Autores recomendados de Argentina

Autores recomendados de Argentina

La poesía argentina ha sido, desde sus orígenes, un terreno fértil para la expresión de lo íntimo, lo político, lo social y lo filosófico. Desde las primeras letras gauchescas hasta las vanguardias del siglo XX y las nuevas escrituras contemporáneas, la poesía argentina ha sabido renovarse sin perder profundidad ni identidad.
Mirta Rosenberg

Mirta Rosenberg (Rosario, 1951 – Buenos Aires, 2019) fue una poeta, traductora y editora argentina. Su obra se distingue por combinar lo sexual con lo social, reflexionar sobre el humor, la belleza y la lengua, y por incluir traducciones propias de poemas ajenos. Fundó la editorial Bajo la Luna en 1999 y recibió el Premio Konex a la traducción en 2004. Entre sus libros destacan Pasajes (1984), Madam (1988), Teoría sentimental (1994), El arte de perder (1998), El árbol de palabras (2006) y El paisaje interior (2012).

“Utilidad de la poesía a las tres de la mañana”

Oscuridad. Un poco de silencio.

No hay viento. Ni llueve.

No ayuda la naturaleza

a hacer la hora

menos callada.

 

Con los ojos abiertos en la oscuridad

pienso rimas: de silencio

todo lo que reverencio;

de naturaleza su delicadeza

o su fortaleza, aunque nada

me da. La hora está vacía.

 

El ahora está vacío.

Si no viene la poesía,

no habrá nada.

El miedo vendrá.

Héctor Viel Temperley

Héctor Viel Temperley (Buenos Aires, 1933–1987) fue un poeta argentino de culto, admirado por autores jóvenes de habla hispana. Su obra se caracteriza por la experimentación y la intensidad poética, destacando títulos como El Nadador (1967), Plaza Batallón 40 (1971), Carta de marear (1976), Legión Extranjera (1978), Crawl (1982) y Hospital Británico (1986), este último escrito como un único poema largo inspirado en su tratamiento médico. Su vida está poco documentada y concedió solo una entrevista, el año de su muerte.

“El nadador”

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.

Soy el hombre que quiere ser aguada

 

para beber tus lluvias

 

con la piel de su pecho.

 

Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo

 

para tus lluvias mansas,

 

para tus fuertes lluvias,

 

para todas tus aguas.

 

Las aguas como lonjas de una piel infinita,

 

las aguas libres y la de los lagos,

 

que no son más que cielos arrastrados

 

por tus caídos ángeles.

 

 

 

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.

 

Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas

 

aguas de los arroyos

 

se sostiene vibrante,

 

como en medio del aire.

 

Mi cuerpo que se hunde

 

en transparentes ríos

 

y va soltando en ellos

 

su aliento, lentamente,

 

dándoselo a aspirar

 

a la corriente.

 

 

 

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada

 

hasta las lluvias

 

de su infancia,

 

que a las tardes crecían

 

entre sus piernas salpicadas

 

como alto y limpio pajonal que aislaba

 

las casonas

 

y desde sus paredes

 

celestes se ensanchaba.

 

 

 

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada

 

por la memoria de las aguas

 

hasta donde su pecho

 

recuerda las pisadas,

 

como marcas de luz, de tus sandalias.

 

 

 

Y recuerda los días cuando el cielo

 

rodaba hasta los ríos como un viento

 

y hacía el agua tan azul que el hombre

 

entraba en ella y respiraba.

 

Soy el hombre que nada hasta los cielos

 

con sus largas miradas.

 

 

 

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.

 

Gracias doy a tus aguas porque en ellas

 

mis brazos todavía

 

hacen ruido de alas.

Alejandro G. Roemmers

Alejandro Guillermo Roemmers es un empresario, escritor y filántropo argentino. Nació en Buenos Aires en 1958, estudió Administración de Empresas y ha publicado numerosos poemarios y novelas, incluyendo El regreso del Joven Príncipe, traducida a muchos idiomas. Es presidente de la Fundación Argentina para la Poesía y ha recibido reconocimientos internacionales por su labor artística y por su compromiso con la fraternidad y la paz.

“El mago”

Vende inocencia,

gana su causa.

La palabra es niebla.

Su ensayada confianza

enturbia el gesto.

Se agita la realidad

y escapa al ojo

la deseada traición.

Cae la verdad

rota en aplausos.