Sor Juana Inés de la Cruz – Autora destacada del mes
Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nació en San Miguel Nepantla, virreinato de la Nueva España, hacia 1648, y murió en la Ciudad de México el 17 de abril de 1695 durante una epidemia que asoló su convento. Niña prodigio, aprendió a leer a los tres años y llegó a la corte virreinal como dama de honor de la virreina Leonor Carreto, donde su erudición asombró a los letrados de la época. En 1669 profesó en la Orden de San Jerónimo: la celda conventual fue, paradójicamente, el espacio que le permitió estudiar, reunir una biblioteca notable y escribir sin las ataduras del matrimonio. Su obra abarca lírica amorosa y religiosa, villancicos, autos sacramentales como El divino Narciso, comedias como Los empeños de una casa y el ambicioso poema filosófico Primero sueño.
Sus contemporáneos la llamaron «la Décima Musa» y «el Fénix de América», y hoy se la reconoce como la voz mayor del Barroco hispanoamericano y como una figura fundacional del pensamiento crítico sobre el lugar intelectual de las mujeres: su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691) es una defensa razonada del derecho femenino al saber. Esa misma inteligencia polémica, puesta en verso ligero y demoledor, aparece en las redondillas que abren su primer libro publicado, Inundación castálida (Madrid, 1689), donde la glosa editorial las presenta como un alegato contra la incoherencia masculina.
Poemas destacados
Hombres necios que acusáis
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
Opinión, ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.