Poemas recomendados de Guatemala
La poesía guatemalteca nace del cruce entre la herencia colonial hispánica y un paisaje volcánico y montañoso que sus poetas convirtieron muy pronto en materia lírica. En el siglo XIX, el romanticismo encontró en Guatemala voces de una intimidad sorprendente: poetas que escribieron desde la cárcel, desde el destierro o desde la enfermedad, y que hicieron de la nostalgia su forma natural de mirar el mundo. La sátira costumbrista de las Tradiciones de Guatemala convivió con el canto elegíaco a la sierra natal y con la confidencia amorosa contenida, casi susurrada. Hacia fin de siglo, el contacto con la poesía francesa abrió el camino hacia el modernismo, y varios autores guatemaltecos fueron traductores tanto como creadores. Es una tradición pequeña en volumen pero de una densidad emocional rara.
José Batres Montúfar
“¡Yo pienso en ti!”
Yo pienso en ti, tú vives en mi mente,
sola, fija, sin tregua, a toda hora,
aunque tal vez el rostro indiferente
no deje reflejar sobre mi frente
la llama que en silencio me devora.
En mi lóbrega y yerta fantasía
brilla tu imagen apacible y pura,
como el rayo de luz que el sol envía
a través de una bóveda sombría
al roto mármol de una sepultura.
Callado, inerte, en estupor profundo,
mi corazón se embarga y se enajena,
y allá en su centro vibra moribundo
cuando entre el vano estrépito del mundo
la melodía de tu nombre suena.
Sin lucha, sin afán y sin lamento,
sin agitarme en ciego frenesí,
sin proferir un solo, un leve acento,
las largas horas de la noche cuento
¡y pienso en ti!
Juan Diéguez Olaverri
“A los Cuchumatanes”
¡Oh cielo de mi Patria!
¡Oh caros horizontes!
¡Oh azules altos montes,
oídme desde allí!
La alma mía os saluda,
cumbres de la alta sierra,
murallas de esa tierra
¡donde la luz yo vi!
Del sol desfalleciente
a la última vislumbre
vuestra elevada cumbre
postrer asilo da:
cual débil esperanza
allí se desvanece:
ya más y más fallece,
y ya por fin se va.
En tanto que la sombra
no embargue el firmamento,
hasta el postrer momento
en vos me extasiaré;
que así como esta tarde,
de brumas despejados,
tan limpios y azulados
jamás os contemplé.
¡Cuán dulcemente triste
mi mente se extasía,
oh cara Patria mía,
en tu áspero confín!
¡Cual cruza el ancho espacio,
ay Dios, que me separa
de aquella tierra cara,
de América el jardín!
[…]
¡Oh cielo de mi Patria!
¡Oh caros horizontes!
¡Oh ya dormidos montes,
la noche ya os cubrió!
Adiós, oh mis amigos,
dormid, dormid en calma,
que las brumas en la alma,
¡ay, ay!, las llevo yo.
Domingo Estrada
“Cosas idas”
Hay un paraje en la floresta umbría
lleno de fresca sombra, de verdor,
cuyos ecos conservan todavía
nuestras frases de amor.
Hoy evoqué los días ya pasados,
y aquel paraje con afán busqué;
los senderos seguí más ignorados…
¡y nunca lo encontré!
Hay una ave que canta melodiosa
en el fondo de cada corazón:
siempre alzaba en el mío su gozosa,
su celeste canción.
Hoy este pobre corazón herido
cual un sepulcro, silencioso está;
quedó desierto y destrozado el nido…
¡el ave voló ya!
Hay una estrella pura y argentina,
que una vez en mi vida apareció,
y con los rayos de su luz divina
mi vida iluminó.
Hoy me rodea noche tenebrosa:
lóbrego el cielo por doquier está;
busco en él a mi estrella misteriosa…
¡y no la encuentro ya!
Hay un lirio que abría dulcemente
su cáliz de blancura sin igual
en mi oculto jardín, al beso ardiente
del sol primaveral.
Hoy abril derramó sus esplendores:
la tierra de placer se estremeció;
doquier brotaron deliciosas flores…
¡pero mi lirio no!
Existe una palabra que, al oído,
con voz queda, sabía pronunciar:
que de su sueño el corazón dormido
podía despertar.
Hoy, una niña bella como el cielo,
en mi camino solitario hallé;
busqué aquella palabra con anhelo…
¡y no la recordé!