LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

 

 

     Regularmente –y es natural que así sea-, un primer libro de versos viene acompañado por las deficiencias de un pulso inseguro. La soledad detenida, de Sara Martínez Castro, se salva de la incongruente, irreflexiva precipitación inherente a los años iniciales, y su mayor virtud gravita en unas páginas que no parecen pertenecer a un primer libro.

     Aunque García Lorca se negó a definir la Poesía en memorable carta dirigida a Gerardo Diego: “Qué voy a decir de esas nubes, de ese cielo?”, poco después hizo una afirmación definitoria por excelencia, al añadir que él era poeta “por la gracia de Dios” y “por la gracia de la técnica y el esfuerzo”. Y en esas simples palabras radica la médula del asunto.

     Sara Martínez Castro aprendió la lección al dedillo. A la espontaneidad musical del idioma, que le vino del único modo real, en el vehículo de sus venas y sin densos pupitres, supo añadir su preocupación por las formas. Y en el soneto, por ejemplo, que según Boileau es una creación apolínea para atormentar a los poetas, es donde esta mujer se destaca más, en un difícil enlace entre revelación y enmienda, consubstancialidad necesaria entre arte e industria. Porque cuando se habla del “antisoneto” como un estilo nuevo que prescinde de la rima, es lícito admitir la originalidad del experimento, pero es necio creer que, mientras menos reglas haya en la Poesía, más difícil es su construcción. Y Sara Martínez Castro lo demuestra categóricamente en “Si ahora pudiera”:

Si ahora pudiera sujetar tu beso
y ponerlo tan alto que pudiera
convertirlo en paloma mensajera
para anunciar a todos tu regreso.

Sí, tu beso –mi amor- de carne y hueso
que me sabe de pronto a primavera,
y retoza en mis ojos y quisiera
arrojarme al azar tibio y travieso...

Si tuviera mi suerte tan segura
como este despertar a tu ternura
que ha convertido en triunfo mi derrota.

Si pudiera –mi amor- en este invierno
dejar mi corazón en tu cuaderno
y declarar mi pena en bancarrota.

 

     He aquí la locución moderna vertida en el molde clásico. Versificación inobjetable, riqueza de rimas, donaire lírico, emoción abierta de par en par al sentimiento ajeno y adjetivación mínima y novedosa: “tibio y travieso azar”, donde el lugar común “de carne y hueso” queda salvado por su aplicación al beso como sustantivo. Y todo ello hace recordar la definición de Dámaso Alonso sobre dos cuartetos y dos tercetos, que considera “una eterna voz para el hombre”, porque “tan profundo como el enorme misterio de la Poesía es el breve misterio claro del soneto”.

Lo anterior no quiere decir, sin embargo, que esta poetisa sólo sabe apegarsde con almidonada pluma a la rigidez académica. La primera estrofa de “Yo soñé”, por ejemplo, comienza con dos decasílabos de himno para continuar con un endecasílabo . Sin embargo, esas cadencias contrarias corresponden a la mejor prosodia, debido a que los versos tienen idéntica acentuación en tercera y sexta sílabas:

Yo soñé con volver a mi pueblo,
con volver a ser yo en mis paisajes,
despertando mi ayer de colorines
de nuevo por el parque.

 

     Y es claro que, para producir ese esquema, al parecer sin antecedentes, hay que tener intuición acentual, mercancía sobrante en las arcas de esta poetisa.

     Por otro lado, la firmeza de su carácter poético tal vez le viene por la singularidad de sus preferencias, por la unicidad que rechaza segundas partes. Realiza sus sueños con tanta eficacia, que se resiste a repetirlos. Sus mejores compañías son sus soledades. Su vida es un ejemplo de entregas únicas, uniformidad invariable en sus sentimientos. Mujer de una sola patria: Cuba; un solo amor: Diego; una sola hija, Diana; un solo libro: La soledad detenida.

     Y es en ese libro donde viven todas sus primicias sin ecos segundones. Porque con la belleza poética como estandarte: “Quiero reconstruirme en una lágrima”; con un nombre participante en la literatura cubana, Sara Martínez Castro anda con vigoroso paso y sorprendente talento, no por cañadas o atajos –vericuetos de la incompetencia-, sino por la avenida ancha de un pueblo que la admira y la reconoce, un pueblo dado transparentemente a la Poesía.

 
     
 

 

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