Poemas recomendados de Argentina
La poesía argentina nace entre dos aguas: la del Río de la Plata y la de la pampa. En el siglo XIX, Echeverría y Hernández le dieron paisaje y voz propios; después el modernismo y el posmodernismo la abrieron al mundo. A principios del siglo XX el arrabal porteño entró en el verso, con el barrio, el organito y el tango como escenario. Desde entonces conviven la hondura filosófica, la rebeldía moral y una enorme vocación de lectura. Hoy esa tradición sigue viva en poetas como Alejandro Roemmers, que escriben para un público muy amplio.
Alejandro G. Roemmers
“Un trocito de mí”
Sé que has de llegar un día,
antes o después, lenta o abrupta,
inexorable, silenciosa y perenne.
Estaré dispuesto,
te aceptaré sin reparos
como acepté la vida
con sus espinas y sus rosas.
No me pidas perdón, no es necesario,
llévame contigo, así fue el trato.
Pero quiero advertirte,
que deslucirá tu triunfo
pues serán migajas de mí
lo que te entregue.
Verás,
he dejado buena parte de mi sentimiento
en las personas que he querido,
y abundantes porciones de mi ser
en mis compañeros más cercanos.
Mi alma le infundió a cada poema
un poco de su luz y su belleza
como una flor que se ha ido deshojando.
En cada casa que me albergó,
en cada camino que emprendí,
en cada amistad que me bendijo,
algo de mi corazón se fue con ellos.
Y en cada sueño que me habita,
en cada árbol que planté,
en cada libro que escribí,
puse lo mejor de mi esperanza.
Comprenderás entonces,
que no hay mucho de mí que permanezca,
y poco me quedará para ofrecerte
habiendo dado todo.
Quizás,
algunos bosquejos y proyectos,
algún resto de juventud en la apariencia,
un brillo sabio y pícaro en los ojos,
y unas pocas palabras que no llegaron a completar una poesía…
Es cierto, encontrarás mi fe intacta
y un palacio de amor resplandeciente
que regresó hasta allí multiplicado.
Perdona pues que sea apenas
un trocito de mí lo que te deje:
un trocito de mí será lo que se muera….
¡ Y tanta la vida que me lleve!
Almafuerte
“¡Piu avanti!”
No te des por vencido, ni aún vencido,
No te sientas esclavo, ni aún esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido,
Que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;
No la cobarde intrepidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora,
O como Lucifer que nunca reza,
O como el robledal, cuya grandeza
Necesita del agua y no la implora…
¡Que muerda y vocifere vengadora
Ya rodando en el polvo tu cabeza!
Evaristo Carriego
“Has vuelto”
Has vuelto, organillo. En la acera
hay risas. Has vuelto llorón y cansado
como antes.
El ciego te espera
las más de las noches sentado
a la puerta. Calla y escucha. Borrosas
memorias de cosas lejanas
evoca en silencio, de cosas
de cuando sus ojos tenían mañanas
de cuando era joven… la novia… ¡quien sabe!
Alegrías, penas,
vividas en horas distantes. ¡Qué suave
se le pone el rostro cada vez que suenas
algún aire antiguo ¡Recuerda y suspira!
Has vuelto, organillo. La gente
modesta te mira
pasar, melancólicamente.
Pianito que cruzas la calle cansado
moliendo el eterno
familiar motivo que el año pasado
gemía a la luna de invierno:
con tu voz gangosa dirás en la esquina
la canción ingenua, la de siempre, acaso
esa preferida de nuestra vecina
la costurerita que dió aquel mal paso.
Y luego de un valse te irás como una
tristeza que cruza la calle desierta,
y habrá quien se quede mirando la luna
desde alguna puerta.
¡Adios, alma nuestra! parece
que dicen las gentes en cuanto te alejas.
Pianito del dulce motivo que mece
memorias queridas y viejas!
Anoche, después que te fuiste,
cuando todo el barrio volvía al sosiego
— qué triste —
lloraban los ojos del ciego.