Poemas recomendados de Venezuela

Poemas recomendados de Venezuela

La poesía venezolana nace con las letras de la Caracas colonial y encuentra su primera voz continental en Andrés Bello, que cantó los paisajes americanos con el molde clásico. En el siglo XIX conviven el neoclasicismo, el romanticismo y la mirada criolla: Rafael María Baralt llevó el soneto y la oda a las academias de España, mientras otros volvieron los ojos al campo y al lenguaje del llano. Hacia 1900 el modernismo y la poesía de raíz regional abrieron paso a una tradición muy rica en el siglo XX. Tres voces del siglo XIX dan cuenta de ese origen.
Andrés Bello

“El Anauco”

Irrite la codicia
por rumbos ignorados
a la sonante Tetis
y bramadores austros;
el pino que habitaba
del Betis fortunado
las márgenes amenas
vestidas de amaranto,
impunemente admire
los deliciosos campos
del Ganges caudaloso,
de aromas coronado.

Tú, verde y apacible
ribera del Anauco,
para mí más alegre,
que los bosques idalios
y las vegas hermosas
de la plácida Pafos,
resonarás continuo
con mis humildes cantos;
y cuando ya mi sombra
sobre el funesto barco
visite del Erebo
los valles solitarios,
en tus umbrías selvas
y retirados antros
erraré cual un día,
tal vez abandonando
la silenciosa margen
de los estigios lagos.

La turba dolorida
de los pueblos cercanos
evocará mis manes
con lastimero llanto;
y ante la triste tumba,
de funerales ramos
vestida, y olorosa
con perfumes indianos,
dirá llorando Filis:
“Aquí descansa Fabio”.

¡Mil veces venturoso!
Pero, tú, desdichado,
por bárbaras naciones
lejos del clima patrio
débilmente vaciles
al peso de los años.
Devoren tu cadáver
los canes sanguinarios
que apacienta Caribdis
en sus rudos peñascos;
ni aplaque tus cenizas
con ayes lastimados
la pérfida consorte
ceñida de otros brazos.

Rafael María Baralt

“A Dios”

Perlas son de tu manto las estrellas;
tu corona los soles que al vacío
prendió tu mano, y de tu imperio pío
espada y cetro al par son las centellas.

Por el éter y el mar andas sin huellas;
y cuando el huracán suelta bravío
sus mil voces de un polo al otro frío,
con tu voz inmortal sus labios sellas.

Doquiera estás; doquier llevan tu nombre
mares, desiertos, bosques y palacios,
cielos y abismos, el animal, el hombre.

Aunque estrechos la mente y los espacios
te llevan, ¡oh Señor!, sin contenerte;
te adoran, ¡oh Señor!, sin conocerte.

Francisco Lazo Martí

“Veguera”

La encallecida mano ya no aporca
el tallo de falanges empinadas,
en cuyo seno abulta la mazorca.
De las últimas hojas, lanceoladas,
la vida en torno diligente riega
de polen volador nubes doradas.
Junto a la troje la esperanza ruega;
en el amor abrevan las fatigas,
y del seno oloroso de la vega
sube el himno triunfal de las espigas.

Huelga la luz en las tupidas frondas;
el viento canta en el manglar sombrío;
y tiembla el junco entre las claras ondas.
Junto al verde tablero del plantío
mueven el sol sus cálices rosados
las abiertas campánulas del río.
Y nunca por el hombre codiciados,
en el verde jaral de los rastrojos
exhiben sus colores sazonados
áureos racimos y mereces rojos.

En el declive de arenosa rampa,
que lentamente el batatal estrecha
yergue su torre y su paral la trampa;
tiene para atraer miga deshecha;
y desde el fondo oscuro del mogote
el ojo negro del gandul acecha.
Atenta al menor ruido, al menor frote,
como quien teme peligrar cercano,
con el ojo avizor y siempre al trote,
la tímida perdiz atisba el grano.

Cuelgan bajo la nave del sendero
parásitas de flores amarillas
y gajos de cristal que da el uvero.
Saltan sobre los troncos las ardillas:
domina el color verde en la feraces
costas en que maduran las patillas.
Sobre la greda corren las torcaces;
flota al viento la húmeda atarraya;
y cae formando láminas fugaces
el humo del hogar sobre la playa.

Humo del pobre hogar, que al separarte
dejas de bendición sagrada esencia:
humo del buen hogar, ¡vuelvo a mirarte!
Amargo el tiempo fue con que la ausencia
me alejaba de ti, que siempre fuiste
al ajeno dolor la providencia.
Tú que de su flaqueza redimiste
a la que siempre hirió dolor sañudo;
tú que a su alma los consuelos diste,
inolvidable hogar ¡yo te saludo!