Poemas recomendados de Chile

Poemas recomendados de Chile

La poesía chilena es, probablemente, la más desmesurada y la más discutida de toda la lengua española: un país largo y angosto que produjo dos Premios Nobel y una vanguardia que quiso competir con la naturaleza misma. Antes de que Gabriela Mistral, Pablo Neruda o Nicanor Parra se volvieran nombres de circulación mundial, hubo una generación que aprendió a mirar el paisaje, el hospital, el conventillo y el campo con una voz propia, despojada del oropel modernista. De ese suelo salen tanto el poeta que se declaró «un pequeño Dios» en París como el autodidacta que escribió sus versos más famosos desde una cama de hospital. Chile enseñó al continente que la poesía podía ser a la vez experimento formal extremo y crónica de los desamparados. Los tres poetas que siguen —un vanguardista, un cronista del pueblo y un romancero de provincia— muestran esa amplitud en menos de medio siglo de distancia.
Vicente Huidobro

“Arte poética”

Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
hacedla florecer en el poema.

Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el sol.

El poeta es un pequeño Dios.

Carlos Pezoa Véliz

“Tarde en el hospital”

Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve…

Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.

Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve…

Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.

Óscar Castro

“Responso a García Lorca”

Llevaba el día en el cinto
como un alfanje de plata,
y en el arzón de la silla,
una guitarra gitana.

Romances de luces nuevas
se abrían en su garganta.
Los ayes del cante jondo
lo lamían como llamas.

Cuando soltaba su copla
cantaba toda la España.
No murió como un gitano:
no murió de puñalada.

Cinco fusiles buscaron,
por cinco caminos, su alma.
Le abrieron el corazón
lo mismo que una granada.

¡Y el surtidor de su sangre
manchó las estrellas altas!

¡Cómo lloraban los ríos
de España!

En ese instante indeciso
de las hembras despeinadas,
en ese instante en que el grillo
cava la mina del alba,

García Lorca, en el suelo,
con una flor colorada
condecorándole el pecho,
quedó sin canto y sin habla.

¡Cómo temblaban los montes
de España!

Cuando enmudeció su lengua
no doblaron las campanas.
Nadie le trajo una rosa,
ni un verso, ni una guitarra.

Apenas el chisperío
de una estrella deshojada.
Apenas la visión última
de la cal de las murallas…

¡Cómo crujían los huesos
de España!

—¡García Lorca! ¡García
Lorca! —mil voces clamaban.
Preciosa, la del pandero,
danzando se desmayaba.

Brincaban, enloquecidos,
los pechos de Santa Olalla.
La casada del romance
desgarraba sus entrañas.

¡Cómo se rompía el alma
de España!

Muerto se quedó en la tierra,
tronchado por cinco balas.
Este año no darán frutos
los naranjos de Granada.

Este año no habrá claveles
en las rejas sevillanas.
El río Guadalquivir
llevará sangre en sus aguas.

¡Cómo llorará su espíritu
en las guitarras de España!