Poemas recomendados de Perú
La poesía peruana se construyó sobre una tensión que ningún otro país de la región vivió con tanta claridad: la de un pasado incaico monumental y una lengua heredada del conquistador. De ahí que su gran gesto fundacional del siglo XX haya sido, a la vez, grandilocuente y secreto: por un lado el clarín continental que se proclamó «el cantor de América»; por el otro, un poeta casi invisible que escribía en Barranco poemas de reyes rojos y niñas con lámparas azules. Entre ambos extremos —la épica y el símbolo— apareció el grupo Colónida, que devolvió a la poesía peruana la escala de lo doméstico: la mesa de nogal, la madre, la silla vacía. Esa combinación de altura andina, bruma simbolista y ternura provinciana explica por qué el Perú produjo algunos de los versos más singulares del idioma.
José Santos Chocano
“Blasón”
Soy el cantor de América autóctono y salvaje:
mi lira tiene un alma, mi canto un ideal.
Mi verso no se mece colgado de un ramaje
con vaivén pausado de hamaca tropical…
Cuando me siento inca, le rindo vasallaje
al Sol, que me da el cetro de su poder real;
cuando me siento hispano y evoco el coloniaje
parecen mis estrofas trompetas de cristal.
Mi fantasía viene de un abolengo moro:
los Andes son de plata, pero el león, de oro,
y las dos castas fundo con épico fragor.
La sangre es española e incaico es el latido;
y de no ser Poeta, quizá yo hubiera sido
un blanco aventurero o un indio emperador.
José María Eguren
“Los reyes rojos”
Desde la aurora
combaten los reyes rojos,
con lanza de oro.
Por verde bosque
y en los purpurinos cerros
vibra su ceño.
Falcones reyes
batallan en lejanías
de oro azulinas.
Por la luz cadmio,
airadas se ven pequeñas
sus formas negras.
Viene la noche
y firmes combaten foscos
los reyes rojos.
Abraham Valdelomar
“El hermano ausente en la cena de Pascua”
La misma mesa antigua y holgada, de nogal,
y sobre ella la misma blancura del mantel
y los cuadros de caza de anónimo pincel
y la oscura alacena, todo, todo está igual…
Hay un sitio vacío en la mesa hacia el cual
mi madre tiende a veces su mirada de miel,
y se musita el nombre del ausente; pero él
hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual.
La misma criada pone, sin dejarse sentir,
la suculenta vianda y el plácido manjar;
pero no hay la alegría y el afán de reír
que animaran antaño la cena familiar;
y mi madre, que acaso algo quiere decir,
ve el lugar del ausente y se pone a llorar…