tiemblo si dejo
que un mísero segundo se escape sin haberlo
vivido en plenitud y me azoro al pensar
cómo será el presente que vendrá con el alba
ignota y entreclara, en si sabré apurarlo
como el lirio a la escarcha o pasará de largo
como un tren sin destino ni parada en mi puerta.
Ahora ya me pregunto cuánto mide la exacta
longitud del futuro que se embosca, taimado,
tras la neblina densa del resto de un camino
que aún no hollaron mis pasos. ¿Cuántas auras me quedan
para ver reflejada en esos ojos tuyos
mi luz primera del día...? Dime cuántos otoños
podré contar bajo estos robles nuestros
que ya estaban aquí cuando llegué y que cuando
me vaya seguirán llenando de oro y verde
mi ausencia y derramando su sombra en los estíos
sobre los hijos de nuestros hijos... Sí. Resulta
que ahora me va pequeño el traje de mi vida,
porque hay tanto que hacer, amontonado
en el desván del alma, que quisiera
que el tiempo se olvidara por siempre de que existo.

                                                     (2004)

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A M., como siempre, con retraso.
                                                  (15-4-2004)

Siempre que me sumerjo en tus ojos profundos
me fascina la forma en que paras el tiempo.
Se detienen los sueños que como aves ignotas
vuelan por mis pupilas y cesa hasta el murmullo
de esas acequias mías que dan al corazón.
Se que los años manchan mi rostro y mi costumbre.
Pero cuando te miro tus ojos me devuelven
esa luz que poco antes daba yo por perdida,
la magia del retorno a las islas lejanas
de juventud. Sucede si te miro o me miras.
Tus ojos siempre saben devolverme crecido
lo poco que te he dado, transformando de pronto
el arroyo pequeño de mi vida en un río
que se desborda, ufano, y que arrasa con todo
aquello que no quiero que me ensombrezca el alma.
Y entonces me renazco en mí mismo. Y camino
con tan sólida impronta que todo me parece
tan fácil y asequible que hasta me tengo miedo.
Siempre que me sumerjo en tus ojos me busco.

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                         “Madrid, entresuelo
                           de la eternidad”...
                         (Gaspar Gómez de la Serna)

Once de marzo

Madrid, alma de España:
hoy un viento de sangre
que brota de tus venas de acero se levanta
oscureciendo el sol. Díme: ¿por qué te hiere
una muerte extrajera que trocó su guadaña
por la gumia de un odio
que ocultaban los siglos y la arena del Sahara?

Madrid. Once de Marzo.
Tu pueblo atardecido de dolor se derrama
por tus calles manchadas de pólvora asesina
Improvisando, urgente, un ancho mar de lágrimas
con que lavar tu herida.

Madrid. Plaza de España,
plaza del universo por la que vaga umbrío
corneándolo todo el toro de la rabia,
entre cristales rotos
y venas reventadas,
entre niños hoy huérfanos de padres y sonrisas,
entre balcones muertos y flores enlutadas.

Madrid. Clamor insomne.
Ciento noventa gritos de silencio que estallan,
ciento noventa gritos que no callarán nunca
porque han puesto su nido en miles de gargantas.

Viejo Madrid, Atocha,
El Pozo, Santa Eugenia: tres purulentas llagas
por las que te desangras, Madrid, mientras contigo
toda la paz del mundo se quema entre las llamas
de una hoguera de hierros
y espantos retorcidos. ¡Madrid, Madrid, levanta...!
Alza tu piedra antigua
que la lluvia reclama
el honor de limpiar con su llanto la sangre
que salpicó tus nardos. ¡Madrid, álzate y anda!

No ha nacido el que pueda quebrantar tu alegría.
Tus gentes te sustentan y hasta tus mil estatuas
hoy quieren cobrar vida
y formarte una guardia
para velar tu duelo: Quijote, Sancho Panza,
la Cibeles, Cascorro, y Valle Inclán pugnando
por enjuagar tus lágrimas con su vieja bufanda.

Madrid, alza tu frente,
que ya sabemos todos que el dolor te agiganta,
que nunca hubo en el mundo, Madrid, viejo entresuelo
de eternidad, espada
capaz de doblegarte, capital del orgullo,
urbe de la esperanza...

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