Poemas recomendados de Guatemala
La poesía guatemalteca es una fuerza que nace de la tierra, de la historia, de la resistencia y de la memoria. Sus versos han sido refugio, grito y testimonio en un país marcado por lo indígena, lo mestizo, la violencia y la belleza.
Te invitamos a acercarte a esas palabras que nacen de la montaña, de la ciudad y del silencio. Porque en Guatemala, la poesía no solo se escribe: se sobrevive.
Humberto Ak’abal
“El canto viejo de la sangre”
Yo no mamé la lengua castellana
cuando llegue al mundo.
Mi lengua nació entre árboles
y tiene sabor a tierra;
la lengua de mis abuelos es mi casa.
Y si uso esta lengua que no es mía,
lo hago como quien usa una llave nueva
y abre otra puerta y entra a otro mundo
donde las palabras tienen otra voz
y otro modo de sentir la tierra.
Esta lengua es el recuerdo de un dolor
y la hablo sin temor ni vergüenza
porque fue comprada
con la sangre de mis ancestros.
En esta nueva lengua
te muestro las flores de mi canto,
te traigo el sabor de otras tristezas
y el color de otras alegrías…
Esta lengua es solo una llave más
para cantar el canto viejo de mi sangre.
“El agua y el fuego”
Yo no olvido la imagen
de aquella cocina encendida,
el humo ardía en los ojos
y era amargo en la lengua…
Las sombras en las paredes
eran espantos negros.
El fuego enloquecido
devoraba los leños…
Y el agua hirviendo
parecía un animal rabioso
rascando dentro de la olla.
“Neblina de la tarde”
Déjame llorar ahora
porque después ya no tendré tiempo.
Déjame amarte en este tiempo
porque mañana me pesará más la vida.
No me digas que el sueño
tiene término.
No me digas que la ilusión desaparece
como la neblina de la tarde.
No quiero saber que me miento
y que este dolor que poco a poco
se hace espacio en mi corazón
es la única verdad.
Otto René Castillo
“Libertad”
Tenemos
por ti
tantos golpes
acumulados
en la piel,
que ya ni de pie
cabemos en la muerte.
En mi país,
la libertad no es sólo
un delicado viento del alma,
sino también un coraje de piel.
En cada milímetro
de su llanura infinita
está tu nombre escrito:
libertad.
En las manos torturadas.
En los ojos,
abiertos al asombro
del luto.
En la frente,
cuando ella aletea dignidad.
En el pecho,
donde un aguante varón
nos crece en grande.
En la espalda y los pies
que sufren tanto.
En los testículos,
orgullecidos de sí.
Ahí tu nombre,
tu suave y tierno nombre,
cantando en esperanza y coraje.
Hemos sufrido
en tantas partes
los golpes del verdugo
y escrito en tan poca piel
tantas veces su nombre,
que ya no podemos morir,
porque la libertad
no tiene muerte.
Nos pueden
seguir golpeando,
que conste, si pueden.
Tú siempre serás la victoriosa,
libertad.
Y cuando nosotros
disparemos
el último cartucho,
tú serás la primera
que cante en la garganta
de mis compatriotas,
libertad.
Porque
nada hay más bello
sobre la anchura
de la tierra,
que un pueblo libre,
gallardo pie,
sobre un sistema
que concluye.
La libertad,
entonces,
vigila y sueña
cuando nosotros
entramos a la noche
o Ilegamos al día,
suavemente enamorados
de su nombre tan bello:
libertad.
“Los amantes”
Se habían
encontrado hace poco.
Y hace pronto
se habían separado,
llevándose
cada uno consigo
su nunca o su jamás
su afirmación de olvido,
su golpeador dolor.
Pero el último beso
que volara de sus bocas,
era un planeta azul.
Girando
en torno a su ausencia.
Y ellos
vivían de su luz
igual que de su recuerdo.
“Nunca estoy solo”
De veras, nunca estoy solo.
Tan solo estoy triste
cuando tus ojos
huyen
del sitio
en que debimos
encontrarnos
por la tarde.
Ahora
se pudre la espera
debajo del tiempo,
del tiempo que se ríe
de mí, gran amador,
desprovisto de amada
en búsqueda siempre