LUIS MARIO

Luis Mario. Nació en Quivicán, Habana, Cuba, en 1935. Exiliado político desde 1967, reside desde esa fecha en Miami, Florida. Profesor de Periodismo de la Universidad de Miami y Jefe de Redacción de Diario Las Américas, de Miami, Florida. Académico de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Vicepresidente del capítulo de Miami del Círculo de Cultura Panamericano. Miembro fundador del PEN Club del Exilio Cubano. Ha publicado doce libros en verso y prosa, entre los que se destaca Ciencia y arte del verso castellano, un tratado sobre versificación de más de 500 páginas.

 

 

Conferencia leída el pasado viernes 7 de marzo de 2003, auspiciada por el
Comité Cultural de la Cámara de Comercio Nicaragüense-Americana.

     Dos vertientes hay en la poesía de Rubén Darío que lo hacen superior a sus contemporáneos: su infinita capacidad de investigación creadora y su pasaporte internacional para trasladar la emoción a todas las culturas.

     Si hubiera sido solamente el poeta de los descubrimientos fónicos -nuevos ritmos que estremecían a las academias-; si sus versos se hubieran circunscrito nada más que a las adaptaciones foráneas y a la búsqueda de elementos reformadores, hoy Darío sería una rara pieza de estudio que leería un limitado y cada vez más reducido círculo de expertos.

     Pero no fue así, porque el mismo maestro de la ciencia versificadora, supo ascender a la purísima sencillez para deslizar lo subjetivo en los oídos más modestos. Esa dualidad de minero en las profundas tierras del idioma, y de cultivador de los sencillos surcos del pueblo, mantienen su vigencia mientras unos y otros, ­profesores y neófitos, se disputan la maravilla encantada de su producción poética.

     La "Salutación del optimista", por ejemplo, es un poema que se resiste a la popularidad. Su tema de exaltación de la hispanidad fue idóneo en su momento para el adecuado marco del Ateneo de Madrid. Con su intento de aproximación al hexámetro grecolatino, era una pieza ideal para el cultísimo público que lo escucharía por primera vez: "Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda", suena la voz del poeta en el corazón de la capital española, y su efecto es grandioso. Al rebelarse los nietos a los abuelos, va surgiendo la emancipación de los pueblos hispanoamericanos. Darío recita su "Salutación..." el 28 de marzo de 1905, y Cuba, el último territorio colonial, había declarado su independencia casi tres años antes. ¡Con cuánta gratitud debe haber escuchado el auditorio madrileño los versos darianos de aquel justo nicaragüense! Sobre todo cuando exclama: "¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos?" Suficientes músculos y corazón tenía España para hacerse amar por quienes antes habían sido sus enemigos. Darío era la voz sin odio de los pueblos redimidos.

     Poemas como ese no eran fáciles para penetrar en las mayorías. Pero Darío, poeta de poetas, reunía en sí las características genuinas y abarcadoras del arte, y estaba señalado para llegar a todos. Y no se piense que eran concesiones pueblerinas, puesto que la calidad de sus versos predomina tanto en el manejo de la experimentación, como en la brillantez sin complicaciones de la comunicación poética. Por eso el mismo tema español prevalece en un soneto para las mayorías, que titula, precisamente, "España":

     Dejad que siga y bogue la galera
     bajo la tempestad, sobre la ola:
     va con rumbo a una Atlántida española
     en donde el porvenir calla y espera.

     No se apague el rencor ni el odio muera
     ante el pendón que el bárbaro enarbola;
     si un día la justicia estuvo sola,
     lo sentirá la Humanidad entera.

     Y bogue entre las olas espumantes,
     y bogue la galera que ya ha visto
     cómo son las tormentas de inconstantes:

     que la raza está en pie y el brazo listo,
     que va en el barco el capitán Cervantes
     y arriba flota el pabellón de Cristo.

     La humanidad que había en Darío les otorga a sus versos perenne vigencia. Nadie podría decir cuántos corazones, en víspera del otoño, evocan su queja:

     Juventud, divino tesoro,
     ¡ya te vas para no volver!
     Cuando quiero llorar, no lloro...
     y a veces lloro sin querer...

     Se trata de la "Canción de otoño en primavera", tema universal de la melancolía del hombre que envejece. El hombre que busca el amor cuando los calendarios lo oprimen, el hombre atribulado que ve ante el espejo las primeras canas y arrugas, y sabe que ese es el inicio de un proceso final. Y sufre cuando recuerda:

     En vano busqué a la princesa
     que estaba triste de esperar.
     La vida es dura. Amarga y pesa.
     ¡Ya no hay princesa que cantar!

     Mas a pesar del tiempo terco,
     mi sed de amor no tiene fin;
     con el cabello gris me acerco
     a los rosales del jardín...

     ¿Y qué decir de la "Sonatina"? Los escolares que la escuchan la retienen para siempre. El enamorado del amor que la lee, jamás la olvida:

     La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
     Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
     que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
     La princesa está pálida en su silla de oro,
     está mudo el teclado de su clave sonoro,
      y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

     Se trata de una princesa que espera y la promesa de un final feliz. El argumento no puede ser más simple, pero la forma de desarrollarlo tampoco puede ser más llegadoramente intensa.

     Sin embargo, no está pendiente Darío sólo de la amorosa y triste princesa, del temor al adiós irre­versible de la juventud o de otros cien temas, porque también repara en la infancia. El doctor Luis H. Debayle, médico emi­nente, había invitado a su amigo poeta a que pa­sara un tiempo en la isla El Cardón, en la bahía de Corinto, y allí quedó prendado Darío de la gra­cia de una hija del galeno, la niña Margarita. Muchos no sabían, al darse la noticia de la muerte de la señora Margarita Debayle Sacasa, viuda de Pallais, en diciembre de 1983, que se trataba de la misma niña a la que Darío le había escrito, en 1908, el poema "A Margarita Debayle". Así em­pieza:

     Margarita, está linda la mar,
     y el viento
     lleva esencia sutil de azahar;
     yo siento.
     en el alma una alondra cantar;
     tu acento.
     Margarita, te voy a contar
     un cuento.

