Poemas recomendados de El Salvador

Poemas recomendados de El Salvador

La poesía salvadoreña nació entre el romanticismo tardío del siglo XIX y el impulso renovador del modernismo, en un país pequeño cuya voz literaria tardó en encontrar cauce propio. Su figura fundacional es Francisco Gavidia, humanista y traductor que ensayó el alejandrino francés en castellano y cuyas búsquedas métricas influyeron en el joven Rubén Darío. Junto a él, poetas como Vicente Acosta llevaron el modernismo hacia una vertiente vernácula, atenta al paisaje del trópico: el platanar, el cafetal, la canícula. Ese cauce desemboca en Alfredo Espino, muerto a los veintiocho años, cuyo único libro póstumo convirtió el rancho, el zenzontle y el árbol de fuego en el imaginario íntimo de varias generaciones.
Alfredo Espino

“El nido”

Es porque un pajarito de la montaña ha hecho,
en el hueco de un árbol, su nido matinal,
que el árbol amanece con música en el pecho,
como que si tuviera corazón musical.

Si el dulce pajarito por entre el hueco asoma,
para beber rocío, para beber aroma,
el árbol de la sierra me da la sensación
de que se le ha salido, cantando, el corazón.

Francisco Gavidia

“El insomnio”

Forma como remansos y recodos
la luz que tiembla loca y destrenzada,
y esqueletos de sombra en la estirada
penumbra, dan traspiés como beodos.

La medianoche es ya: ¡de cuántos modos
suspira la Natura fatigada…
¿Qué oímos cuando no se escucha nada
oyendo ese suspiro que oyen todos?

El día es el combate; ¿pues acaso,
ese rumor, latente en los oídos,
es el eco que aún vibra de la lucha?

¿O señuelo de un numen que al regazo
del hondo sueño, llama a los sentidos?
¿Y después?… Habla Dios… y «alguien» escucha.

Vicente Acosta

“El platanar”

Impasible y compacto regimiento,
tendido en las cañadas laderas,
luce el bosque triunfal de sus banderas,
que en sus manos alegre agita el viento.

Convidando al amable esparcimiento
están las verdes matas altaneras,
que se cargan de frutas tempraneras,
del encendido trópico al aliento.

Un sol canicular deja teñido
el verde platanar con tintas rojas
en el lienzo del aire estremecido.

Mientras, buscando alivio a sus congojas,
el rudo caporal duerme rendido
al plácido susurro de las hojas.