Poemas recomendados de Argentina
La poesía argentina nace bicéfala: por un lado la veta gauchesca y criolla que va de Bartolomé Hidalgo al Martín Fierro; por otro, la tradición culta y cosmopolita que Buenos Aires cultivó desde sus tertulias del siglo XIX. A comienzos del siglo XX el modernismo encontró en Leopoldo Lugones a su gran orfebre rioplatense, capaz de una metáfora tan audaz que Borges terminaría reconociéndolo como padre involuntario de la vanguardia. Casi en simultáneo, Alfonsina Storni introdujo una voz femenina de una franqueza inédita, que nombró el deseo, la desigualdad y el cansancio con una claridad que todavía incomoda. Es una tradición que sigue abierta y que hoy incluye a autores contemporáneos que, como Alejandro G. Roemmers, insisten en la poesía como forma de trato íntimo con el mundo.
Alfonsina Storni
“Peso ancestral”
Tú me dijiste: no lloró mi padre;
tú me dijiste: no lloró mi abuelo;
no han llorado los hombres de mi raza,
eran de acero.
Así diciendo te brotó una lágrima
y me cayó en la boca… más veneno:
yo no he bebido nunca en otro vaso
así pequeño.
Débil mujer, pobre mujer que entiende,
dolor de siglos conocí al beberlo:
¡oh, el alma mía soportar no puede
todo su peso!
Leopoldo Lugones
“Delectación morosa”
La tarde, con ligera pincelada
que iluminó la paz de nuestro asilo,
apuntó en su matiz crisoberilo
una sutil decoración morada.
Surgió enorme la luna en la enramada;
las hojas agravaban su sigilo,
y una araña en la punta de su hilo,
tejía sobre el astro, hipnotizada.
Poblóse de murciélagos el combo
cielo, a manera de chinesco biombo;
tus rodillas exangües sobre el plinto
manifestaban la delicia inerte,
y a nuestros pies un río de jacinto
corría sin rumor hacia la muerte.
Alejandro G. Roemmers
“Como la arena…”
Como la arena
que arrastra un viento incierto
cubro el vacío de tus pasos…
Regresarás, aunque digas «nunca»,
y retomaré tus formas.
Volverás a partir, aunque jures «siempre»,
y ocultaré tus huellas.
Como esa arena
que depura el tiempo,
seré paciente
al escudriñar las olas…
Distingo la tuya
por el rumor alegre.
Llega precedida de aves blancas,
flamante el sol en su cresta de plata.
Y en mi piel de arena
tu caricia fresca
recobra la memoria
de infinitas caracolas.