José Asunción Silva – Autor destacado del mes

José Asunción Silva – Autor destacado del mes

José Asunción Silva Gómez nació en Bogotá el 27 de noviembre de 1865, hijo de Ricardo Silva Frade —comerciante y escritor costumbrista del grupo de El Mosaico— y de Vicenta Gómez Diago. Creció entre las tertulias que su padre celebraba en casa, frecuentadas por Jorge Isaacs, Rafael Pombo o los hermanos Cuervo, y muy joven entró a trabajar en el almacén familiar de artículos de lujo. Entre 1884 y 1886 vivió en París, Londres y Suiza, donde se empapó del simbolismo y el decadentismo franceses que renovarían su escritura. La muerte de su padre en 1887 lo dejó al frente de unos negocios que la crisis económica llevó a la bancarrota, y en enero de 1891 murió su hermana Elvira, pérdida a la que la crítica asocia su célebre «Nocturno», compuesto en 1892 y publicado en Cartagena en 1894.

Ese mismo año fue nombrado secretario de la Legación de Colombia en Caracas. De regreso, el vapor francés L’Amérique, en el que viajaba desde La Guaira, naufragó a finales de enero de 1895 frente a Bocas de Ceniza, cerca de Barranquilla: los pasajeros se salvaron, pero con el equipaje se hundieron los manuscritos de buena parte de su obra, entre ellos sus Cuentos negros y un primer borrador de De sobremesa. En Bogotá se entregó a reconstruir lo perdido y a montar una fábrica de baldosas que fracasó pronto. Tras una cena en casa de su madre la noche del 23 de mayo de 1896, fue hallado muerto a la mañana siguiente, el 24, con un disparo en el corazón; tenía treinta años. Dejó listos El libro de versos y la novela De sobremesa, publicados póstumamente: sus Poesías aparecieron en Barcelona en 1908, con prólogo de Miguel de Unamuno, y la novela, en Bogotá en la década de 1920. Figura central de la primera generación modernista, su musicalidad y su libertad métrica abrieron camino a la poesía hispanoamericana moderna.

Poemas destacados

Nocturno

Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
una noche,
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda, muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra,
fina y lánguida,
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectadas,
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban
y eran una
y eran una
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!

Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida,
y el chillido
de las ranas…
Sentí frío; ¡era el frío que tenían en tu alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
era el frío de la nada…

Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil,
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!…