     Es un cuento infantil versificado, alma limpia de un poeta capaz de recorrer todas las emociones humanas, y salir incólume tanto de los anchos y variados caminos del amor como de los angostos vericuetos de las dificultades técnicas.

     ¿Cómo calificar la vastedad de la obra dariana? Sus lejanías remotas frente a sus cercanías aplas­tantes, su tremenda virtud creadora compitiendo con su cautivadora exposición de lo tierno, de­muestran la grandeza de su vigencia. Pero, sobre todo, ofrece una lección que va de lo profesoral a lo subjetivo, en el marco impecable de una obra poética que el tiempo se ha encargado de engrandecer. Poeta que satisface, con los mismos versos, las exigencias del maestro y la belleza mensajera que añoran los humildes lectores.

     No es fácil medir el gran salto dariano del romanticismo al uso en su primera juventud, hacia las fuentes novedosas del Modernismo que él mismo creó. Veinte años tiene cuando publica en Chile el libro Abrojos, pero con todas las influencias del Siglo XIX, con Bécquer a la cabeza, sorprende un poemita suyo espon­táneo, declamatorio, que llega incólume a nuestros días:

     Cuando la vio pasar el pobre mozo
     y oyó que le dijeron: "¡Es tu amada,..!",
     lanzó una carcajada,
     pidió una copa y se bajó el embozo.
     -¡Que improvise el poeta!,
     y habló luego
     del amor, del placer, de su destino...
     y al aplaudirle la embriagada tropa,
     se le rodó una lágrima de fuego,
     que fue a caer al vaso cristalino.
     Después, tomó su copa,
     ¡y se bebió la lágrima y el vino...!

     Si se comparan estos versos con los que escribió alrededor de veinte años después, se nota que, aunque siempre actual, es inmensa la distancia recorrida por el poeta. Los tres libros claves de Rubén Darío son Azul..., Prosas profanas y Cantos de vida y esperanza. En el tercero de esos libros, publicado en 1905, escribe un prefacio que contiene una frase reveladora del porqué de la vigencia dariana. Intelectual y lírico, clásico y popular, hondo y sencillo, profesor y estudiante, Darío confiesa: "Yo no soy un poeta para las muchedumbres. Pero sé que indefectiblemente tengo que ir a ellas". Y a ellas fue. Y con ellas, con las muchedumbres, triunfó, triunfa y seguirá triunfando. No hay mayor prueba de ser un poeta vigente que ser leído y comprendido por las mayorías. Y Cantos de vida y esperanza abre con uno de los extraordinarios poemas de Darío, ese que desafía el tiempo con su mejor autorretrato:

     Yo soy aquel que ayer no más decía
     el verso azul y la canción profana,
     en cuya noche un ruiseñor había
     que era alondra de luz por la mañana.

     Uno de aquellos serventesios ricos en luminosidad creadora termina con una sinonimia de perenne actualidad:

     En mi jardín se vio una estatua bella;
     se juzgó mármol y era carne viva;
     un alma joven habitaba en ella,
     sentimental, sensible, sensitiva.

     Pero ese mismo libro finaliza con "Lo fatal". Y así llegamos a uno de sus tantos poemas escritos para siempre, vigentes en cualquier época que, por milagro del genio lírico, es una guía maestra para incontables generaciones de poetas:

     Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
     y más la piedra dura, porque esa ya no siente,
     pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
     ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

     Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
     y el temor de haber sido y un futuro terror...
     Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
     y sufrir por la vida y por la sombra, y por

     lo que no conocemos y apenas sospechamos,
     y la carne que tienta con sus frescos racimos,
     y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
     ¡y no saber a dónde vamos,
     ni de dónde venimos!

     Este poema de Rubén Darío, lejos de perder actualidad, se afianza y se fortalece a medida que el tiempo transcurre. Con esos versos, el poeta universal de Nicaragua nos pone en antecedentes de cierta fatalidad por el temor a lo desconocido. Son versos sin aspiraciones intelectuales. Más bien prima en ellos la amigable correspondencia con los lectores. Hasta el pleonasmo de "piedra dura" indica que el poeta no se inclinó por lo exquisito de la literatura, sino por la expresión coloquial. Por eso no hay misterio en la vigencia de "Lo fatal", y la explicación es simple: se trata de la misma pregunta que siempre, en guerra o en paz, en hambruna o en abundancia, en esclavitud o en libertad, se hace el común de los hombres. ¿Qué somos? ¿Partículas de eternidad o materia pasajera? ¿Cuáles son las razones de vivir y de morir? ¿Qué hubo antes de cada existencia y qué habrá después? Ahí quedan, colgadas en la conciencia humana, las inquietantes dudas del poeta. Es la incertidumbre que sólo puede vencer la fe, puesto que la ciencia, con todas sus pasmosas conquistas, no sirve para eso.

     Hoy nos preguntamos lo que hace tantos años se preguntó Rubén Darío. Ya él obtuvo la respuesta, pero su interrogación, como tantos poemas suyos, sigue vigente. Esa es la actualidad que no pasa de moda. Lo real que permanece. La obra contemporánea de todas las épocas. El presente de ayer, de hoy y de mañana que se funden, maravillosamente, en la vigencia de los versos de Rubén Darío.

 
     
 

 

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